domingo, 1 de junio de 2014

Castillos en Marte (Novela por entregas)

Sólo el viento
 
Ante mí se extiende, de nuevo, un páramo desolado. Camino unos metros con voluntad firme, pero luego las lágrimas se hacen fuertes en mi rostro y amenazan con desbordar, con sus caudales, los regatos secos que voy cruzando con mis pies descalzos. ¡Me he perdido! ¡Me he perdido y no sé hallar el camino! Ando en medio de la nada, desnuda, ateriza de frío, con la noche amenazante haciendo mella en mi ánimo sin ritmo y sin medida. Aquí, en el desierto, hay unas cuantas casas abandonadas. Me acerco a una de ellas y mi corazón salta de alegría. Un ruido suave, prolongado, sale del interior, pero mi decepción es honda al comprobar que es el aire galopando sobre el tejado de uralita. Más allá de mí, una hondonada y el balido de algunos carneros llamados por el lejano pastor de ganado. ¿Qué voy a hacer sin yuok? Él que me daba toda la fuerza y el amor fiel del amigo incondicionado. Me siento a llorar en una piedra, sobre la cancela de una cadena, y de repente mis ojos se fijan en una vara de almendro. Como la que alimentara a mi dragón pájaro. La tomo entre mis manos y siento, de nuevo, ese latido de la tierra renovando las energías de la naturaleza. Recuerdo al Brujo Azul y ya no siento miedo, porque él me enseñó a volar... Todo el cosmos se pone a danzar a mi alrededor. Soy la Elegida y he de continuar con mi aprendizaje. Han pasado tantas cosas desde que salí del castillo, desde que dejé los brazos abiertos de Mamá con su lienzo blanco tendido hacia mí, el parterre a rebosar de rosas, la Vieja del Óbolo, los pequeños seres de los bosques, mi dragón pájaro y ahora una soledad llena de certidumbres, la seguridad de que voy a salir adelante, de que la montaña gris me espera, como quiera que sea de fuerte y de grande el desafío.
Me limpio la cara con el dorso de la mano y saludo al paisaje. Tengo el corazón henchido de esperanza. Esta vez no voy a estar completamente sola. Los ojos de dios me acompañarán todo el tiempo. Su mirada me llenará de coraje y de valor. Allá, en la cúspide, solos él y yo, nos enfrentaremos, nos diremos todo lo que nunca nos hemos dicho, y le preguntaré por qué se llevó a Papá y trajo de vuelta a un loco rebelde de cabellos largos y caballos salvajes. En un único punto de tiempo y espacio, veré reinos y ciudades olvidados, calles mojadas por la lluvia, alegría por la victoria presentida. Y volveré a nacer, impresa en páginas imborrables, y jugaré como cuando era niña, despierta, al acecho, reina de mis mil patios orlados por mariposas.
Duermo al raso y al abrir los ojos presiento la cercanía de la montaña. El aire aquí es más denso, parece enrarecido. Comienza el ascenso. Las cortadas de rocas encauzan valles profundos, con grandes mares secos, en un paisaje más lunar que marciano. Las palabras de yuok vienen a mí: “Todo está escrito, Julia Martina, y nada lo está”. ¿Qué sucederá a continuación? Oigo un grito que me congela la sangre. “Alguno de los secuaces de Papá, presto a tenderme una emboscada”, pienso. Pero no. Es sólo el viento.

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