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miércoles, 4 de junio de 2014

Mientras el campo arde

Constante, definitiva,
como tu vida, como mi vida.
Un grito en la inmensa distancia
al despertar
y un son agreste
de sombras y plenitudes
encantadas
acaecidas al caer la noche
y puedo ver desde mi ventana
mitad del cosmos, infinito rumbo
Calíope en hexámetros soñando
tierras fértiles
preñada, al fin, de paz.
No siento el placer insomne
del barbitúrico, por ser
pie telúrico dormir, morir,
tal vez soñar...
Y mientras un átomo de aire
caliente mis células, 
libélulas apresadas, mancilladas, harán
triste la espera
mientras el campo arde
y yo me consumo
sin derecho a descanso
necesito respirar...
Hay un canto inmaculado
como de tiempo detenido
sin ver no es ciego, es
cautivo de mil lenguas
enhiestas, campo a través,
florestas, lirio abrupto
en roca madre, 
juez y reo
de bellezas condenadas
al olvido
y es vid, y es olivo, y es plata eso que 
de sus labios se derrama
al cantar pueblo serrano en lontananza.
Allí mora mi alma.
Donde el cordero bala
y la luna recorta perfiles
a los candiles del roquedal.
Un instante, un instante,
y la inspiración, fugaz 
como el momento, se
marcha y el alimento
como el momento fugaz se derrama.
¿Hallarán mis huesos asiento?
No tengas prisa, madrugada, por llegar;
tengo una dicha y un tormento: mientras
lo oscuro más se aferra, más constante es
mi lucha:
veré la luz nada más despertar.

viernes, 23 de mayo de 2014

Sombras

Vacios y soledades inmensas,
una pradera infinita y yo,
que me elevo
con la noche.
Y tengo miedo,
y no sé dónde encaminar mis pasos.
La muerte se viene
tan callando
como en los versos aquellos
y las risas se han disuelto en sombras.
Aquí, y en la eternidad,
sensación de pequeñez y de zozobra,
cae el tiempo con su pendulo,
guadaña de muchos,
humildes y reyes.
No pasara de hoy,
Cruzaré un océano
y salvaré tu ausencia.
Cristales y crisantemos
en mi tumba,
pero de nada sirven las flores
ni los espejos transparentes
cuando nadie se acuerda de nosotros.
Y un terrible despertar,
y una nota desafinada
al dormir para siempre.
¿Qué hay del otro lado?
Cuando nos llamen
y hayamos de irnos,
un fuego, una explosión súbita, 
quizás un recuerdo efímero
de quienes fuimos y
luego de la luz, el polvo, 
la oscuridad, las sombras, la nada.
Sombras, pequeñas, curiosas,
acariciando mi cadáver como alas de cuervo. 
He de volar sobre ese cuerpo
donde antes hubo vida y ahora solo
curiosas, pequeñas sombras
horadando como gota de agua
en la roca del desierto. 
¿Beberá la desahuciada del triste yelo?
¿O quedará prendida de sus pequeña sombras?
A la muerte nombrará despacio, 
con crueldad de minuto,
en cada edad sus sombras,
la muerte que se viene, tan callando,
presta a robar a la vida sus instantes de dicha.

martes, 20 de mayo de 2014

Tú no vendrás

Tienes
la sonrisa en los ojos,
la miel en la boca.
No hace falta que te diga
que persigo sueños locos,
que mi maleta de cartón está llena
de recuerdos inmaculados.
Nadie ha tocado mi corazón,
y sin embargo,
allá está al fondo del armario,
como siempre que es viernes.
Ámame en silencio,
con caricias que parten el alma.
Ámame como tu sabes
y dios entre nosotros.
Hoy me siento triste,
pero no concederé tregua alguna
a las lágrimas.
Regurgitaré papel
y buscaré un lápiz
con el que enhebrar mis pensamientos.
Así será más fácil
llorar tu ausencia.
Sin sentirlo,
sólo deseando.
Abriré un camino
de luz y de dicha,
cada día será un día
nuevo sobre la tierra,
mientras en la orilla yo te espero.
A tí, navegante, que nunca supiste
quiero dedicar estas palabras
como un faro.
Cuando te entrego mi cuerpo soy otra
y otros mis fines,
hacer que olvides a las que
que solían divertirte con sus risas.
Y, sin embargo,
caída por los suelos y borracha, rota,
no consigo recordar tu nombre,
tus ojos, tus brazos, tu pecho,
el corazón tuyo tatuado en el mío.
Dime aquello que solías, una sola vez:
“Niña”, y la pena del destierro que desaparecía.
Aquí con mis grilletes soy desposada,
guerrera de la tierra con su miedo en ciernes,
perdida en laberintos de símbolos,
tinta y pluma, gavilán y lince fui.
Mas hoy, en aquestas tierras, ¿quién soy?
Apenas una meretriz mercadeando con su cuerpo,
liberta enamorada de su amo, cadenas en el viento errante,
espíritu baldío en tierra de promisión y esperanza.
Tú no vendrás...

