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martes, 3 de junio de 2014

La Paula (cuento campesino)



Cuando mi madre hablaba conmigo, usaba un tono enérgico.
-Paula, no des voces. Paula, no cantes. Paula, sé cariñosa con tu abuela. Paula, haz los deberes antes de salir a la calle.
Mi madre se había criado en la primera generación después de la guerra. Dicen que fue un tiempo cruel, preñado de injusticias. Su padre tenía una vaquería al comienzo de la calle; nunca pasaron hambre, pero tampoco nadaban en la abundancia. Mi abuelo hacía trabajar a sus tres hijas como jornaleras a destajo; a cambio,  nunca les quitó un solo día de escuela. En los meses de calor, las pequeñuelas chapoteaban en el río, siempre lleno a reventar por las aguas de las cumbres de la Sierra de Gredos. Era un tiempo amarillo, como de postal antigua. Creo que mi madre lo recordaba con nostalgia mezclada, a partes iguales, con desesperanza.
- ¿Hay algo que haga bien, madre? -le protestaba yo, a cada poco. -¿Hay algún servicio que le preste que  pueda dejarla a usted contenta?
- Hija, quiero hacer de ti un modelo de perfección, para que el día que encuentres a un buen hombre, le entregue yo una esposa hacendosa y decente. No pretendo ofenderte, sino inculcarte tu obligación en el mundo, para con tus prójimos. ¡Y así me lo pagas! ¡Ingrata!
Yo abandonaba la habitación, y mis deseos de continuar siendo su hija. Hubiera huido a la China con tal de no escucharla.
Mi madre tenía un aire así como de matrona etrusca. Era de porte ligero, más algo plomizo, porque siempre vestía con ropas de poca color, como desvaídas en pinturas de pastel  y capas de hojaldre. Sus ojos eran pequeños, vivos, inquisitivos. Parecían responder a todo con una pregunta.
Cuando me quedé sin padre, se encerró en sus aposentos, a lo Bernarda Alba. Escribía largas cartas de amor al marido muerto, poemas imbricados como filigranas de tinta. En su cocina de amores doloridos se maceraba un desconsuelo lento, imperturbable, incapaz de reaccionar a las bellezas de la vida.
-Quiero todas las puertas de mi casa cerradas-anunció un día- Se ha muerto Pepe, el Temporero. Y detrás me he muerto yo, como mujer. Para siempre.
- Madre, ha de hacer caso a las consejas de sus vecinas, que no tienen otro bordado en que entretenerse. Dicen que la viuda ha de enterrarse con el marido. Yo no lo creo así. Salga usted siquiera al recodo de la esquina, a tropezar como por casualidad con el aire fresco. Lo mismo encuentra la paz del espíritu que perdió el día que falleció mi padre.
- ¡Locuras de juventud!- decía, haciendo grandes aspavientos. ¿Quién te ha dicho que te metas en las cosas de la gente grande, tú que no levantas medio palmo del suelo? Sigue soñando con un mundo mejor, y mientras, déjame a mí en mis cosas. Levántate de la silla, que tenemos trabajo en cerrar el portón y dejar opinar a la canalla lo que quiera. Yo esto lo hago por el Temporero. Más respeto a la memoria de tu padre, hija.
Mi madre siempre llamaba a mi padre el Temporero. Lo conoció un día de agosto, en la recogida del almendro, cuando fanfarroneaba con una bandurria, en el centro de un redondel de hombres a los que entretenía la briega. Jornalero de día, flautista  y tamborilero de noche, era el músico más atrevido de la provincia, y viajaba de pueblo en pueblo, costa a costa, a cambio de un repertorio de canciones subidas y una peseta rebajada para el aposento. A ella, por entonces, la llamaban Juana la de la Lechería. Era prieta de carnes, enjuta de rostro, vivaz e inteligente. Tenía una estrella en la mirada, no demasiado hermosa a causa de los ojos chicos, pero refulgente como un rayo de nieve. A Pepe el temporero ese rayo le atacó aquella tarde de verano. Bajaba mi madre al río, desde el pueblo, con los sobrinillos de la mano. Llevaba puesto, según creo, un delantal de rayas y una cofia con la que se recogía el pelo para preparar los quesos.
-Linda hembra- susurró Pepe, entre dientes, mientras afinaba su bandurria. Estaba echado sobre un costal de harina, sintiendo el murmullo del campo, los sudores de los labriegos, el golpear de las varas de los arrieros a sus yuntas. Un muy fino aroma llegó a su nariz, un perfume desconocido, que llenaba el aire y volvía el paisaje agreste, por momentos, romántico.
-¿Es usted de por aquí?- interpeló el Temporero a la Juana.
- Ni me importa a mí la pregunta ni a usted la réplica -terció la Juana, con desparpajo.
Y siguió su camino, juntando  a cadera y pierna las cadencias del ritmo milenario del amor. A Pepe el corazón quería salírsele del  pecho. Podrían oírse los latidos en kilómetros a la redonda. Afortunadamente para el temporero, estaban solos; ya era la hora de la siesta, y la comarca entera dormía.
- Está bien, madre- cortaba yo, deshaciendo el ovillo de sus recuerdos- está bien de tanto restregarse los ojos. Así no va a conseguir borrarse del magín la estampa de mi padre.
- Yo lloro en silencio, por dentro -y, diciendo esto, mi madre apartaba el pañuelo blanco y arrugado de los ojos secos- lo que estoy haciendo es limpiarme el alma.
Nunca supe qué quisieron decir estas palabras enigmáticas. La dejé allí, sentada en la  mecedora de anea,  perdida en la bruma de sus recuerdos.
Y yo abría tímidamente los balcones, aprovechando su tránsito al limbo. Entraba la claridad como por encantamiento, en grandes bandas oblicuas que dejaban, por un lapso inconcreto, suspendida en la atmósfera la materia ígnea de la luz. Me venían entonces a la memoria las charlas con mi padre, cuando todavía era una niña. Estábamos en el jergón, tendidos al fresco. Mi padre había entrado por la buena senda y ahora era un hombre de costumbres. Me llevaba consigo a la temporada de la almendra, en el estío, y dormíamos al raso, bajo una telaraña de constelaciones y planetas. Mi padre se quedaba mirando hacia arriba, fijamente, y a veces desviaba la vista para contemplar el recorrido de algún astro errante. Diríase que se encendía en él el impulso filosófico, primitivo, de querer saber de dónde viene el hombre.
-Somos polvo de estrellas. Tú, y yo, y esta era, y el molino y la huerta con su acequia. Nacemos y morimos, y volvemos a nacer en nuestros hijos. Así es que nunca morimos del todo. Quisiera saber lo que piensan, allá arriba, aquellas bolas de candela silenciosas, siempre enviando un abrazo que no llega, porque se queda rezagado en los caminos del tiempo.
Me sonreía silencioso y me tomaba de la mano. Sentía el pulso de la suya como un cordón umbilical invisible.
Mi madre presidía el entierro en la iglesia. Era una mañana de junio, tan calurosa que varias mujeres sufrieron desmayos. El ataúd, mitad abierto, cubría de flores el cuerpo de mi padre hasta la altura del pecho. Incluso así, tumbado, inerte, inexpresivo, me turbaba la belleza de su rostro, los ojos velados por un abanico de pestañas, el perfil curvo de su poderosa nariz aguileña. Yo tenía dieciocho años y nunca había conocido varón. Mi padre había sido mi gran amor. El único.
Las campanas del oficio de difuntos claqueteaban en mi mente como espasmódicos martillos. A cada paso, mi dolor se expandía y su amplitud de onda cubría el valle con un manto de luto.
Mi madre, en la cocina, comandaba al vecindario.
-Felisa hará los recados estos días. María Trinidad llevará a lavar la ropa al río. Mi Paula limpiará la casa.
Después de estas lacónicas órdenes, se levantó de la silla, medio tambaleante. María Trinidad corrió a sostenerla y se encontró, de bruces, con la mirada de piedra de mi madre.
- Todavía soy dueña de mis actos. El día que me desgobierne, ya pediré tu ayuda. Mientras tanto, ¡arreando! Que las labores de la casa no se hacen solas.
Y se encerró en su alcoba durante todo aquel día.
El patio de la reja tenía enlosetado andaluz y tejas de barro. En el fondo, las esquinas quedaban a la sombra, y en sus paredes crecían, colgadas en cuerdas, matas de geranios, jazmines y yedras, condimentados con las pequeñas flores del rosal egipcio. Bajo el rincón más fresco, junto a la fuente de cantarillos, mi madre se dejaba caer en la sobremesa en una mecedora de cuerdas de pita. Allí hablábamos largas horas, una contra otra, sin entendernos.
- Madre, ha de asumir que el tiempo pasa. Hace más de un año que padre murió, y aún  no se ha decidido usted a quitarse la color negra -le decía yo, intentando animarla.
Mi madre, saliendo de su trance hipnótico, me contestaba:
- El día que te cases, podré darte tal y tal otro consejo para ser una buena esposa. El día que enviudes, podré esperar de ti que me comprendas. Y el día que me pierdas, recordarás esta conversación, ¡ay! No hay nada peor que tener un hijo que continuamente te esté recriminando que la soledad es un pecado.¡Déjanos a mí y a mi conciencia un momento tranquilas! ¡Quiero emborracharme del recuerdo de Pepe, el Temporero! Su fantasma todavía habita en las estancias de mi casa, y me dice, cuando duermo, que no habrá otro mañana para mí. Estas cuatro paredes me ahogan; el techo se me cae encima. Sin embargo te digo que convertiré este hogar en mi tumba.
- ¡Insensateces! -gritaba yo, fuera de mí- Al tiempo que la fulminaba con los mismos ojos verdes de mi padre, abría puertas y balcones. -¡Quiero mi casa abierta! ¡Quiero respirar el aire puro por las noches! ¡Tus recuerdos lo contaminan! Está viciada la calle no por el veneno de las lenguas del pueblo, sino por el interés que pones en encarcelar a la mujer que todavía hay en ti. - la miraba con dulzura, y le acariciaba el mentón, mientras le decía- Esa mujer no tiene culpa de los caprichos del destino, y palpita de ansias de vivir bajo tu ropa. ¡Escúchala, por Dios bendito!
- No he de salir de esta casa más que con los pies por delante. Se ha muerto el amor. Ya no hay dicha. Tampoco esperanza. ¡Vigilia de lunes, vigilia de martes, de miércoles y de domingo! ¡Todos los días vigilia! Ser acabó para mí la carne. Ya no habrá para mí voluptuosas componendas entre deseo y saciedad. Hambre de hombre para toda la vida. Hambre del Temporero, que me dejó el corazón en los huesos. ¡Triste suerte la mía!
Yo era hija única, la gran deseada. A mi padre, que esperaba un varón, jamás se le ocurrió pensar que en el hatillo de la tripa, mi madre guardaba moza. Una niña de trenzas rubias y ojos verdes que hacía las delicias de sus ratos de asueto, en la era, cuando se dejaba mecer por la voz infantil melodiosa que, acompañada por la bandurria, cantaba:
Amante corazón, cautivo,
del pecho cortijero enamorado,
cabalga cual corcel altivo
sobre los sacáis de mi dueña posado.
Eran canciones que improvisaba en los remansos de la briega. Mi madre se enconaba y arremetía contra él por considerarlas irrespetuosas.
-No me hables a mí ya de estas cosas. A mí que he parido y ahora soy más madre que mujer, y estoy sentada en un tronito pequeño, pequeñito, de madera basta, junto al trono de oro y perlas de la madre de Dios.
El Temporero nada decía, y sacudía la cabeza, por toda respuesta, agitando en el aire la bandurria. Y luego le daba a mi madre un  pellizco apretado en la contumaz nalga.
Mi madre estaba sentada aquella mañana en la mesa de la cocina. Tenía el grisáceo cabello suelto y desparramado en torno al rostro como una descolorida aureola. Algún que otro mechón rebelde se escapaba del marco de la frente e iba a parar a la taza de café de cebada. Hablaba sola, como ida a otro mundo.
-Desde que se murió el Temporero aquí no ha habido ni más misa, ni más domingo de ramos. Ajustaré las cuentas con el Eterno cuando se acaben mis días. Entonces le preguntaré por qué me lo ha quitado antes de tiempo. Quisiera ver los ojos del Altísimo, sus profundos ojos negros, grandes como praderas,  ojos de fuego y cieno líquido. Allí estará escrita la verdad de mi estirpe, y de mi suerte condenada. ¡Maldito el día en que puse mis esperanzas en Pepe! ¡Me ha dejado sola, sola, sola! -gritaba, llorando ásperamente, con un ruido gutural de su garganta.
- Madre, aquí está su Paulilla-intervenía yo-. Ya sé que no le soy de mucho consuelo, pero al menos haré que se sienta algo menos desamparada de lo que dice.
Mi madre se aferró a mi cuello, casi desvanecida, todavía sollozando entre espasmos. No había percibido el tinte purpúreo de sus profundas ojeras hasta ese momento. Sentí piedad por ella, una piedad infinita.
-Madre, su Pepe se ha ido, pero aquí está la Paula para servirla. No soy de mucha ayuda en la era, ni en el olivar, pero en el decir de las gentes, una mujer hacendosa puede mover montañas.
-Y hacerlas saltar laja a laja con el arqueo de una ceja-opinó mi madre-. ¿No te has dado cuenta de cómo los hombres te miran? En especial el Marcialito, el hijo del boticario.
Yo enrojecía por momentos, pero lo compensaba mi aplomo, herencia, como los ojos verdes, que había recibido de Pepe el Temporero.
Pepe, el Temporero, era gitano rubio. Un medallón no hubiera representado mejor el bronce de su frente, el oro de su cabello ensortijado, la plata de su sonrisa. Había cantado al Cristo Cautivo, un año de lluvias, en Semana Santa. Era yo aún impúber; mi madre me llevaba arrastrada, como el pastor al corderillo. Me adormecían las esencias del anacardo, el almizcle y la resina. Brotaban, enigmáticas, miríadas de dalias amarillas y rojas, como lágrimas escarchadas, de los alféizares de las ventanas. En un balcón engalanado con la bandera de España, sobresalía del resto de cabezas el busto de una muchacha delicada y elegante, de flexible cuello y brazo lánguido. No recuerdo por qué, me giré para mirarla. Me envolvió, por un momento, su  fría mirada azul cobalto. Sentí celos, unos celos terribles, unos celos sin dueño, como caballos locos. Ella miraba a su vez a mi padre, y mi padre no hacía otra cosa que mirarla.
Se daban cita en la era. Mi madre hacía oídos sordos.
-Ojos que no ven, corazón que no se desvela. Yo ya no soy para tu padre más que la madre de su hija.  La leche de mis pechos no es más que vinagre, y busca en otra lo que no puedo ya darle- se conformaba mi madre, el diminuto rostro ceñudo y serio.
Y se le agriaba el carácter que antaño fuera dulce como nata montada. Y estallaba en carmesíes el clavel de los labios, de tanto contener los anhelos.
El día que enterré a mi padre, me sorprendió ver entre la multitud la extravagante silueta de aquella lejana Semana Santa. Era etérea, y estaba nimbada por el suave resplandor de su mirada azul cobalto. Vestía un traje color café, abotonado hasta el final del largo, pálido cuello. Llevaba una dalia roja en el alto moño. Se la desprendió del pelo, y la depositó sobre el ataúd, sin hacer ni un solo gesto innecesario. Flexible y altiva, se alejó para siempre del recinto mortuorio, con su hijo de la mano, vivo retrato, medallón en bronce, del gitano rubio.
Cada tarde salía con mi cántaro en busca del agua fresca de la fuente. Bajaba de la sierra, decían que de un manantial bajo la tierra parda, y se juntaba, limpia y fuerte, como una vena palpitante, haciendo un estrépito quejumbroso al chochar con las paredes de la piedra. El Marcialito había salido a mi encuentro, embatado en blanco, los puños del mandil ennegrecidos al contacto de los sulfuros y los nitratos de las fórmulas magistrales. Olía todo él a botica, y me gustaba.
- Haces de las rosas mariposas de colores- me decía, sin que yo le comprendiera palabra- mariposas que se me cuelan por el estómago y no me dejan dormir en toda la noche, ni por el día concentrarme en nada más que no sea el verde de tus ojos.
Se había recibido de bachiller el Marcialito en un colegio de Madrid, con los curas, y después había marchado a Alcalá a estudiar Medicina. Y aquel primer verano de carrera comenzó a rondarme. Como era un joven con latines, no le entendía media letra de las cartas que después, en aquel otoño, me mandaba, y que me continuó mandando hasta el mismo día en que vino, sombrero en ristre, a pedir mi mano formalmente a la señora Juana.
Mi madre tenía, ya lo he dicho, el genio ceniciento de Bernarda Alba. Su porte diminuto, la línea irregular de su pequeño rostro prominente, la mirada enterrada en su dolor de viuda. Pero conservaba  intacta la fuerza implacable de la juventud. Apenas tenía cuarenta años.
-No he de decirte tu misión en el mundo: parir a tu prole y servir a tu marido. Las mujeres somos las esclavas de la tierra. Sometidas al hombre: padre, esposo, hijo. Ellos mandan sobre nosotras sin saber, ¡infelices! que somos la sal de su mollera.
Vio mi madre alivio de luto en los desvelos del Marcialito. Concedió mi mano sin perturbarse y me entregó en el altar al novio. Y se quedó sola, plantada en el patio andaluz, el clavel de la boca apagado, un punto de luz en los ojos, quizás olvido. En algún rincón vaga todavía, espectro enredado en su madeja de recuerdos, como dicen de la reina Penélope, bajo la fresca sombra, esperando.

