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domingo, 6 de abril de 2014

Granada

Yo he visto Granada en sueños. Era etérea, frágil, un caballo errante en la memoria. Llovía. Apenas unas gotas de rocío impregnaban las farolas, el capó de los coches, mis ansias de volar y los campos de madrugada. Granada era un desierto poblado de rosas, de marquesinas rojas a media luz de gas, una entelequia sin nombre. Granada era yo y no lo sabía, y no quería saberlo, sólo sentir la noche y la lluvia en mi rostro, la desesperación y la esperanza absolutas, el muecín en el alto mihrab y la Alhambra solitaria como una estampa encantada. Allí, bajo todos los nombres del rezo, latines, hebreos y árabes bautizando el alba de oraciones de mezquita. Allí Granada era un albo copo de nieve, transparente como lágrima sin beso, alquimista de amaneceres y promesas, artificio, sombra...
Granada me esperaba rodeada de un halo de misterio, como una mujer en su castillo encerrada, inz al-mara contoneante con su talle de avispa envuelto en nácares e inciensos. Allí amé una vez, y yo no lo sabía. Me enamoré del manantial profundo, del rescoldo en la penumbra y del murmurar en la fuente. Granada eran unos ojos negros, el ala de una leve gaviota y el abanico de plata en el zoco. Y mil soldados sarracenos...Granada eras tú, y yo no lo sabía. Tan sólo sentí al imán que me nombraba al recitar los versos coránicos que llevan tu nombre.
Yo he visto Granada en sueños.

sábado, 1 de marzo de 2014

Estudio en gris (cuento inverso)

Es estúpido...estoy cansado de revelar siempre el mismo estúpido fragmento de realidad venidera. Estúpido. Inútil. Estúpido, estúpido...Mi cámara enfoca un fragmento descontextualizado de materia aparentemente inerte, sin más consecuencia, sin atrapar siquiera el instante en que lo insignificante se vuelve significativo, para luego inyectarlo de luz ante mis ojos. Nada de lo frágil es eterno, nada de lo fragmentario forma parte del todo o se relativiza en la mirada de un personaje angustioso/angustiado atrapado en uno de los cuentos de Cortázar. "Las babas del diablo", de hecho, no me causó conmoción alguna, ni como relato ni como condición de portal de acceso a realidades otras. Y, sin embargo, aquí me tienen coleccionando estudios en gris de un enorme puzzle que nunca acabase de encajar. Huelga confesar que mi profesión de fotógrafo profesional me coloca en la posición del que mira atenta, intensamente, o sea del voyeur, aunque yo prefiero un término más acorde con lo que me gusta hacer: regarder. Regarder es guardar dos veces, una en la pupila y otra en la retina, la imagen que finalmente atrapará la mente. La señora que cruza el semáforo, sin apercibirse de que es mirada. El niño que llora. El antiguo liceo pintado de amarillo y reconvertido en centro cívico para usos múltiples. Los amantes. Y el regardeur que abre el diafragma de su cámara y aplica el objetivo a aquello que cree de su interés, para luego llevarlo a casa, a ese pequeño apartamento de la rue Du Chat, colocar el rollo en el tanque de revelado y esperar con impaciencia la nueva entrega de su pesadilla.
Porque en lugar de la señora que cruza el semáforo, sin apercibirse de que es mirada, el niño que llora, el antiguo liceo pintado de amarillo y reconvertido en centro cívico para usos múltiples o los amantes, aparece un nuevo centímetro cuadrado de mi piel escasa y desnuda sobre el acerado, y sé que es mi piel por esa mancha de nacimiento en forma de herradura y que asoma entre la hojarasca capilar, muslo izquierdo, en avenida con el cuádriceps y su infinita articulación de ramales venosos desembocando ya en la ingle, y sé que es mi piel porque el objetivo se burla de mi y quiere volverme loco, loco de veras. Hoy toca una instantánea en el parque, frente al lago. Entonces, el objetivo destruirá la perspectiva o la pervertirá a la inversa, para inmortalizar otro retazo de mi cuerpo. Y una a una voy sumando y encajando las piezas de un rompecabezas al que sólo le faltan mis manos, mis ojos, el terrible objetivo que dispara a sabiendas de mi ceguera, a sabiendas de que ha robado toda la luz a mis pupilas, y de que sólo resta la última instantánea (manos y ojos, dobles instrumentos de percusión o melancolía). Eso, la última instantánea, una última instantánea del regardeur atravesado por un hachazo de luz diafragmática. Atravesado por la luz, y derribado por el suelo y muerto en el acto de desfotografiarse a si mismo.

jueves, 16 de febrero de 2012

QUIMERA

Quimera fui, en tus ojos, silencio infinito, mientras me amabas, y en el silencio infinito prosodia y sombra engalanada de trasnoches, y en la quimera del silencio, infinito, tus ojos, mis manos, eternidad, cálida quimera que fui, infinito silencio me volví, mientras me amabas.