domingo, 18 de mayo de 2014

El beso del viento



He recibido un beso del viento,
una caricia del cosmos.
mi rostro llevaba
lágrimas atroces,
era yo víctima
en una cruel guerra de palabras.
Pero vino el viento y me besó la frente.
He sentido su beso y me ha reconfortado.
Había un torbellino miserable
que me llevaba
con el león a su caverna,
con el lobo a su guarida,
con la serpiente a su nido.
Y vino el viento y me salvó del abismo,
con su beso.
He recibido un beso del viento,
ha dejado su tibia marca
en la piel de mi frente,
he sentido su beso y me ha reconfortado.
Como el agua me ha limpiado,
como el lino me ha guarecido,
como el trigo me ha alimentado,
y ya nunca más estaré sucia, ni tendré hambre, ni frío.
Y ese miedo que, atronador,
zumba en mis oídos,
se aleja con la lluvia,
montado en los pájaros de tormenta.
He recibido un beso del viento.
Jamás supe de amores tan divinos,
porque él me protege y me guía
si yerran los caminos, ay, son señales
de su mano amante, siempre abierta,
tendidos hacia mí sus brazos.
Mirto y lumbre, el viento sabe
que le espero en tierra,
arrodillada,
presta para la magia de su hechizo,
mi corazón levantado,
soñador de trampolines invisibles.
Si el viento me besa,
si el cosmos me acaricia,
¿quién soy yo para no dejarme llevar en sus brazos
hacia mí tendidos, funambulista del aire?
Hágase en mí, viento, cosmos, tu voluntad.
Amén.

viernes, 4 de abril de 2014

Mi terror

Y cuando te alzas,
negra noche,
amaneces en otros mundos
y entonces mi terror es atroz.
La sirena se ha cansado, 
son fuentes sus ojos;
no sabe que, varada,
morirá en la orilla,
olvidada.
Y entonces
mi terror es atroz
cuando desde la montaña
se alzan ecos divinos
y yo no los comprendo
porque soy pequeña, 
individua y finita
y entonces mi terror es atroz
cuando lo prosaico desborda
galaxias y días
y yo quiero saberlo todo,
y sentirlo todo,
y entonces mi terror es atroz
porque no tengo un mal
mendrugo de pan
que llevarme a la boca
y mi alma está rota
y el mundo gira en torno mío
y aúlla. 
El amor es mentira;
los hombres, pordioseros
reclamando halagos
y mercadeando dádivas. 
Mi frágil silueta
aqui aprisionada entre cielo y tierra
caminando 
a punto de obscurecerse
tiembla.
El tiempo llega y se marcha,
bombea con su parsimonia de corazón
antiguo
y no sabe de derrotas
porque sigue aquí
a pesar de sí mismo.
Y entonces mi terror es inmenso.
Creo que hay un dios a veces, sólo a veces,
como cuando la luz intermitente
de los semáforos
se refleja en las ventanas.
No tengo hambre ni sed.
Quizás estoy muerta.
Quizás nunca nací
y no hay ya quien me diga
indigna soledad del desahuciado:
vete, no existes, eres mal profecía, 
pesadilla goyesca.
Y entonces,
mi terror atroz no es mío,  
es tuyo, que me sueñas. 

viernes, 28 de marzo de 2014

No puedo

Porque yo no puedo
echar a volar,
secar mis alas en el viento.
Porque yo no puedo
llorar a escondidas,
hacer de lo imposible infinitud, vida.
Porque yo no puedo
construir hermosura,
dar al universo besos
de auroras boreales.
¡No puedo! 
Porque no puedo mirar tus ojos
sin encontrarme deleznable,
típica y triste.
Porque no puedo...
Y sin embargo es tan fácil
alejar el dolor de sus fuentes,
tenderte puentes como manos y dádivas
ardientes, te espero.
Aunque no puedo...

miércoles, 22 de enero de 2014

Zenit rojo

¿Para qué sirve un libro?
Para cantar, quizás, mientras lo escribo.
Como mariposa atrapo el pensamiento
en su duelo de aires y de mimbres,
reposo en la sombra de un blanco día.