sábado, 1 de marzo de 2014

Estudio en gris (cuento inverso)

Es estúpido...estoy cansado de revelar siempre el mismo estúpido fragmento de realidad venidera. Estúpido. Inútil. Estúpido, estúpido...Mi cámara enfoca un fragmento descontextualizado de materia aparentemente inerte, sin más consecuencia, sin atrapar siquiera el instante en que lo insignificante se vuelve significativo, para luego inyectarlo de luz ante mis ojos. Nada de lo frágil es eterno, nada de lo fragmentario forma parte del todo o se relativiza en la mirada de un personaje angustioso/angustiado atrapado en uno de los cuentos de Cortázar. "Las babas del diablo", de hecho, no me causó conmoción alguna, ni como relato ni como condición de portal de acceso a realidades otras. Y, sin embargo, aquí me tienen coleccionando estudios en gris de un enorme puzzle que nunca acabase de encajar. Huelga confesar que mi profesión de fotógrafo profesional me coloca en la posición del que mira atenta, intensamente, o sea del voyeur, aunque yo prefiero un término más acorde con lo que me gusta hacer: regarder. Regarder es guardar dos veces, una en la pupila y otra en la retina, la imagen que finalmente atrapará la mente. La señora que cruza el semáforo, sin apercibirse de que es mirada. El niño que llora. El antiguo liceo pintado de amarillo y reconvertido en centro cívico para usos múltiples. Los amantes. Y el regardeur que abre el diafragma de su cámara y aplica el objetivo a aquello que cree de su interés, para luego llevarlo a casa, a ese pequeño apartamento de la rue Du Chat, colocar el rollo en el tanque de revelado y esperar con impaciencia la nueva entrega de su pesadilla.
Porque en lugar de la señora que cruza el semáforo, sin apercibirse de que es mirada, el niño que llora, el antiguo liceo pintado de amarillo y reconvertido en centro cívico para usos múltiples o los amantes, aparece un nuevo centímetro cuadrado de mi piel escasa y desnuda sobre el acerado, y sé que es mi piel por esa mancha de nacimiento en forma de herradura y que asoma entre la hojarasca capilar, muslo izquierdo, en avenida con el cuádriceps y su infinita articulación de ramales venosos desembocando ya en la ingle, y sé que es mi piel porque el objetivo se burla de mi y quiere volverme loco, loco de veras. Hoy toca una instantánea en el parque, frente al lago. Entonces, el objetivo destruirá la perspectiva o la pervertirá a la inversa, para inmortalizar otro retazo de mi cuerpo. Y una a una voy sumando y encajando las piezas de un rompecabezas al que sólo le faltan mis manos, mis ojos, el terrible objetivo que dispara a sabiendas de mi ceguera, a sabiendas de que ha robado toda la luz a mis pupilas, y de que sólo resta la última instantánea (manos y ojos, dobles instrumentos de percusión o melancolía). Eso, la última instantánea, una última instantánea del regardeur atravesado por un hachazo de luz diafragmática. Atravesado por la luz, y derribado por el suelo y muerto en el acto de desfotografiarse a si mismo.

miércoles, 15 de mayo de 2013

LOESS


Un cuento prehistórico de Paqui Castillo Martín

Nos llaman los hombres blancos, porque caminamos entre la nieve sin ser vistos de los predadores que nos siguen, al acecho. Neutralizados, en simbiosis con el paisaje de altos cúmulos de hielos eternos, nos vestimos con las pieles de nuestro enemigo acérrimo, el oso cavernario. Vamos en busca de la tierra del loess. Nunca dormimos… 

Soy el postrer representante de la especie humana en estos lares, porque mi tribu, empeñada en huir de la sed y el hambre, ha quedado estéril, huera, salvaje. El último niño nacido bajo los círculos luminosos de las grutas protegidas de los gélidos fríos. Después ya no germinaron ni las flores. Nuestro líquido elemento consistía en la rala savia de los arbustos de la tundra. El alimento se convirtió en un raro regalo de los dioses furibundos. Los cuerpos infectos de las bestias, amontonados junto a las yertas riberas del río, sirvieron de cuna a mis primeras noches. 

Dicen que mis cabellos de recién nacido eran de un violeta muy claro, inquietante. 

Aquello extrañaba a los hombres blancos, que decidieron, antes de arrojarme por el precipicio, consultar al jefe, un viejo tullido huérfano de brazos a resultas de un enfrentamiento poco afortunado con la última manada de mamuts que se vio en la región del frío. El recio hombrecillo, ayudado de la desdentada boca, me colocó en su regazo, convocó un sortilegio, me miró a los ojos, y me bendijo. Los hombres blancos, intrigados, preguntaron al jefe el veredicto. “¡Locos!”, aulló el viejo, encolerizado. “Estuvisteis a punto de abortar vuestra esperanza”, siguió bramando. “El niño nos conducirá”, sentenció. Y dicho esto, selló sus labios sobre mi frente. 

No se le volvió a oír pronunciar palabra alguna hasta el día de su último augurio. 

Recuerdo mi casa, aquella extensión áurea como un espejo que devolvía multiplicados los débiles rayos del sol. A Occidente se levantaba un murallón de sílice, tan alto e imponente como la escalera que conduce al reino de los muertos. A Oriente el arroyo, con su helado fondo cargado de guijarros y sus estrambóticos peces atrapados, como el insecto en el ámbar, en el preciso momento en que la naturaleza había procedido a ejercer sus virtudes asesinas. Al Norte, la meseta, una altiplanicie inmensa hasta donde la mirada podía penetrar, con el misterioso e incógnito lago salado justo en el centro, al fondo, en las ubres de la tierra, al abrigo de los vientos. 

Tenía quince años cuando descubrí sus aguas. 

Era una realidad tan extraña que no disponíamos de vocablo para designarla. Sencillamente, nos referíamos a ella como sub, que podría traducirse como “materia”. Yo había soñado con ella. En la oscuridad de la gruta, arropado por las pieles, alentado por el calor corporal de mi madre, había sumergido mis dedos inertes en aquella sustancia pastosa hecha de lágrimas. Su color inexplicable, tornasolado según me acercaba a la superficie, me devolvía a un tiempo y un espacio primitivo en el que ella y yo éramos sólo uno. Y me dejaba abrazar por sus corrientes como manos infinitas, trazando círculos que levemente me llevaban a la nada, oscuro precipicio abisal donde sólo nadaban las sombras. 

Le pedí a mi padre, después de aquella visión ínclita de mares en calma, que me llevara. Al principio no quiso, se disgustó incluso, lo consultó después con la asamblea de hombres blancos, que trasladaron mi obstinada petición al jefe. El hombre sabio nada dijo, según su costumbre. Pero se apartó un poco del resto, tomó su bastón de mando asiéndolo fuertemente entre sus mandíbulas, y comenzó a trazar jeroglíficos en la lengua del glaciar. 

Al parecer, el sueño ya había sido escrito antes de que los dioses decidieran crear el universo. 

Y yo temblaba, estremecido, al subir por el escarpe de falla en dirección a la meseta, abrumado por la responsabilidad de conducir a mi pueblo a través de caminos antiguos como púlsares en dirección a las fuentes de mi sueño ancestral y geológico. Allí estaba el lago, al final del sendero inaccesible, perfilado contra el horizonte, como pidiendo perdón por ser tan hermoso. Era esencial, íntimo, patético, hipnótico. Se mecía en lento son y vibraba desde lo más hondo como una respiración clamorosa de animal moribundo. Los hombres blancos, acostumbrados al clima fiero, nacidos bajo un signo que les destinaba a sufrir sus cortas vidas en lucha contra los elementos, se arrodillaron en la orilla. 

Lloré. 

Desde aquel día, todo fue distinto. Los hombres me miraban como a hombre, directo al rostro, fieramente, sin ocultar secretos. Puedo decir que incluso me reverenciaban de una forma singular, como esperando ser dominados por algún sortilegio de inenarrable magia. Pero yo me ocultaba de las gentes, buscando en vano huir de mi sino prefijado. Me sentía embargado por un deber que creía no podrían soportar mis enjutos hombros. Era tan joven, tan inexperto, tan débil. Y sin embargo, la asamblea confiaba en mis poderes taumatúrgicos, a los que sólo pedían una respuesta a la pregunta de por qué los hados se habían empeñado en aniquilar a nuestra raza. Escaseaban las bayas y frutos comestibles, y hacía tiempo que de los eriales desolados había desaparecido todo rastro de nuestro mortal adversario, el oso albino. Ni sus pieles ni su carne habrían ya de cubrirnos ni saciar nuestro voraz apetito de civilización en decadencia. 

