martes, 3 de junio de 2014

La Paula (cuento campesino)



Cuando mi madre hablaba conmigo, usaba un tono enérgico.
-Paula, no des voces. Paula, no cantes. Paula, sé cariñosa con tu abuela. Paula, haz los deberes antes de salir a la calle.
Mi madre se había criado en la primera generación después de la guerra. Dicen que fue un tiempo cruel, preñado de injusticias. Su padre tenía una vaquería al comienzo de la calle; nunca pasaron hambre, pero tampoco nadaban en la abundancia. Mi abuelo hacía trabajar a sus tres hijas como jornaleras a destajo; a cambio,  nunca les quitó un solo día de escuela. En los meses de calor, las pequeñuelas chapoteaban en el río, siempre lleno a reventar por las aguas de las cumbres de la Sierra de Gredos. Era un tiempo amarillo, como de postal antigua. Creo que mi madre lo recordaba con nostalgia mezclada, a partes iguales, con desesperanza.
- ¿Hay algo que haga bien, madre? -le protestaba yo, a cada poco. -¿Hay algún servicio que le preste que  pueda dejarla a usted contenta?
- Hija, quiero hacer de ti un modelo de perfección, para que el día que encuentres a un buen hombre, le entregue yo una esposa hacendosa y decente. No pretendo ofenderte, sino inculcarte tu obligación en el mundo, para con tus prójimos. ¡Y así me lo pagas! ¡Ingrata!
Yo abandonaba la habitación, y mis deseos de continuar siendo su hija. Hubiera huido a la China con tal de no escucharla.
Mi madre tenía un aire así como de matrona etrusca. Era de porte ligero, más algo plomizo, porque siempre vestía con ropas de poca color, como desvaídas en pinturas de pastel  y capas de hojaldre. Sus ojos eran pequeños, vivos, inquisitivos. Parecían responder a todo con una pregunta.
Cuando me quedé sin padre, se encerró en sus aposentos, a lo Bernarda Alba. Escribía largas cartas de amor al marido muerto, poemas imbricados como filigranas de tinta. En su cocina de amores doloridos se maceraba un desconsuelo lento, imperturbable, incapaz de reaccionar a las bellezas de la vida.
-Quiero todas las puertas de mi casa cerradas-anunció un día- Se ha muerto Pepe, el Temporero. Y detrás me he muerto yo, como mujer. Para siempre.
- Madre, ha de hacer caso a las consejas de sus vecinas, que no tienen otro bordado en que entretenerse. Dicen que la viuda ha de enterrarse con el marido. Yo no lo creo así. Salga usted siquiera al recodo de la esquina, a tropezar como por casualidad con el aire fresco. Lo mismo encuentra la paz del espíritu que perdió el día que falleció mi padre.
- ¡Locuras de juventud!- decía, haciendo grandes aspavientos. ¿Quién te ha dicho que te metas en las cosas de la gente grande, tú que no levantas medio palmo del suelo? Sigue soñando con un mundo mejor, y mientras, déjame a mí en mis cosas. Levántate de la silla, que tenemos trabajo en cerrar el portón y dejar opinar a la canalla lo que quiera. Yo esto lo hago por el Temporero. Más respeto a la memoria de tu padre, hija.
Mi madre siempre llamaba a mi padre el Temporero. Lo conoció un día de agosto, en la recogida del almendro, cuando fanfarroneaba con una bandurria, en el centro de un redondel de hombres a los que entretenía la briega. Jornalero de día, flautista  y tamborilero de noche, era el músico más atrevido de la provincia, y viajaba de pueblo en pueblo, costa a costa, a cambio de un repertorio de canciones subidas y una peseta rebajada para el aposento. A ella, por entonces, la llamaban Juana la de la Lechería. Era prieta de carnes, enjuta de rostro, vivaz e inteligente. Tenía una estrella en la mirada, no demasiado hermosa a causa de los ojos chicos, pero refulgente como un rayo de nieve. A Pepe el temporero ese rayo le atacó aquella tarde de verano. Bajaba mi madre al río, desde el pueblo, con los sobrinillos de la mano. Llevaba puesto, según creo, un delantal de rayas y una cofia con la que se recogía el pelo para preparar los quesos.
-Linda hembra- susurró Pepe, entre dientes, mientras afinaba su bandurria. Estaba echado sobre un costal de harina, sintiendo el murmullo del campo, los sudores de los labriegos, el golpear de las varas de los arrieros a sus yuntas. Un muy fino aroma llegó a su nariz, un perfume desconocido, que llenaba el aire y volvía el paisaje agreste, por momentos, romántico.