¿Para qué sirve, si mientras leo renacen, 
espíritu, tus alas en la noche
Orillado de lunas?

¿Quizás para soñar,
Zenit rojo, 
Con auroras y
acróbatas improbables?

Huye, mi corazón, tristeza,
aparte mientras leo, mientras latas.

domingo, 23 de junio de 2013

ROMANCE DEL REENCUENTRO

Por Paqui Castillo Martín



I

(En el altar de los lares, Penélope arrodillada implora a la estatuilla de barro que representa a Odiseo)



He venido ante ti con estos versos,

Odiseo, esposo mío.

¿Recuerdas, aún, la primera vez?

Nos mirábamos.

Mis ojos mansos, en la noche,

volaban sobre la blanca Itaca

dormida.

Velaba tu sueño

el canto del grillo,

de amor presagio.

Quizás transcurrieran segundos,

quizás eones.

Sólo sé que me deshice en tus brazos

y fui

parte del cosmos.

Lloré, creo,

tan sólo una lágrima, 

pero ríos y

marismas engendraron

tus besos y los míos.

He venido ante ti con estos versos

por si me olvidaste.

Ayer, quizás hace mil años

te vi como entonces:

una casulla raída

y sandalias de esparto,

los mismos ojos viejos.

Glauco y oro

en ellos

se confunden y se mezclan

como hermanos.

¿Me miraste?

Sí, pero acaso no me veías.

Me marché en silencio

por la retorcida calleja.

Te dejé en el dintel del Hades

promesas, sonrisas

y un óbolo para el remero.

He venido ante ti con estos versos

a reclamarte sin derecho.

Probablemente has muerto

hace mucho,

pero todavía no lo sabes.

En mi corazón

pernoctan, irredentos,

tus latidos.

Mujer al fin,

te quise tanto

que aún en la otra vida

habré de amarte.

¿Regresarás?

¿Anunciará algún día Argos tu llegada?

Aurora, hija de Atlas,

alumbra de la nave

como alondra

su regreso

al regazo de la esposa.

El sudario es ya tan largo,

y mi mano tan nudosa...

¿He de perecer enredada

entre los hilos

que mueve y corta la parca?





II

(Penélope, al sonido de unos pasos, levántase y mira por el balcón hacia la playa)



Dime, ¡oh, Zeus!, padre de los dioses,

si mis ojos no me engañan.

¿No es ése Odiseo, en la orilla?

¡Argos ladra!

¡Presto! Mi palacio embelleced,

nobles antorchas,

con la luz de la esperanza.

Ha cuatro lustros

que no lucen

ni trono que un reino valga.

¡Teñid mis albos cabellos,

tañed el crótalo, la dulzaina!

¡Odiseo, nuestro padre,

está llegando a la playa!

Mi vestido...

que sus remiendos

cubran 

conchas de fino nácar.

Nunca debe sospechar

el esposo

la miseria de Itaca .

¡Oh, Selene,

la del rostro ambarino,

que no perciba 

en mi los afeites de Lesbos,

la belladona de Artemisio,

el carmín de Mitilene

el rubor de Dodona!

Prudentes pitias,

¡Cantad vuestros oráculos!

Mujeres espartanas,

¡Preparaos para el combate!

Llegado ha,

el hermano de leche de Alcinoo,

heredero de Perseo.

Oigo sus pasos,

gozosa corro al encuentro.

Pero, ¡mísera de mí!

¿Qué es lo que veo?

No puede ser este anciano

el rey de todo el Egeo.







III

(Odiseo a su esposa)

He venido ante ti con estos versos,

Penélope, la dulce.

Recuerdo aún la primera vez.

Nos mirábamos.

Tus ojos mansos, en la noche,

volaban sobre la blanca Itaca

dormida.

Velaba mi sueño

el canto del grillo,

de amor presagio.