Estábamos a merced de la desesperación. 

Los hombres blancos tenemos una estrella tatuada en la nuca. Venimos al mundo para enfrentarnos con el destino, conscientes de nuestra pequeñez ante el vasto páramo frígido del que provienen amenazas inciertas. Trabajamos la piedra y poseemos el secreto del fuego. Tememos y reverenciamos a las fuerzas que desconocemos, y adoramos la solitaria libertad de lobos esteparios unidos entre sí por el vínculo de sangre que interpone entre nosotros la pertenencia a la manada. 

Hacía meses que el hombre sabio no salía de la caverna. El anciano, en su agonía, habíase sumido en un confuso estado semivegetal y abúlico. Alrededor de su nariz habían nacido tenues islotes de musgo, y la barbilla y los pómulos se habían convertido en madeja de líquenes que conformaban, al moverse, un prodigioso bosque de largas y enrejadas ramas que flotaban y se extendían como umbrales lechosos impulsados por el latido de la roca. 

Una tarde me llamó a su lado. 

Su voz era un hilo gutural, apenas un silbido de la garganta descarnada. 

- Araka- me dijo, rompiendo un mutismo que había durado toda mi vida- Araka, hijo mío, acércate. 

- Sí, Amchar- contesté yo, emocionado, a sus palabras-. 

Me coloqué lo más cerca de él que pude, sintiéndome aprisionado en la selva de raíces aéreas que envolvía la cabeza y el pecho del viejo jefe. 

- Cachorro de hombre blanco, contigo se acabará la estirpe. Tus hijos ya no lucirán la estrella que honra a tu tribu. Marcará otro sueño la dirección del periplo, en busca de la lluvia –su resuello era apenas audible- la lluvia… 

Murió mirando al cielo en busca de presagios. 

Y yo quedé junto a sus despojos, sintiéndome triste y gris, como la montaña de caliza desde la que aullaba el viento del norte cargado de partículas de loess. Esos ínfimos fragmentos desprendidos del glaciar milenario se dirigían hacia el sur, y en su camino trazaban huellas de una vida primigenia alimentada por hondonadas de agua ártica, mística, plástica, como el barro que bajaba de la morrena hasta el fondo del barranco y entretenía mis juegos solitarios, cuando niño. 

No sé cuánto tiempo dormí junto al cadáver del hombre sabio, ni si la aurora boreal había ya prendido sus antorchas en el horizonte. Sólo era consciente de que había soñado con el loess suspendido sobre mi cabeza como una fina diadema perlada de nieve escarlata. 

En ese momento supe por qué algunas vidas cobran sentido, de repente. 

Los hombres blancos irrumpimos en la madrugada como cazadores furtivos, los rostros encendidos, la esperanza arropando los inquietos corazones. Y nos enfundamos en ella, confiando en que nos oriente en la larga marcha hacia la tierra prometida, germinal, como el Paraíso, donde por doquier se muestra espléndida en dones. Contemplamos los signos escritos en la bruma, y seguimos marchando, rumbo a las praderas donde pastan las majestuosas bestias, en el ínclito sur. 

Hubo asamblea de hombres blancos. Impacientes, se rasgaban las gastadas pieles, esperando que se hiciera el silencio. Algunos no soportaban que un imberbe tomara la palabra, y miraban en torno suyo, recelosos. El murmullo crecía como un enjambre de moscas azules zumbando sobre un nido de chacales. 

- Hermanos, tributarios de la humanidad. - empecé- Ante vosotros se alza una extensión desolada de tierra yerma. No hay sobre ella más que algún pobre arbusto reseco. Sus ramas raquíticas no nos ofrecen ya cobijo. No podremos subsistir sólo de sus frutos arrugados, ni de la nieve que se funde al calentarse un instante avivada por el fuego en la caverna- a medida que decía esto, el murmullo se extinguió como una hoguera de leña verde. 

- ¿Y qué propones?- inquirió uno de los vástagos del hombre sabio. 

Les conté mi sueño. 

Sus carcajadas retumbaron largo tiempo en los tambores rituales y se multiplicaron peligrosamente en la entrada de la gruta, hasta perderse de forma obscena en las faldas de la montaña. 

- ¿Acaso tenéis una solución mejor? –Les increpé- Dejadme adivinar cuál es: cerrar los ojos y morir. Es lo más fácil. No hay que caminar, ni romper el hielo que se forma en los brazos de nuestras hachas, ni cargar con el peso de nuestros enfermos. Sí, morir. Definitivamente no se me ocurre otra salida menos airosa. Pero yo soy joven, mis piernas podrán soportar el dolor de un peregrinaje que podría prolongarse durante años. Así que me resisto a darme por vencido. Estoy cansado de sueños. –ahora me dirigí a ellos con dulzura- Quien me quiera seguir, que me siga. Quizás sea la última vez que podemos permitirnos el lujo de echarnos a dormir, pues estoy seguro de que ya no despertaremos.- Y dicho esto, clavé el bastón de mando del hombre sabio a la entrada de la gruta. 

Ya no habría vuelta atrás. 

Los hombres blancos sabemos ser dadivosos, aunque nuestros rivales nos consideren miserables y huraños. Porque nos hemos criado entre los hielos, y no conoce nuestro paladar más sabor que el que deja el invierno prendido en el solar de nuestra cueva, nos llaman bandidos. No saben apreciar que somos grandes, que no nos asusta perder si podemos ganar algo a cambio. Anhelamos llegar a la región del loess, pero algunos de nosotros nunca lo veremos. El corazón valiente del guerrero es aquel que, sin detener su marcha, mira atrás sólo para despedirse de lo que ama… 

La comitiva componía un lastimoso espectáculo de hombres y mujeres entrando en la antesala prematura de una vejez decrépita. Las pieles de oso cavernario, tundidas y blanqueadas, se confundían con los gruesos copos de nieve que nos dificultaban la vista. Al caer la oscuridad, las teas impregnadas de resina marcaban el paso lento, presidiario, del joven visionario y sus congéneres. La llanura era inmensa, y brillaba como un cuenco pulido por la cuchilla de sílex. La montaña iba tornándose cada vez más pequeña y retorcida, recóndito amasijo de rocas liberado de toda perspectiva posible. El arroyo se abría horadando terrazas como peldaños siderales de dolomita y caliza. 

Pasamos la primera noche al raso, porque la llanura era tan lisa como un espejismo del cielo: ni una caverna, ni una gruta menor, ni piedra alguna con la que construir refugio. Tomamos las pieles de oso y nos deslizamos bajo ellas hasta que nos descubrió el alba. Algunos comenzaban a desesperar. No había más comida ni bebida que la que racionamos al salir, y que sólo unas horas después comenzaba a escasear. Soplaba viento del este, frío y seco, como un golpe sucio que llenaba los párpados de la arena del desierto boreal. Levantamos el campamento y proseguimos arrastrados por la inercia. Mi madre me llamó a su lado. 

- Araka- me dijo- conductor de tu pueblo. Los ancianos quieren transmitirte un mensaje. Me han escogido a mí, la más cercana a tu alma, para que te lo dicte. No quieren seguir adelante. Lastrarán la odisea de los hombres blancos, aherrojando vuestro mañana con ancestrales cadenas. Permite que os alivien de ese peso que ya no sirve más que para ser rémora… 

- ¡Madre, no!- imploré, invocando el escaso brío que me restaba. -¡La tierra del loess les espera! ¡Allí podrán vivir sus últimos días cerca de sus hijos, llamados a hacer multiplicar con otra sangre una raza que agoniza! 

- No van a moverse de la llanura, Araka- sentenció mi madre–nunca hasta ese momento había percibido cuántas profundas líneas surcaban su rostro de pergamino seco-. –Ni yo tampoco… 

-Madre, tú…- balbucí, desconcertado, mientras ella me volvía lentamente la espalda. Lleno de ira me golpeé, impotente, con los puños cerrados, la blanda zona del estómago hasta caer de bruces contra el suelo. 

- ¿Veremos algún día la lluvia, madre?- pregunté, al volver en mí. 

Mi madre me ayudó a incorporarme, mas nada dijo. Tenía las oscuras pupilas fijas en el sur. En ellas pude contemplar el pálido gemido de la esperanza. No había perdido la fe en mí ni un solo momento. 

Sentí miedo y congoja, al mismo tiempo. 

La última imagen que guardo de ella es la del instante en que la perdí en la inmensidad de la llanura. Pequeña, arrugada y frágil como un pájaro, sus hombros encorvados y su seno valeroso ofrecido en gesto de entrega al abrazo de los que se quedaban atrás para aligerar la marcha de los que aún poseíamos la energía de la juventud y el férreo ardor egoísta de resistir los embates del invierno inacabable. 