-¿Es usted de por aquí?- interpeló el Temporero a la Juana.
- Ni me importa a mí la pregunta ni a usted la réplica -terció la Juana, con desparpajo.
Y siguió su camino, juntando  a cadera y pierna las cadencias del ritmo milenario del amor. A Pepe el corazón quería salírsele del  pecho. Podrían oírse los latidos en kilómetros a la redonda. Afortunadamente para el temporero, estaban solos; ya era la hora de la siesta, y la comarca entera dormía.
- Está bien, madre- cortaba yo, deshaciendo el ovillo de sus recuerdos- está bien de tanto restregarse los ojos. Así no va a conseguir borrarse del magín la estampa de mi padre.
- Yo lloro en silencio, por dentro -y, diciendo esto, mi madre apartaba el pañuelo blanco y arrugado de los ojos secos- lo que estoy haciendo es limpiarme el alma.
Nunca supe qué quisieron decir estas palabras enigmáticas. La dejé allí, sentada en la  mecedora de anea,  perdida en la bruma de sus recuerdos.
Y yo abría tímidamente los balcones, aprovechando su tránsito al limbo. Entraba la claridad como por encantamiento, en grandes bandas oblicuas que dejaban, por un lapso inconcreto, suspendida en la atmósfera la materia ígnea de la luz. Me venían entonces a la memoria las charlas con mi padre, cuando todavía era una niña. Estábamos en el jergón, tendidos al fresco. Mi padre había entrado por la buena senda y ahora era un hombre de costumbres. Me llevaba consigo a la temporada de la almendra, en el estío, y dormíamos al raso, bajo una telaraña de constelaciones y planetas. Mi padre se quedaba mirando hacia arriba, fijamente, y a veces desviaba la vista para contemplar el recorrido de algún astro errante. Diríase que se encendía en él el impulso filosófico, primitivo, de querer saber de dónde viene el hombre.
-Somos polvo de estrellas. Tú, y yo, y esta era, y el molino y la huerta con su acequia. Nacemos y morimos, y volvemos a nacer en nuestros hijos. Así es que nunca morimos del todo. Quisiera saber lo que piensan, allá arriba, aquellas bolas de candela silenciosas, siempre enviando un abrazo que no llega, porque se queda rezagado en los caminos del tiempo.
Me sonreía silencioso y me tomaba de la mano. Sentía el pulso de la suya como un cordón umbilical invisible.
Mi madre presidía el entierro en la iglesia. Era una mañana de junio, tan calurosa que varias mujeres sufrieron desmayos. El ataúd, mitad abierto, cubría de flores el cuerpo de mi padre hasta la altura del pecho. Incluso así, tumbado, inerte, inexpresivo, me turbaba la belleza de su rostro, los ojos velados por un abanico de pestañas, el perfil curvo de su poderosa nariz aguileña. Yo tenía dieciocho años y nunca había conocido varón. Mi padre había sido mi gran amor. El único.
Las campanas del oficio de difuntos claqueteaban en mi mente como espasmódicos martillos. A cada paso, mi dolor se expandía y su amplitud de onda cubría el valle con un manto de luto.
Mi madre, en la cocina, comandaba al vecindario.
-Felisa hará los recados estos días. María Trinidad llevará a lavar la ropa al río. Mi Paula limpiará la casa.
Después de estas lacónicas órdenes, se levantó de la silla, medio tambaleante. María Trinidad corrió a sostenerla y se encontró, de bruces, con la mirada de piedra de mi madre.
- Todavía soy dueña de mis actos. El día que me desgobierne, ya pediré tu ayuda. Mientras tanto, ¡arreando! Que las labores de la casa no se hacen solas.
Y se encerró en su alcoba durante todo aquel día.
El patio de la reja tenía enlosetado andaluz y tejas de barro. En el fondo, las esquinas quedaban a la sombra, y en sus paredes crecían, colgadas en cuerdas, matas de geranios, jazmines y yedras, condimentados con las pequeñas flores del rosal egipcio. Bajo el rincón más fresco, junto a la fuente de cantarillos, mi madre se dejaba caer en la sobremesa en una mecedora de cuerdas de pita. Allí hablábamos largas horas, una contra otra, sin entendernos.
- Madre, ha de asumir que el tiempo pasa. Hace más de un año que padre murió, y aún  no se ha decidido usted a quitarse la color negra -le decía yo, intentando animarla.