Lloré, creo,

tan sólo una lágrima, 

pero ríos y

marismas engendraron

mis besos y los tuyos.

Odiseo rey soy.

¿Aún te atreves a dudarlo?

Hombre al fin,

te quise tanto

que aún en la otra vida

te sigo amando.

He venido ante ti con estos versos:

aun espectro vagabundo

en amor quedo esperando.






IV

(Apoteosis)

En Sardes, un sepulcro

y en él de Odiseo enterrado

el su cuerpo,

que su alma

asciende hacia el Olimpo

en un carro triunfal

por caballos tirado,

mientras en Itaca Penélope

sigue tejiendo el sudario.

¡Habrá de guardarla Odiseo,

hasta el fin de sus trabajos!


Fuente ilustración: odiseodisea.blogspot.com

lunes, 4 de febrero de 2013

EL ESPÍRITU DEL VINO (ODA)


Paqui Castillo Martín

Cuantas veces me convoque
el espíritu del vino,
allí encontrará su alimento.
Oh, el viento...
Cuantas veces encalle
en sus calles con balcones,
allí habré de verte.
Piedra sobre piedra, inerte...
Cuantas veces encierre mi torre
en su laberinto,
allí sonará la guitarra mora.
En esta hora...
Corazón tu, que, clavado,
callado vas,
atiza el compás de mi memoria
con retazos de otros días.
Sonríe, tú que sabes, amigo
a la ventana entreabierta,
a la paloma en el alféizar.
Que yo me bajo aquí,
a caminar entre la yedra.
A escribir nombres con el barro,
a escarbar ecuaciones
con las púas de mi trillo.
Y luego agosto amarillo
pálido espejea
en los pinares de la sierra,
atisbo de pantano.
Verano...
Quizás, si lanzo la piedra
o escondo la mano
y luego la abro,
volverán, en torrente,
los recuerdos.
Aquel campo, aquella gente
noble y profunda,
aquellos cantares de gesta
al calor de las hogueras.


Patria dulce, moscatel
y granate derraman
ínfimos átomos,
vientre y sierra,
de aguas oblicuas.
¡Un latido! ¡Dos! La tierra.
Y luego el silencio de la noche,
células o simientes de hombres
soñando que sueñan
pueblos chicos que aún no existen.
La palma de mi mano abierta.
¿A dónde voy ya?
¿Quién me espera?
Me marché a donde marchó la primavera.
Y llevé conmigo, alegría,
una sombra; aún siento,
doquiera voy,
a mi viejo amigo
saltando loco en el pecho,
deseando volver algún día...

domingo, 3 de febrero de 2013

MEDITERRÁNEO

Un poema ontofilosófico de Paqui Castillo Martín

Paisaje marino,
lenguas de agua,
primer elemento cósmico,
aguda, limpia, hermosa pátina
de cielo espejeando
verdores de musgo y bosque
sobre la superficie mansa y quieta.
La pequeñez de la vida,
el mundo y sus hombres,
las aporías y sofismas
de mi liviana existencia
se diluyen en los
entresijos de la roca.
Aquí yace la proa
de la nao capitana
y el poeta Hesíodo 
soñó una rapsodia
-entonces, el todo se 
pensaba en el lenguaje de los dioses;
Zeus tonante y Atenea
la sabia
en pretiles de templos,
fuego sagrado, corazón
de atlante y verso
de aedo; de su pálido
satén azul guarda mi
memoria el recuerdo
de aquellos siglos-
y el arrullo del mar,
en profecía de eterno
retorno hacia el ser:
Mediterráneo, Mediterráneo.

Fuente fotografía: fotografiasycreatividad.blogspot.com

viernes, 14 de diciembre de 2012

MISERIA

Paqui Castillo

Miré mis manos vacías

y vi tu ausencia.

Sentí un vértigo,

un aciago pálpito.

Memorias nocturnas

acabando allende

donde comienza el día.

Y melancolía, caracolas

y barcazas, cielos

como copas de oro

ensortijado Helios

en brazos del sueño.

Horror con el crevar de albores:

miré mis manos vacías y vi tu ausencia.

Tu abrazo, antes cálido reducto

ahora tan frío,

vacío fuego, como fragua

helada por la guerra.

Esperanzas marchitas

sofocadas tras la puerta,

un vestido de novia

coronado de blancos racimos

corrompen los gusanos.