La llanura se dividía en tres secciones que se precipitaban en un gigantesco desfiladero. El sol anaranjado lamía el hielo con más fuerza y comenzaba a trazar grietas tenues bajo nuestros pies. El primer indicio del sur, que adivinábamos lejano, pero cada vez más cerca. Quise comprobar la profundidad de la quebrada, y con cautela me acerqué, apoyando el bastón de mando en los diminutos charcos. Descorazonado, me volví hacia los otros. Nunca podríamos burlar el centenar de metros que nos separaban de tierra firme. Estaba a punto de anunciar la retirada cuando apareció ante mí la visión del hombre sabio enrejado en su volátil malla de tallos y racimos de esporas. Era como un bálsamo su voz, y decía: 

- Araka, hijo predilecto, semilla de hombre blanco. Cuando despunte el día habrás llegado a las puertas doradas, reino que recibe a los dioses de la tormenta cada cien lunas. Alimentarás a tu pueblo por tus manos. La dicha caerá sobre tu cabeza al final del camino, como la lluvia. 

Hundí la cara entre las ásperas pieles de oso blanco, y recé la plegaria que aprendí de mi madre cuando no era más que una promesa de vida en su vientre magnánimo: 

De la colina 

bajan ululando 

los fieros vientos 

aterradores. 

Dad los honores 

a vuestros hijos, 

enterrad la guerra 

sembrad la tierra, 

con gritos de gloria. 

Permitid que amanezcamos… 

No quise esperar hasta el ocaso. Advertí a mi pueblo indómito que habríamos de salvar el barranco para salvarnos a nosotros mismos. Debieron contemplar en mi gesto la fiera determinación que me llevaba a hablar de esta manera impetuosa, irrespetuosa casi. Pero ya el sol inclinaba sus tenues rayos allende la llanura, y ni yo ni el grupo habíamos encontrado la manera de superar el terrible obstáculo. Al anochecer nos dejamos caer contra la pétrea almohada del suelo, frente al barranco. El deshielo trazaba círculos de gotas de agua que se perdían hacia el fondo, como si se precipitaran en un sumidero subterráneo horadado por su lento flujo espiral desde el principio de los tiempos. 

Los hombres blancos pensaron que me había vuelto completamente loco, pero no intentaron detenerme. Ya no les quedaba un ápice de vigor. 

No sabía lo que hacía, ni qué me llevaba a actuar como lo hice. Sólo recuerdo que comencé a cavar en el fondo del surco, apoyando el bastón de mando del viejo jefe contra el duro caparazón del suelo de nieve y detritus. Gritaba en mi desamparo a los dioses inclementes, luchando contra su voluntad y arañando la perlada superficie del granito cristalino bañada en la sangre de mis puños. La horda de hombres blancos, al unísono, comenzó a percutir sus mazas en los entresijos de la roca. 

Palpitaba el timbal cristalino de la llanura con parsimoniosa cadencia. 

Después de un cierto lapso, comenzó a abrirse, tímidamente, la grieta. Primero se desgajaron pequeños fragmentos de hielo, débiles y parcheados como yesca sulfurosa. Luego, rocas del tamaño de asteroides se precipitaron al vacío lechoso. Y ya la luna tintaba con sus luces el firmamento cuando se produjo el alud. 

Sentimos clamoroso espanto al notar la nada galopando firme bajo nuestros pies. Nos replegamos en dirección a la llanura en medio de terrible confusión de multitud sin salvación aparente. Un holocausto placentario envolvía rostros y cuerpos, difuminados y descompuestos en la confusión que siguió a la barbarie de una destrucción enceguecedora, resplandeciente… 

Cuando recuperé el control de mis sentidos, pude comprobar que de la llanura sólo quedaba un amasijo de peñascos que ocupaban, con sus formas puntiagudas e inciertas, la mole antes pantagruélica del tenebroso barranco. 

Los hombres blancos somos fuertes, aguerridos. Nadie nos vence en combate. Hemos fertilizado la tierra con nuestros hijos, les hemos enseñado con amor lo que aprendimos de nuestros padres sobre el valor. Y ahora que nuestra prole va a cruzar el limen hacia un nuevo mundo, ahora que vamos a dar a nuestro linaje el regalo de otro amanecer, nos postramos ante ellos, orgullosos. Nuestra muerte no fue en vano. Ahora que gobernamos las sombras, allá donde termina la escalera que conduce a nuestro diminuto Olimpo, nos damos cuenta de que la decisión de abandonar la trupe fue un sacrificio generoso que les hará libres. 

Madre, fuente de vida, río en que se bañó por primera vez mi ser ingenuo. Al final del sendero nos recibió el canto de la alondra, llave del reino de las puertas doradas, bulliciosa promesa de la primavera eterna del sur al que los ancianos renunciasteis para salvar a vuestros sucesores. Tras embriagarme de su dulce son premonitorio, di de beber a mi gente, la alimenté con los frutos de un árbol añoso y, mirando hacia el lugar donde rompería la aurora dormí después de jornadas de vigilia sin tregua. Y soñé con un prado como una alfombra esmeralda, los brazos extendidos buscando el calor que me llegaría, con la brisa jugando con mi cabello extraño, de otros brazos que acunarían a tus nietos, allá en el país del loess. 

Donde la lluvia es amarilla, como en Macondo.

Fuente imagen: la-luna-de-hielo.blogspot.com

domingo, 21 de abril de 2013

EUDAIMONIA

Por Paqui Castillo Martín

www.revistadeletras.net
Grávido y eterno, el ser del que provenimos nos ha enseñado a vivir entre hombres, pero en algún lugar de nuestra mitografía fuimos lluvia y trueno, semilla y viento, dioses. Éramos. Ahora nuestra ciudad arde en guerras, y después de cada una nos vemos obligados a mendigar por el hambre en el ágora desierta, con los bolsillos vacíos de esperanza. Nuestras manos sucias se alzan buscando purificar el pecado de nuestros ominosos estrategos, y nuestras plegarias terminan allí donde comienza el mar de Homero. 
Nací, yo también, del pecado. Mi madre era de la península, mi padre de la Grecia interior, la en otros tiempos grande Esparta. Mi madre me enseñó a filosofar desde antes de tener uso de razón, y ya en su vientre me llevaba a escuchar a los hombres sabios en los soportales de las academias. En verdad, era un espíritu inquieto. Su misión en el mundo era iluminarlo con las pupilas de los ojos. Allí brillaba, mistérica, una sabiduría esplendente, incorruptible como las esferas de Parménides. No era singularmente bella, ni singularmente provocadora, pero gozaba con el mero hecho de aprender y el amor a mi padre la volvió geómetra. Enseñaba él las figuras y los cuerpos en el antepecho del teatro, en la escuela pitagórica, al caer la tarde, y ella era una de sus alumnas predilectas. 

Los separaban cincuenta años. Ella, una niña, él un viejo sexagenario al que acusaron de corruptor de menores en cuanto se supo que estaba encinta y que el hijo que esperaba era suyo. Ardió como una esquela en la pira del ágora tres días después de ser condenado a beber de la cicuta. Mi madre quedó sola, conmocionada ante la grandeza del universo que él le había enseñado y ante la pequeñez de los hombres que interpretaban la libertad y el destino según su voluntad arbitraria. Porque ellos estaban destinados a ser libres uno en el otro, confidencia tras confidencia, hilando mitos de la Acrópolis con leyendas de Esparta siempre en secreto, en la noche de los astros. En los nichos del teatro sólo resplandecían las tersas pupilas de Hipatia mientras mi padre alumbraba su intelecto con rocío de conocimiento nuevo. 

Mi madre Hipatia no me reveló nunca el nombre de mi progenitor. A mí me llamaba Eudaimonia, que en griego quiere decir “felicidad”. Me crié callejeando y aprendiendo a insultar a los sofistas, que por aquel entonces habían degradado sus enseñanzas hasta el punto de ser despreciados por la multitud. Al cruzar el arrabal, mi madre me apretaba fuerte la mano, como para protegerme de sus asechanzas y sus diatribas. “No debes mirar”, me decía. Y sus pupilas reverberantes señalaban a lo lejos el camino del teatro, como indicando que entre sus nichos se encontraba, volumétrica, esférica y una, la Verdad. 

Mi madre Hipatia se convirtió en hija única después de que sus hermanos se marcharan a la guerra contra el gran Rey de Persia. El día de los funerales, vestía un peplo negro que se irisaba cuando las nubes airaban el cielo. Y yo junto a ella, pequeña y morena como una oliva del monte Athos, empeñada en prenderme de su seno mientras recibía, uno a uno, los cuerpos de sus tres hermanos. La casa en que morábamos después de su vergonzoso destierro del oikos familiar era una cueva, la misma, dicen, en la que siglos antes estuvo preso Sócrates, aquel viejo estandarte de la humanidad ateniense, una especie de numen encarnado para aquel que fue mi padre, cuyo nombre nunca supe. 