Mi madre, saliendo de su trance hipnótico, me contestaba:
- El día que te cases, podré darte tal y tal otro consejo para ser una buena esposa. El día que enviudes, podré esperar de ti que me comprendas. Y el día que me pierdas, recordarás esta conversación, ¡ay! No hay nada peor que tener un hijo que continuamente te esté recriminando que la soledad es un pecado.¡Déjanos a mí y a mi conciencia un momento tranquilas! ¡Quiero emborracharme del recuerdo de Pepe, el Temporero! Su fantasma todavía habita en las estancias de mi casa, y me dice, cuando duermo, que no habrá otro mañana para mí. Estas cuatro paredes me ahogan; el techo se me cae encima. Sin embargo te digo que convertiré este hogar en mi tumba.
- ¡Insensateces! -gritaba yo, fuera de mí- Al tiempo que la fulminaba con los mismos ojos verdes de mi padre, abría puertas y balcones. -¡Quiero mi casa abierta! ¡Quiero respirar el aire puro por las noches! ¡Tus recuerdos lo contaminan! Está viciada la calle no por el veneno de las lenguas del pueblo, sino por el interés que pones en encarcelar a la mujer que todavía hay en ti. - la miraba con dulzura, y le acariciaba el mentón, mientras le decía- Esa mujer no tiene culpa de los caprichos del destino, y palpita de ansias de vivir bajo tu ropa. ¡Escúchala, por Dios bendito!
- No he de salir de esta casa más que con los pies por delante. Se ha muerto el amor. Ya no hay dicha. Tampoco esperanza. ¡Vigilia de lunes, vigilia de martes, de miércoles y de domingo! ¡Todos los días vigilia! Ser acabó para mí la carne. Ya no habrá para mí voluptuosas componendas entre deseo y saciedad. Hambre de hombre para toda la vida. Hambre del Temporero, que me dejó el corazón en los huesos. ¡Triste suerte la mía!
Yo era hija única, la gran deseada. A mi padre, que esperaba un varón, jamás se le ocurrió pensar que en el hatillo de la tripa, mi madre guardaba moza. Una niña de trenzas rubias y ojos verdes que hacía las delicias de sus ratos de asueto, en la era, cuando se dejaba mecer por la voz infantil melodiosa que, acompañada por la bandurria, cantaba:
Amante corazón, cautivo,
del pecho cortijero enamorado,
cabalga cual corcel altivo
sobre los sacáis de mi dueña posado.
Eran canciones que improvisaba en los remansos de la briega. Mi madre se enconaba y arremetía contra él por considerarlas irrespetuosas.
-No me hables a mí ya de estas cosas. A mí que he parido y ahora soy más madre que mujer, y estoy sentada en un tronito pequeño, pequeñito, de madera basta, junto al trono de oro y perlas de la madre de Dios.
El Temporero nada decía, y sacudía la cabeza, por toda respuesta, agitando en el aire la bandurria. Y luego le daba a mi madre un  pellizco apretado en la contumaz nalga.
Mi madre estaba sentada aquella mañana en la mesa de la cocina. Tenía el grisáceo cabello suelto y desparramado en torno al rostro como una descolorida aureola. Algún que otro mechón rebelde se escapaba del marco de la frente e iba a parar a la taza de café de cebada. Hablaba sola, como ida a otro mundo.
-Desde que se murió el Temporero aquí no ha habido ni más misa, ni más domingo de ramos. Ajustaré las cuentas con el Eterno cuando se acaben mis días. Entonces le preguntaré por qué me lo ha quitado antes de tiempo. Quisiera ver los ojos del Altísimo, sus profundos ojos negros, grandes como praderas,  ojos de fuego y cieno líquido. Allí estará escrita la verdad de mi estirpe, y de mi suerte condenada. ¡Maldito el día en que puse mis esperanzas en Pepe! ¡Me ha dejado sola, sola, sola! -gritaba, llorando ásperamente, con un ruido gutural de su garganta.
- Madre, aquí está su Paulilla-intervenía yo-. Ya sé que no le soy de mucho consuelo, pero al menos haré que se sienta algo menos desamparada de lo que dice.
Mi madre se aferró a mi cuello, casi desvanecida, todavía sollozando entre espasmos. No había percibido el tinte purpúreo de sus profundas ojeras hasta ese momento. Sentí piedad por ella, una piedad infinita.
-Madre, su Pepe se ha ido, pero aquí está la Paula para servirla. No soy de mucha ayuda en la era, ni en el olivar, pero en el decir de las gentes, una mujer hacendosa puede mover montañas.