¡Y mis manos vacías,

y tu ausencia!

Morías

para permanecer en mi recuerdo

como mentira y como nunca,

apócope de nada.

Respirar, si puedo,

aunque me cueste

penas por llanto labriego

en rebeldía, ordalía

y espanto,

¡y mis manos vacías

y tu ausencia!

Procaz putrefacción

en ellas vía, miseria

en mis manos vacías,

yertas.

lunes, 29 de octubre de 2012

Él

Paqui Castillo

Es alguien a quien busco

desde siempre.

Sin yo saberlo, él sabía

que sería

él.

Él es una brújula

que señala al norte

pero tiene el corazón

en el sur.

Él es tan grato,

tan complaciente,

tan generoso,

tan amigo, tan fiel...

Él me sorprende

y cualquier pequeñez

la convierte en magia.

Él me da la mano,

me aconseja,

me respeta,

me escucha,

cree en mí,

me necesita.

A veces dice que me ama.

No con frecuencia,

porque piensa

que el amor no se dice,

se hace.

Él es valiente, vibrante,

algo soñador,

un poco despistado.

A veces hasta se olvida

su alma en los rincones.

Él tiene un ansia

infinita

por conocer nuevas cosas.

No es envidioso,

no le gusta la mentira,

no juega a guerras de niños,

no da puñaladas de trapo

por la espalda:

sus manos siempre están abiertas...

Él es tan noble;

su profesión es un servicio,

se entrega con bríos, pone en ella

su buena fe y sus recursos.

A veces le llaman loco,

pero él sólo sonríe.

Él es todo ojos, todo piel

en tránsito, espejo

de mis años pasados y presentes:

reflejo geminado de los venideros.

Si, cuando al cubrir el lecho

su mirada se derrama

sobre mi perfil ya reposando,

dormido,

dibuja una caricia,

de repente.

Él, en el fondo, es un romántico,

por mucho que no esté

dispuesto a admitirlo.

Allá, entre la música de jazz al fondo,

¿o quizás es el lento transcurrir del río?

Él me espera, y continuará esperando

aunque muera él o muera yo o muera el mundo,

hasta que dios se canse de soñarnos,

porque él es yo, y yo soy él, y

somos juntos o no somos;

entrambos laten

partículas heracliteanas de felicidad ignífuga.

Puedo verle, le presiento,

en la distancia ambarina, humus

primigenio

amanecer, él, el abismo, sus brazos.






miércoles, 12 de septiembre de 2012

EN LA PLAZA SOLITARIA


EN LA PLAZA SOLITARIA

Paqui Castillo


¡Ojos!

Furia de caracolas

y despojos.

¡ojos que os vieron,

malditos!

¡Malditos los ojos

que enamoraron

a quienes quisieron

quererlos,

sin amarlos!

Ojos que observan

y circundan

rojos

pozos de ira,

desamor o incertidumbre,

podredumbre y mentira!

Aquí tenéis, ojos,

el precio de mis consuelos,

la sangre de mis manos,

el tacto de mis senos,

desorbitados,

desmesurados,

locos,

¡ojos!

Que os vieron

y me vieron

y aun negaron:

la nada se quema entre mis dedos.

Y si hay un dios

hay ojos

y si hay ojos

dentro me vieron

auscultar el vacío,

el tórrido enero

de la siesta a mi catre,

de mi catre a mi cárcel,

de mi cárcel a sus años

y mis daños, nuestros

silencios y el suyo

culpable, ojos

que negaron lo innegable.



De su irisada pupila

jamás se desprendió

la luz

y en su retina, cruz,

una imagen

icono de madona

o pleonasmo

de carne tardía

en florecer a su tacto.

¡Ojos!

Borrachos, ciegos,

lento clamor inmundo,

levantar por testigos quiero,

ahora que huís, cerco al

enemigo.

En vuestro corazón no haya paz; os digo

con la espuma del odio en mi boca:,

mi engaño fuisteis,

ojos que os vieron,

ojos míos, niños

de mis ojos,

reproches, enojos;

dejad mi humor fiero

volcarse como perro rabioso

entre las brasas,

ojos que os vieron,

por cobardes os quiero

sin más luz

que la del día,

sin más calor

que el que encendían,

plaza solitaria,

vuestros ojos.