Contemplo los legajos que me transmitió mi madre Hipatia en legado, al tiempo que desde la terraza veo arder las calles de Atenas. Alguien arroja piedras contra el panteón, gritando “los dioses han muerto”. Es un tiempo de cambios, de cambios y de dolor, de dolor y de sangre, de sangre y de muerte. Tras las murallas combaten los soldados una guerra que no es suya, sino de quienes desgobiernan con sus malas artes una ciudad en otro tiempo hermosa. 

Mi madre Hipatia, recuperados tras diez años de destierro sus derechos cívicos, se convirtió en su reina. Enseñaba en el ágora, y aunque decía cobrar dos óbolos por lección, nunca vi que su mano se ensuciara con el vil cobre. La multitud de sus seguidores le traía leche de Paros, queso de Tracia o miel de Acanto, con los que elaboraba los pasteles que alimentaron mi lánguida infancia. Todo aquel que quisiera escucharla era bienvenido. Algunos llegaban de lugares tan extraños como galaxias lejanas, y los nombres de sus ciudades sonaban en mis oídos a tintineo de estrellas: Pallas, Cirene, Siracusa, Abdera, Zacinto… 

Había un vendedor de cacharros viejos, viejo como un cacharro, ulceroso y desdentado, que se sentaba desde primera hora en el ágora esperando ver a mi madre Hipatia. Había un soldado de fortuna de grandes brazos y piernas pequeñas, que llegaba una hora después al ágora esperando ver a mi madre Hipatia. Había un joven disoluto, escapado del gimnasio, robador de doncelleces, que llegaba una hora después que el soldado, esperando ver a mi madre Hipatia. Había una vendedora de perfumes de Oriente, un histrión, un aedo, una sacerdotisa, un músico y un escultor que llegaban una hora después que el soldado, esperando ver a mi madre Hipatia. Y después aparecían, como por encantamiento órfico, los habitantes de la plaza. La plaza era un mercado, y el mercado un mundo en miniatura que contenía el aliento y sólo respiraba al ver arribar a mi madre Hipatia. Y cuando ella llegaba, con las mejillas sonrosadas y un ramo de jazmín en la oreja, la congregación se levantaba respetuosa de sus escaños de arena y piedrecillas, y saludaba, a coro, a la antigua desterrada: “¡Zeus te guíe, Hipatia!”. 

No guardo recuerdo alguno de qué poderes se valía mi madre Hipatia para hipnotizar así a su público. Pronto se gestó la leyenda de que era mitad diosa y mitad humana, hija adulterina de Hera y Hefesto arrojada del Olimpo no bien hubo nacido. Aunque sólo enseñaba la ciencia que su maestro le había transmitido, cuando hablaba parecía convocar algún antiguo sortilegio. Entonces, sus pupilas grises brillaban más que nunca, hasta el punto de la lágrima bendita. 

“Nobles atenienses, doblegad las pasiones viles de vuestros espíritus por mor del arte de contar las estrellas. Hay un cielo sobre nosotros, y en ese cielo realidades puras que no se atrevieron a contemplar nuestros ojos. De esta misma agua –y al decir esto tomaba un ánfora y vaciaba su contenido en un recipiente rectangular- fue creado el cosmos a partir del caos originario. Y nunca el demiurgo que nos soñó hizo alguna vez cosa más bella”. 

Se empeñaba en medir la circunferencia de los planetas con una vara de avellano, y calibraba el peso de los elementos atómicos valiéndose de astrolabios y clepsidras. En la arena del ágora se encontraba en su elemento. Y Eudaimonia, la endeble y enfermiza Eudaimonia, era su compañera. 

Romper, rasgar, destruir. Alzar un mástil y luego otro y extender las cuerdas… Aquellas pieles de toro fueron expuestas durante dos días en la plaza, sin que nadie supiese muy bien a qué fin estaban destinadas. Después, durante toda una semana, de luna a luna, mi madre Hipatia dibujó en ellas complicados signos que se me antojaban una suerte de caligrafía bastarda. Trabajó sin descanso, noche tras noche, y de día se dedicaba a acarrear agua desde el manantial a la plaza. Suspendió sus clases y dejó de cuidar sus vestiduras. Yo, como un perrillo atolondrado, la seguía a todas partes, con una sonrisa absurda pintada en la cara y manchas multicolores de tinta en mi peplo de impúber. 

Feliz e ignorante, yo también imaginaba, a mi manera. 

Amanecía sobre Atenas una mañana dura, estridente, llena de polvo sucio que marcaba las calles con su hollín amarillo. Mi madre Hipatia latía como un corazón gigante y dormido junto a mí, en la plaza. Era el primer descanso tras diez días de brega. Apenas abiertos mis ojos, tan disimilares en todo a los suyos, contemplé su blanca tez de arcilla apoyada sobre el codo en la arena. La amaba como a una idea perfecta, absoluta y recta. Era mi madre, y era pura. Se había entregado a la multitud que la seguía y exánime campaba bajo la obra inspirada por sus demonios personales, muerta de cansancio, a cambio de nada y esperando cambiar el mundo. Sí, amanecía… 

Ella tenía un fulgor en la mirada tan perpetuo como una batalla campal entre los dioses. Sucia y medio desnuda, con las lanas de su pelo sueltas en cintas sobre el pecho, comenzó a tirar de las cuerdas, desvistiendo el atrio de los grandes paños que lo cubrían de parte a parte. Entretanto, el gentío se congregaba en la plaza, esperando. 

“¡Oh, atenienses! Hace una luna tuve un sueño. Mi espíritu pacía en una llanura, y al fondo podía verse una magnífica montaña.” –Al tiempo que decía esto, quedó descubierto uno de los grandes paneles- “Subí a ella en un carro alado, y llegué hasta la cúspide. Mi cuerpo no pesaba, pues estaba hecho de un éter magnífico color de fuego. En la cima me esperaba el demiurgo, y pude ver sus ojos. Estaban llenos de soledad y de luz. Me tomó de la mano y me enseñó la pradera desde una perspectiva que nuestra altura permitía gozar en toda su extensión. Cuando nos separamos, vi que mis propias manos ardían con su calor primitivo. De ese calor brotó un universo complejo y diminuto que a medida que transcurrían las horas iba expandiéndose y abandonando la cima para llenar la pradera y culminar en el horizonte su morada”. 

Los paneles mostraban una constelación de números y masas enredadas en amasijos de formas de cuerpos celestes. Girando sobre sí mismos, los planetas describían una órbita alrededor del sol, y el sol cabalgaba sobre el firmamento trazando elipses en el vértice de una galaxia que danzaba al son de una melodía sin músicas, mecida por el fluir cósmico de los ritmos geométricos. 

La multitud, extática, era incapaz de articular palabra. Era como un ciego al que, de pronto, le hubiera sido otorgado el privilegio de contemplar la hermosura con los ojos del alma. 

El cuadro era bello y siniestro. La multitud comenzó a murmurar con una cantinela de zumbido de abeja. El murmullo se adensó y creció, haciéndose redondo, estridente. Un grito gutural se elevó de la garganta anónima y unánime de los fieles de Hipatia. El eco al retumbar hacía daño en mis oídos: “¡Desolladla!”. 

Es el ocaso de Atenas. Mueren las luces del Pireo mientras las lobas lanzan sus lastimeros gemidos, reclamo del ocasional amante. En las calles, en el ágora desierta, en la acrópolis y la muralla, se eleva un llanto dulce: 

Grandes maravillas se vieron en el cielo 

con ocasión del prendimiento de Hipatia. 

Ella fue arrancada de su peplo 

y quedó vertida su sangre 

en la arena de la plaza. 

Allí, allí, contemplad su efigie, 

ved sus manos escuálidas 

desnudas ya de ciencia, 

cenicientos los sus labios… 

¿Quién se acuerda de ella, si no es el cantor fúnebre presagiando la hecatombe? No, no hay dioses ni en el Panteón ni en el Olimpo. La Verdad vagabundea sucia y torpe por estos tiempos de olvido, entre caminos de lodo. Todo lo que queda de Atenas será tragado por el monstruo inmisericorde de la guerra. Allá van los barcos, surcando senderos ayer gloriosos, a entregar las vidas de nuestros hombres en perpetua lucha contra algún acérrimo enemigo que mañana, después de la derrota, nos venderá como esclavos. Pero yo tengo los legajos, y la entrega inmarchitable que los ojos de mi madre comunicaron a mis pupilas niñas. Y en ellos la revolución del cosmos invisible y sus criaturas celestes, y el futuro de millones de criaturas que habrán de poblar el universo cuando nuestra escuálida ágora no sea más que una entelequia. Aquí, entre mis manos, arde el secreto infinito comunicado por los afanes del demiurgo. Arde como yo en esta tarde, para nunca más ver la luz del día, la esperanza del mundo. En su mismo fuego consumido, mi cuerpo en vapores de alcohol y éter se deshace, lentamente, succionado por los vórtices de un incendio primigenio donde habré de vivir eternamente. 