-Y hacerlas saltar laja a laja con el arqueo de una ceja-opinó mi madre-. ¿No te has dado cuenta de cómo los hombres te miran? En especial el Marcialito, el hijo del boticario.
Yo enrojecía por momentos, pero lo compensaba mi aplomo, herencia, como los ojos verdes, que había recibido de Pepe el Temporero.
Pepe, el Temporero, era gitano rubio. Un medallón no hubiera representado mejor el bronce de su frente, el oro de su cabello ensortijado, la plata de su sonrisa. Había cantado al Cristo Cautivo, un año de lluvias, en Semana Santa. Era yo aún impúber; mi madre me llevaba arrastrada, como el pastor al corderillo. Me adormecían las esencias del anacardo, el almizcle y la resina. Brotaban, enigmáticas, miríadas de dalias amarillas y rojas, como lágrimas escarchadas, de los alféizares de las ventanas. En un balcón engalanado con la bandera de España, sobresalía del resto de cabezas el busto de una muchacha delicada y elegante, de flexible cuello y brazo lánguido. No recuerdo por qué, me giré para mirarla. Me envolvió, por un momento, su  fría mirada azul cobalto. Sentí celos, unos celos terribles, unos celos sin dueño, como caballos locos. Ella miraba a su vez a mi padre, y mi padre no hacía otra cosa que mirarla.
Se daban cita en la era. Mi madre hacía oídos sordos.
-Ojos que no ven, corazón que no se desvela. Yo ya no soy para tu padre más que la madre de su hija.  La leche de mis pechos no es más que vinagre, y busca en otra lo que no puedo ya darle- se conformaba mi madre, el diminuto rostro ceñudo y serio.
Y se le agriaba el carácter que antaño fuera dulce como nata montada. Y estallaba en carmesíes el clavel de los labios, de tanto contener los anhelos.
El día que enterré a mi padre, me sorprendió ver entre la multitud la extravagante silueta de aquella lejana Semana Santa. Era etérea, y estaba nimbada por el suave resplandor de su mirada azul cobalto. Vestía un traje color café, abotonado hasta el final del largo, pálido cuello. Llevaba una dalia roja en el alto moño. Se la desprendió del pelo, y la depositó sobre el ataúd, sin hacer ni un solo gesto innecesario. Flexible y altiva, se alejó para siempre del recinto mortuorio, con su hijo de la mano, vivo retrato, medallón en bronce, del gitano rubio.
Cada tarde salía con mi cántaro en busca del agua fresca de la fuente. Bajaba de la sierra, decían que de un manantial bajo la tierra parda, y se juntaba, limpia y fuerte, como una vena palpitante, haciendo un estrépito quejumbroso al chochar con las paredes de la piedra. El Marcialito había salido a mi encuentro, embatado en blanco, los puños del mandil ennegrecidos al contacto de los sulfuros y los nitratos de las fórmulas magistrales. Olía todo él a botica, y me gustaba.
- Haces de las rosas mariposas de colores- me decía, sin que yo le comprendiera palabra- mariposas que se me cuelan por el estómago y no me dejan dormir en toda la noche, ni por el día concentrarme en nada más que no sea el verde de tus ojos.
Se había recibido de bachiller el Marcialito en un colegio de Madrid, con los curas, y después había marchado a Alcalá a estudiar Medicina. Y aquel primer verano de carrera comenzó a rondarme. Como era un joven con latines, no le entendía media letra de las cartas que después, en aquel otoño, me mandaba, y que me continuó mandando hasta el mismo día en que vino, sombrero en ristre, a pedir mi mano formalmente a la señora Juana.
Mi madre tenía, ya lo he dicho, el genio ceniciento de Bernarda Alba. Su porte diminuto, la línea irregular de su pequeño rostro prominente, la mirada enterrada en su dolor de viuda. Pero conservaba  intacta la fuerza implacable de la juventud. Apenas tenía cuarenta años.
-No he de decirte tu misión en el mundo: parir a tu prole y servir a tu marido. Las mujeres somos las esclavas de la tierra. Sometidas al hombre: padre, esposo, hijo. Ellos mandan sobre nosotras sin saber, ¡infelices! que somos la sal de su mollera.
Vio mi madre alivio de luto en los desvelos del Marcialito. Concedió mi mano sin perturbarse y me entregó en el altar al novio. Y se quedó sola, plantada en el patio andaluz, el clavel de la boca apagado, un punto de luz en los ojos, quizás olvido. En algún rincón vaga todavía, espectro enredado en su madeja de recuerdos, como dicen de la reina Penélope, bajo la fresca sombra, esperando.

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