Amores, despojos...


domingo, 19 de agosto de 2012

QUE FUISTE


 Por Paqui Castillo Martín

Tú fenecías
lentamente entre mis dedos,
y las manos construían
ruido de palomas,
tórtolas subían
por el otero,
mientras tú fenecías
lentamente entre mis dedos.

Fue un falso clamor,
un decir ‘mañana será’
y un volver la espalda
al mañana y al dicho.
Tórtola en su nicho,
nido que fueron tus manos
construyendo paraísos en sombras,
prometida felicidad
nunca cumplida.

Mentiras, medias verdades,
ojos solitarios, vacíos
que parecieron mansos,
arrasados de vida,
de savia agostados
sorbidos, desaboridos,
como labios besados por labios
fríos como el mármol congelado.
Mientras tú fenecías
lentamente entre mis dedos
rugías, ardiente invierno.

viernes, 15 de junio de 2012


Eternidad.
La brisa entre tus labios.
Belleza.
Tus ojos mansos.
Deseo.
Morir entre tus brazos.
Hambre
de tus besos.
Eres
espiga, aire. Solano
y de profundis.
Voy
camino de tu alma.
Entraré
en el hueco de tu sombra.
Luz
de mi vida. Sol. Cosmos.
Bendición
de mis días.
Siento.
Latido. Aurora. Simiente.
Fusión de cuerpos.
Y la brisa se llenaba
de hambre y belleza,
de eternidad, de oscuridad,
de besos.

domingo, 20 de mayo de 2012

ROMANCE DEL REENCUENTRO



Una historia de amor inmortal por Paqui Castillo Martín

I

(En el altar de los lares, Penélope arrodillada implora a la estatuilla de barro que representa a Odiseo)



He venido ante ti con estos versos,

Odiseo, esposo mío.

¿Recuerdas, aún, la primera vez?

Nos mirábamos.

Mis ojos mansos, en la noche,

volaban sobre la blanca Itaca

dormida.

Velaba tu sueño

el canto del grillo,

de amor presagio.

Quizás transcurrieran segundos,

quizás eones.

Sólo sé que me deshice en tus brazos

y fui

parte del cosmos.

Lloré, creo,

tan sólo una lágrima,

pero ríos y

marismas engendraron

tus besos y los míos.

He venido ante ti con estos versos

por si me olvidaste.

Ayer, quizás hace mil años

te vi como entonces:

una casulla raída

y sandalias de esparto,

los mismos ojos viejos.

Glauco y oro

en ellos

se confunden y se mezclan

como hermanos.

¿Me miraste?

Sí, pero acaso no me veías.

Me marché en silencio

por la retorcida calleja.

Te dejé en el dintel del Hades

promesas, sonrisas

y un óbolo para el remero.

He venido ante ti con estos versos

a reclamarte sin derecho.

Probablemente has muerto

hace mucho,

pero todavía no lo sabes.

En mi corazón

pernoctan, irredentos,

tus latidos.

Mujer al fin,

te quise tanto

que aún en la otra vida

habré de amarte.

¿Regresarás?

¿Anunciará algún día Argos tu llegada?

Aurora, hija de Atlas,

alumbra de la nave

como alondra

su regreso

al regazo de la esposa.

El sudario es ya tan largo,

y mi mano tan nudosa...

¿He de perecer enredada

entre los hilos

que mueve y corta la parca?

II

(Penélope, al sonido de unos pasos, levántase y mira por el balcón hacia la playa)



Dime, ¡oh, Zeus!, padre de los dioses,

si mis ojos no me engañan.

¿No es ése Odiseo, en la orilla?

¡Argos ladra!

¡Presto! Mi palacio embelleced,

nobles antorchas,

con la luz de la esperanza.

Ha cuatro lustros

que no lucen

ni trono que un reino valga.

¡Teñid mis albos cabellos,

tañed el crótalo, la dulzaina!

¡Odiseo, nuestro padre,

está llegando a la playa!

Mi vestido...

que sus remiendos

cubran

conchas de fino nácar.

Nunca debe sospechar

el esposo

la miseria de Itaca .

¡Oh, Selene,

la del rostro ambarino,

que no perciba

en mi los afeites de Lesbos,

la belladona de Artemisio,

el carmín de Mitilene

el rubor de Dodona!