Así en la tierra como en el Hades.

domingo, 31 de marzo de 2013

La exposición



Un cuento apocalíptico de Paqui Castillo Martín


La catedral exudaba el hálito de los miles de visitantes agolpados en la entrada del recinto de la exposición. Los rostros reflejaban la conmoción de los congregados, las largas horas de espera, las prisas para llegar al mejor asiento. Yo estaba en la fila número tres. Había dormido apenas dos horas, y mis nervios a flor de piel me mantenían tenso y preparado para lanzarme al ataque. En unos minutos se abrirían las puertas de madera, haciendo crujir los goznes recién engrasados, las centenarias hojas de metal batido. Se podían adivinar en el aire las esencias del incienso y de la mirra, que ascendían sobre nuestras cabezas envolviéndonos en una nube balsámica, mistérica. Centelleaba una mariposa de luz a la entrada del pasillo; las pilastras románicas, desde la distancia, parecían el gobernalle de un barco fantástico. Comenzaron a lanzarse los primeros flashes automáticos, al tiempo que el rugido de la multitud crecía en altura y espesor. 

La expectación era máxima, y aún faltaban cinco minutos para el momento de apertura. Nuevos flashes, cámaras cargando baterías y últimas llamadas desde la redacción o el estudio en diferido. El tiempo se había detenido en seco. A nadie parecía importar lo que había detrás de aquella puerta; los congregados, como oferentes listos para entregarse a un extraño ritual, sólo se preocupaban por que los batientes se abrieran. 

Los carteles de la exposición nada decían de su contenido. La empresa de publicidad contratada por el ayuntamiento había creado una propaganda enigmática, repartida en cada casa de cada pueblo y en cada piso de cada ciudad. Banderolas y carteles colgaban de cada farola; en cada banco y en cada arriate un banner multimedia anunciaba una hora, un día y un lugar. Nada más. Desde mi fila número tres, luchada a lo sumo con siete señoras que se arrogaban el derecho de haber llegado una fracción de segundo antes de mí, volví la cara en dirección a la multitud congregada a las puertas de la catedral. Recordé los paisajes del Serengueti en la época de lluvias, cuando los ñus atravesaban el páramo perseguidos por una jauría de leones hambrientos. Recordé el éxodo de los somalíes el año de la gran sequía y, cómo no, la huida de los bosnios hacia los campos de refugiados. Y toda aquella barbarie multitudinaria había sido grabada y registrada por mi cámara de reportero. A veces, en sueños, podía contemplar los rostros en el gentío, sus rostros desencajados, abotagados, sus rostros proscritos de toda ley de esperanza, sus rostros sin nombre. Pero nada de lo que mis años de profesión me habían deparado podía compararse a aquella barahúnda perfectamente organizada, ordenada y a la espera. Ocho filas, cuatro a cada lado de cada uno de los batientes, dividían a la muchedumbre como una larga cabellera peinada en trenzas multicolores. Por más que mis dos metros y tres centímetros de altura me colocaban en una posición ventajosa, nunca conseguí ver el final de las ocho filas, perfectamente alineadas en una perspectiva que se perdía en el obscuro infinito. 

De la puerta principal se desprendió, al abrirse mínimamente, una rendija de claridad. La multitud avanzó un paso en perfecta armonía; ninguna de las ocho filas se deshizo. Los vigilantes de seguridad comenzaban a cachear a los visitantes de la primera línea en cada una de las ocho filas. Una música suave, como de vals, comenzó a sonar y a llenar las estancias vacías del recinto sagrado. El destello de fuegos artificiales podía adivinarse tras de los biombos nacarados que protegían la explanada. Después se hizo el silencio, tan absoluto que sólo podían oírse los latidos apresurados del corazón de la masa. 

Ahora la multitud, arropada por la oscuridad, se deslizaba lentamente hacia la puerta de entrada, a dos minutos escasos de la inauguración del evento. Parecíamos viajeros en el espacio a la búsqueda de una nave nodriza que nos devolviera de nuevo a nuestro lugar en el cosmos. De dentro venían voces huecas, micrófonos probando la acústica y parabólicas preparadas para retransmitir la señal de lo que había sido anunciado como el evento del siglo. En la plaza no cabía una sola alma más, y la que intentara colarse por un resquicio estaba condenada de antemano a morir por asfixia. Entre hombro y hombro no era posible el paso de una sola molécula de aire, y la atmósfera, a un minuto treinta y cinco segundos de la apertura de los batientes, comenzaba a volverse irrespirable. En previsión de ello, el ayuntamiento había colocado en la diagonal de cada fila una caja con mascarillas antigás. Provista de sus pertrechos bélicos, la masa consultó al unísono el reloj. El lento tamborileo del minutero parecía recrearse en mi ansiedad alimentada por el oxígeno de la mascarilla, y sentí que comenzaba a sudar copiosamente. La plaza había sido tomada por la multitud, que seguía avanzando en orden hacia el set de cacheo. Allí los agentes colocaban una tarjeta de identificación, un microchip subcutáneo y una inyección intravenosa que no me hizo de inmediato sospechar, ya que algunas veces las promotoras de espectáculos inoculaban el disco motor directamente en el visitante, con el objeto de estimular su cerebro y procrear en él galerías de realidad virtual sobre las que se montaba el software del evento. 

Acababan de abrirse las compuertas…Apretujada, constreñida, pero aún en formación castrense, la masa avanzaba parsimoniosa hacia el hall de entrada. La música de vals amenazaba con invadir todas las estancias, y por instantes se multiplicó en mis pabellones auditivos hasta percutir el blando tisú del oído interno como un oxidado tambor de hojalata. Las ocho colas giraban y giraban, y al moverse las filas serpenteaban, desprendiendo un halo tóxico de aire viciado. Cinco segundos para la hora final. La multitud se estremecía de placer y de suspense, como en los pases previos de una película de estreno. Cuando llegué al set de cacheo, recibí la tarjeta con mis credenciales de periodista; brillando en la tercera dimensión de un holograma, las siglas de la compañía multinacional de noticias. 


No los vi venir. Acelerada, como en las revoluciones de la historia de nuestros antepasados, la masa crecía y crecía sin fin, y se agolpaba ya sin orden desde la fila siete hasta el horizonte en lontananza que no pudo ver la expansión de onda pero que fue la primera en participar de ella. El fogonazo inicial llenó la plaza con un resplandor de tersura anaranjada, y entonces la belleza de la catástrofe hizo abrir las bocas enmascaradas de la muchedumbre, protegida de los aerolitos con brazos que iban abrazando a otros brazos y quedaban –aquí vinieron a mi memoria los amantes enlazados entre las ruinas de Pompeya- subyugados por el efluvio de los gases altamente inestables y corrosivos producto de la explosión, retorcidos sus cuerpos como ramas de olivo apiñadas en un último y vano intento de salvar con la muerte al camarada. Yo no los vi venir. Pero el cordón policial llegaba hasta la fila séptima mientras las puertas se abrían y la exposición mostraba los encantos de una Madonna celebérrima, la única talla superviviente a las diatribas iconoclastas que habían dado pie a la Tercera Guerra Mundial. La pequeña virgen nos observaba distante, envuelta en nubes de paños y palios de terciopelo, desde la irónica salvaguarda de su hornacina de uranio. Tras del cordón policial, reinaban la muerte y la desolación. La masa había sido aniquilada desde la fila siete hasta el confín del mundo, y yo, junto al resto de la humanidad salvada, sentía abrirse la tierra bajo mis pies, presintiendo, como un nuevo golpe de maremoto, los cornetines y trompetas del nuevo y definitivo apocalipsis.

domingo, 3 de marzo de 2013

AKIRA


Paqui Castillo Martín

A


kira Fukuoka se despertó en su cama de Fukushima a las 23.45 de la noche. A pesar de que era crudo invierno, el sudor le cubría el pecho, las nalgas, la nuca. Su esposa dormía tranquila, a su lado. Era una mujer de carácter espartano, pensó Akira, mientras la miraba con dulzura. Había concebido tres hijos y los había parido en su ausencia, sintiendo la angustia de cada contracción en la soledad del piso mínimo que compartían, intermitentemente, desde hacía casi cinco años. A diferencia de la mayoría de las japonesas, Yukiko tenía los ojos cobrizos, casi redondos, y el pelo castaño le caía en suaves ondas por la espalda. La noche de bodas, ella le contó que un lejano ancestro, procedente de Madagascar, había recalado en el puerto de Nagasaki, un día de tormenta. Una joven campesina, apiadada de su aspecto de mendigo, le llevó a sus aposentos y le presentó ante los atónitos padres como su marido. “Y nunca más se separaron”, dijo ella, batiendo sus largas pestañas color oro viejo. “Eso explica lo de tus ojos”, reía él, mientras le desataba el largo y pesado kimono nupcial. Entre beso y beso, Akira y Yukiko se observaban como dos desconocidos, inéditos, ebrios de efluvios, mientras se susurraban palabras de amor cada vez más inaudibles, y rozaba la piel, a contrapelo, la piel amada. 