Prudentes pitias,

¡Cantad vuestros oráculos!

Mujeres espartanas,

¡Preparaos para el combate!

Llegado ha,

el hermano de leche de Alcinoo,

heredero de Perseo.

Oigo sus pasos,

gozosa corro al encuentro.

Pero, ¡mísera de mí!

¿Qué es lo que veo?

No puede ser este anciano

el rey de todo el Egeo.



III

(Odiseo a su esposa)

He venido ante ti con estos versos,

Penélope, la dulce.

Recuerdo aún la primera vez.

Nos mirábamos.

Tus ojos mansos, en la noche,

volaban sobre la blanca Itaca

dormida.

Velaba mi sueño

el canto del grillo,

de amor presagio.

Lloré, creo,

tan sólo una lágrima,

pero ríos y

marismas engendraron

mis besos y los tuyos.

Odiseo rey soy.

¿Aún te atreves a dudarlo?

Hombre al fin,

te quise tanto

que aún en la otra vida

te sigo amando.

He venido ante ti con estos versos:

aun espectro vagabundo

en amor quedo esperando.

IV

(Apoteosis)

En Sardes, un sepulcro

y en él de Odiseo enterrado

el su cuerpo,

que su alma

asciende hacia el Olimpo

en un carro triunfal

por caballos tirado,

mientras en Itaca Penélope

sigue tejiendo el sudario.

¡Habrá de guardarla Odiseo,

hasta el fin de sus trabajos!

domingo, 8 de abril de 2012

NIGHTMARES

Un poema noctámbulo de Paqui Castillo Martín



La ciudad maldita,

este buen lugar donde las moscas vigilan sin tregua

el que yo gusto llamar mi morada

donde crecen sueños y palpitan

acuáticas nereidas.

En la blanca noche,

rugientes caballos como quimeras

cabalgan por la llanura

preñada de urbanas madreperlas.

(Pueblo, río, fuente,

profundidad, abismo, marea).

Como dentelladas son las pesadillas,

como cirios blancos,

como espuma de cerveza.

Y en la calle el infernal ruido

de mandrágora despierta

alacranes de verdes ojos

cromos infantiles,

chistes de tenderas,

juegos de cartas a media tarde

en el bar de la tristeza.

Un gitanillo sueña y canta

en el romance de su tierra.

(Pueblo, río, fuente,

profundidad, abismo, marea).

Llevo un torbellino de nostalgias

encerrado en la maleta;

verde mano, roja espiga,

pasillos vacíos de iglesia…

y mi buen maestro de escuela.



Calles gélidas de sueños rotos,

el alma prendida en una ballesta.

El gran teatro del mundo

hipócrita mascarada

y comparsa de feria.



Yo quiero volver a mi pueblo,

donde habita la pureza.

Lo quiero llevar en mi alma apátrida,

en mi corazón y en mi lengua.

domingo, 1 de abril de 2012

LA ESFINGE

Un poema de Paqui Castillo Martín

Enterré la aurora con mis manos,

y de su pálido cadáver brotó la sangre,

borbotones de rosas incendiarias

que aullaban en la noche.

Y de su espectro, trasiego inacabado

de amargas horas,

ácimas como piedras de lava,

precipitóse en el abismo un rumor

primero sordo, mas nostálgico,

quizás sórdido, ingrato,

aquel deseo escondido

en cárceles de amor amanerado

que jamás se derramaron

en el undoso mar del implacable clímax.

Asesina de la turba,

manchada de rojas gotas frescas

bebidas con deleite,

perseguía ciega como Edipo

mi periplo hacia Tebas,

olvidada del mundo,

quizás disfrazada de alguien,

máscara y quimera, ramera entonces,

vileza de masacre,

corazón acusador nunca latido,

hálito de tísica,

deleznable átomo

de corruptible materia,

esperanza atravesada por la faca

de algún galán inoportuno

abriendo a dentelladas

las alcobas vacías,

discreta tregua,

marca de agua

en la cama del amante,

apenas una décima de segundo

acariciando sus dedos dormidos

mi cuerpo insensible y trágico de esfinge.
Fuente ilustración:  http://www.ecured.cu/index.php/Esfinge

martes, 13 de marzo de 2012

ALMA DE PÁJARO

Un poema de Paqui Castillo Martín


Sé que tus días y mis días serán desoladores,

que nuestras lágrimas, acuáticas y lóbregas,

marcarán nuestros caminos cenicientos,

y que de aquellos lodos de los que una vez vinimos

volverán a construirnos sobre cimientos de barro,

soplando el dios del pequeño universo

para que puedan respirar tu mundo y el mío.

Entonces te reclamaré, te pediré que vengas

al jardín escondido donde jugábamos entonces,

y sólo las sombras nos servirán de guía

de aquellos días que parecieron tan felices.

Y la nada, eterna enemiga de mi corazón

te llevará de la mano a nuestro encuentro

proclamando que fue verdad que nos amamos.

En mi vergel no hay luz, es cierto,

pero siempre un rincón quedará para tu recuerdo,

tu noble y alta frente besarán mis labios

una y mil veces, cadenciosa y eternamente.

Quedarás separado de mi presencia,

quizás escondido como un buen amigo

que espera agazapado para compartir su dicha.

Pero vendrás, así mi loco entendimiento siente,

volveré a estar contigo en la otra vida,

a escuchar tu voz de humilde fuente

donde antaño se aliviaban mis muchos males.

Tus manos como espigas están yertas,

ya no hay en ti brío ni lates como solías,

tu pulso y el mío marcando al unísono

caminos que entremezclados se abrazaban.

Surcaré tierras inhóspitas en tu busca,

marinero, por si acaso tu rastro deja

alguna huella que mi desesperación oriente.

Alma soñadora, tierna como un abismo

insólita, lunática, tan pequeña como yo misma.

Te sigo en la distancia y el olvido,

como nostálgica inocencia de un reino lejano que cobijaste con tus alas de pájaro herido.
Fuente ilustración:  filoprofu.blogspot.com

martes, 21 de febrero de 2012

EL PIREO

Un poema homérico de Paqui Castillo Martín

Lupanar en el puerto, cerúleas miradas

buscando el alimento de las sombras.

Se encienden las luces; las bellas cánidas

cuentan los óbolos con pericia codiciosa.

El reparto del botín es tensa espera,

rameras cimbreantes coronan en prendas

el alma cansada del recién llegado.

Grecia atisba los furtivos besos

de las lobas a sus amantes apátridas,

lenguas confundidas hablando enjambres de idiomas.

La luna rompe su proa de alpaca

sobre el templo de Afrodita,

mientras las lobas recogen con mustio gesto

las dadivosas limosnas en sus vestidos de gasa.

Unos ojos encendidos juran odio eterno a Roma

mientras cubren el vientre de la hetera escogida

con púrpuras de Tiro y mirra del Líbano.

“Fenicia es mi cuna, nieto soy de Dido”, susurra el extraño,

indicando al lejano horizonte con la gruesa curva

de sus pestañas de antiguo esclavo.

Puerto del Pireo, nacen pasiones prohibidas

al calor de las salas hipóstilas de los palacios,

y en las piscinas lustrales las sacerdotisas

contemplan marea de cuerpos en tempestad rodando.

“El Pireo es mi casa”, susurra la loba,

señalando con el arco de sus hermosas cejas

la puerta del lupanar que entornada espera al próximo amante.

Baal en el tophet renueva en su fuego sacrificios en altares

donde la loba se consagra suplicando

entregar su vida a cambio

de un nuevo amanecer con el de Fenicia.

Un aullido fúnebre rompe en la orilla

con metálico crujido a las lobas llamando.

“Es nuestra madre”, susurra la esfinge

mientras abotona en el pecho de su amado

cuentas de nácar, variscita y alabastro.

Lágrimas ruedan por sus mejillas encarnadas

por el último roce de los labios del liberto.

“A Byblos te llevaría por esposa

envuelta en un manto de nardo y clavo

y al alba en la ciudad entrarías

como reina y señora de mi casa de humilde artesano.

Garum de Gades y vino de Massalia

correrían en la noche de bodas

para celebrar los extraños designios

de los oscuros dioses de los templos paganos”.

“Adiós”, gime la loba, murmurando desde el muelle

la plegaria que de niña le enseñara la pitia en el oráculo.

Las velas, henchidas por el viento, están poniendo rumbo a Cartago.

Puerto del Pireo, presagio incierto, dolor soterrado,

trasiego de espectros que en la noche sollozando

lamentan el final triste de un amor contrariado.

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