Parecía tan lejana aquella primera noche, pensaba Akira, acostumbrado ya a la oscuridad de la habitación silenciosa. Sólo se oían, en la distancia, los zumbidos del aparato intercomunicador conectado con el cuarto de los niños. Y la respiración de Yukiko. Se enterneció de nuevo. El primer parto comenzó una semana y media antes de la fecha programada. Akira recordaba aquel momento, hacía exactamente tres años y ocho meses. Tenía el turno de veinticuatro horas; cubría una urgencia al norte de Fukushima, pero en la hora veinte ya no era capaz de resistir sin oír la voz de su esposa. Había conectado el I-phone, y le había mandado a Yukiko un mensaje furtivo a través de Skype. El icono parpadeante titilaba con fugacidad de estrella, mientras a Akira se le hacía un nudo en la garganta. Yukiko había colocado la señal de “no molesten” junto a su nombre de usuaria. Entre bocanadas de humo, de repente apareció su rostro, sus grandes ojos cobre saludándole, brillantes y húmedos. “Ya viene”, fue lo único que dijo, y a Akira pareció abrírsele, bajo los pies, un abismo. Dejaron de existir, para él, las sirenas, el retén, la guardia, el humo y Fukushima. El mundo era Yukiko, en aquel instante. 

Tampoco estuvo presente en el segundo alumbramiento. Un terrible incendio se había declarado al sur de la isla de Hokkaydo. Akira era ya, por aquel entonces, jefe del retén de bomberos, y pasaba más tiempo fuera de Fukushima que en la seguridad de su diminuto hogar a prueba de terremotos, entre los brazos de Yukiko. Akira, aún soñoliento, conectó los mandos electrónicos de la ducha hidromasaje, y se dejó llevar por sus recuerdos. Sentía los ritmos monocordes del agua, los sonidos de la ciudad exhausta que le llegaban, amortiguados, desde el ventanuco del respiradero. Keido tuvo una arribada compleja, agravada por el cordón umbilical rodeando su cuello. Mientras Akira luchaba contra el dios del fuego en Hokkaydo, su esposa se sometía a una cesárea de urgencia en el hospital central de Fukushima. Cuando Akira llegó junto a la cuna de su hijo, Yukiko se debatía entre la vida y la muerte. Akira recordaba con tristeza cómo la sedación había empequeñecido sus ojos color rescoldo de ceniza, fuertemente cerrados bajo un manto de pestañas mojadas por la lluvia de un llanto reciente. Akira sintió un amor que le llegaba en oleadas, como pequeños tsunamis haciendo añicos las resistencias sistólicas de sus coronarias. “Te quiero”, le dijo a aquel menudo cuerpo, que, forcejeando contra su debilitado organismo, intentaba volver del tenebroso universo de los espíritus. Le recordó, en aquel momento, a la pálida muchacha de la película Kwaidan, la joven morena de largos y lacios cabellos negros que se entregaba al esposo a pesar de ser un espectro errante. “Mi reino por tu sonrisa”, balbució junto a la oreja de su bella durmiente. Y fue entonces cuando ella, al volver del coma, abrió para él sus ojos de metal batido. 

“Desde el más allá te amaré”, le había dicho hacía mucho Yukiko, un día de primavera, bajo los cerezos en flor. “¿Qué te hace pensar que morirás antes que yo?”, le preguntó a su esposa, rodeándole el cuello y depositando en su regazo una corona de pétalos blancos. Por aquellos tiempos eran sólo dos novios descaradamente jóvenes que se creían inmortales y desafiaban los designios de Kagutsuchi, el dios del fuego, el ermitaño que vivía en los círculos de altocúmulos que rodeaban las nieves perpetuas del monte Fujiyama. Ella se giró para mirarle, y con gesto sereno, le dijo: “Tengo la esperanza de que muramos juntos”. Y se quedó callada, con la vista perdida en las alturas del Fuji. 

Akira se vistió muy despacio, calculando el tiempo y adivinando los bultos de la ropa de faena en la penumbra. Mientras se ponía el pantalón, volvió a saltar la alarma. Enseguida la apagó de un manotazo, porque no acertaba a encontrar el mando a distancia. Cuando lo halló, escondido entre los juguetes polvorientos, lo accionó para subir las persianas del salón y contempló, con una mirada apremiante, las luces de la ciudad amodorrada. Una lejana sirena suspiraba en el puerto; se oían los ecos del carguero de salvamento; una ballena varada dejaba al descubierto, en la playa, su descomunal cadáver putrefacto. Akira dio un beso a su esposa, aún dormida. Verdaderamente, Yukiko tiene nervios de acero, pensó. Con todo lo que nos ha pasado. Entró en la cocina y se sirvió un café recién hecho por el robot de servicio. Iba a ser un día muy largo, y necesitaba estar bien despierto. Montó en el ascensor y sonrió al recordar la expresión de asombro de Akira Junior cada vez que se miraba en el espejo. Seiko, Keido, Akira Junior. Sus hijos. 

El tercer parto fue muy rápido y sencillo, tanto, que, aunque se había pedido la mañana libre, a Akira no le dio tiempo de cambiarse y llegar al hospital cuando Yukiko hizo una videollamada desde la cabina del paritorio. Radiante y exhausta, le presentó al niño, plácido, rollizo y, como los otros dos, con los extraños ojos color cobre de su madre. Akira, conectado, como en ósmosis, con aquellos recuerdos, montó en su bicicleta de paseo y comenzó a divagar por las calles de la ciudad en sombras. Un gato le salió al encuentro. Era ralo y gris, igual que un viejo abrigo, y sus ojos amarillos resplandecían como el ónice. Sintió un escalofrío premonitorio. Tarde ya, se dio cuenta de que había olvidado la chaqueta en casa, la chaqueta con las fotos de sus hijos. Torció una calle y, de modo automático, enfiló hacia la avenida de Kobe. Los álamos flanqueaban la calle interminable, y una luna azul y tiránica, sin resplandor, dominaba el cielo. Al fondo, podía verse el estanque, las miríadas de peces boqueando en las orillas, los gansos cubiertos del hollín de la fábrica derrumbada. Se detuvo un momento, sólo un momento, ante el cementerio solitario. Como por automatismo, llegó frente a tres pequeños nichos aún sin nombre. La arena del parvulario, el cataclismo. Akira agachó la cabeza y, al levantarla, se soñó a si mismo escribiendo con tiza roja, sobre el cemento todavía fresco de las tres pequeñas lápidas: Seiko, Keido, Akira Junior. Los nombres de sus hijos. 

Atravesó los límites de la ciudad y, a medida que penetraba en el suburbio, notaba cómo ascendía, de un modo antinatural, la temperatura ambiente. Los árboles parecían extraños esqueletos inanimados; no se oía un pájaro; un silencio tétrico era ahora el inquilino de aquellas sucias casas sin dueño. El bulevar se abría por medio de un ensanche a un puente de piedra por donde la ciudad, en masa, había emprendido la huida. Akira consultó su reloj. Eran las 24.35. Aún tenía tiempo, y se detuvo de nuevo, esta vez sobre el puente, para sumergirse con el pensamiento en las aguas del deshielo, nacidas de la ira del dios del fuego del monte Fuji. Caminó unos pasos, absorto, hasta el templo cercano. Al penetrar en la estancia olorosa a citrón y mirra, se atrevió a mirar directamente a Kagutsuchi a los ojos y descubrió, con asombro, que eran del color del metal batido. 

Akira aparcó la bicicleta y atravesó el recinto. La humareda se hacía, por momentos densa, irrespirable. Una vez en el vestíbulo, se calzó los gruesos zapatones con suela de amianto, se ajustó el guantelete y se caló la visera. Subió las escaleras; el generador producía energía suficiente para refrescar el exterior del edificio, pero en sus entrañas el calor se hacía intolerable, y crecía y crecía hasta convertirse en una masa compacta y pastosa de sulfuros y nitratos que envenenaban la atmósfera. Y, entre corrientes de aire, el fantasma de Yukiko haciendo su aparición en el I-Phone. Era la etérea muchacha del Kwaidan, una flor de la cereza, la hija del fuego. Ella era la muerte que saludaba a Akira con su cántico mudo mientras traspasaba la puerta de seguridad y entraba en el núcleo del reactor 7-K, con Kagutsuchi, hacia el Olimpo del Fuji.



Fuente imagen: sinalefa2.wordpress.com

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