domingo, 8 de enero de 2012

EL ENTUERTO



Un minirretado de Paqui Castillo Martín

Un grito de socorro imaginado por Benjamín Solís García

El policía, cuyo rostro cetrino había quedado clavado en el cristal de la cabina telefónica, emitió un gesto gutural para intimidar a su contrario, quien, desesperado, trataba de hacer una llamada transoceánica. Los nervios no le dejaban marcar los números, se equivocaba, tenía que comenzar de nuevo, o cuando conseguía marcar la operadora estaba fuera de servicio. Era su última llamada, la de un hombre sin recursos, que trataba de hacer valer su condición de ciudadano americano: dos días antes, había volado hacia Gan-tín con billete de turista de la TWA, a cuyos funcionarios había confesado que iba a pasar unas refrescantes vacaciones a las orillas del lago Dong Tin, pescando truchas y bogavantes, contemplando los pálidos amaneceres del lejano país de sus antepasados mientras el paisaje se iba deslizando, poco a poco, con la parsimonia de un diorama, ante sus ojos asombrados. Pero la mañana siguiente a su llegada, había contemplado con horror su nombre y su rostro en los periódicos, y debajo de ellos la recompensa que se ponía a su cabeza. La razón: había sido visto penetrando en la Ciudad del Cielo, reservada sólo a los reyes y emperadores de la extinta dinastía Qin. El pobre diablo había cometido un delito mayor que un crimen premeditado, había roto los sellos de las puertas de la adorada ciudad, en cuyos panteones descansaban las cenizas de quienes un día, desde su trono de marfil y oro, habían gobernado Oriente. 
Fuera de la cabina, el oficial le instigaba con crueles palabras, y comenzaba, sin misericordia, a golpear los cristales de la puerta del pequeño cubículo, donde el hombre se afanaba por contactar con la embajada de su país, sin éxito. Los golpes se sucedían cada vez con mayor frecuencia, al tiempo que el turista notaba cómo la cabina estaba siendo arrancada de cuajo, desde los cimientos, haciendo temblar el suelo del recinto. Por fin, cuando parecía que todo estaba perdido, la operadora se puso al habla y el hombre le indicó que le pasara con el embajador americano. Lentamente, sonriendo para sus adentros, esperó a que surgiera la voz del otro lado del teléfono, pidiéndole mil y una disculpas por el trato que el último descendiente de la extinta dinastía Qin había recibido en el ingrato país de sus abuelos.

domingo, 30 de octubre de 2011

EL VENDEDOR DE ANAFRES

un microrrelato de Paqui Castillo Martín
nesyscience.blogspot.com





Había una vez un cierto vendedor de anafres que vivía en el desierto. No tenía más amigos que el viento y las nubes y, de cuando en cuando, algún que otro pájaro que él alimentaba de su propia boca con dátiles y almendras. Pero cuando llegaba el crudo invierno, el vendedor de anafres volvía a quedarse a merced de sus recuerdos. Cuanto más solo estaba, más fecunda era su imaginación, y más soñaba con volver a ver aquellos pájaros cuyas imágenes en barro con sus manos moldeaba y colgaba en el techo de su jaima, una sencilla construcción que agitándose se estremecía bajo los vendavales de arena y tiempo. Cuando pensaba en ellos, el  vendedor experimentaba una sensación de sereno gozo, de calmada esperanza, que se mezclaba a menudo con las cálidas lágrimas de nostalgia que a veces irisaban sus pupilas. Esperaba una respuesta de aquellos muñecos de adobe, mas nunca una palabra salió de sus picos envanecidos, hasta que una mañana resplandeciente volvieron las verdaderas aves a piar clamando la comida de la boca del vendedor de anafres, que se había quedado ciego de mirar al sol para otear en el horizonte alguna huella de sus amigos, los pájaros de la calima...

NOCTURNO

Un microrrelato de Paqui Castillo Martín
mariquinaramos.blogspot.com


Estaba borracho, ahíto de mujeres y de noche. Llovía intensamente, y en el campo iluminado por la mala luz de un farol herrumbroso, mis pies mordían el barro azul y sucio, esperma primigenio moldeado por mis dioses y mis demonios. Silencio. Agua palpitante tamborileando sobre mi rostro demacrado. Viento que traía esencias de olores olvidados y ráfagas de melodías aún no inventadas. Yo giraba, mientras el mundo, detenido, me acusaba de mi desnudez, de mis pecados de hombre solo y triste.
La lluvia arreciaba sin piedad, anegando el campo, convirtiendo los charcos en regatos y los regatos en ríos cuyo fangoso lecho arrastraba mi esperanza y convertía mi lucha en mansedumbre. Quería gritar, rebelarme contra mi hacedor con todas las fuerzas que aún restaban en mi ser. Pero sólo el canto del búho acompañaba con su eco gutural mis pensamientos.
Estaba al borde del abismo y seguía lloviendo. El terror inundaba mis venas como un veneno salvaje. Temblaba bajo el poder de la naturaleza conjurada contra mi empeño de continuar latiendo. Ardía de frío.
Con las primeras luces del alba regresé a la vida. Antes de abandonar aquel páramo yerto, eché hacia atrás la vista y mi mirada se posó largo tiempo sobre el frágil esqueleto de un roble zaherido por el rayo en la tormenta. Y, por una breve fracción de segundo, la noche volvió a cernirse sobre mí como una maldición espuria y eterna.
Amanecía, sin embargo.

IMPERTINENTE, URGENTE, NECESARIA, LA VIDA

Un microrrelato de Paqui Castillo Martín

Yo era nada sin ti, amor mío. Nací en tus brazos, de tus besos, del deseo que se desprendía de tus ojos. Estabas tan triste aquella tarde, mientras mirabas la orilla del mar, y yo te soñaba sin saberlo aún. Entonces, de repente, nos acercamos uno a otro, nos reconocimos y comenzamos a caminar juntos por la blanda arena. Nuestras huellas dibujadas – ¡cuán pequeña la mía!- entre rizos de espuma y caracolas, y tú, y yo, y el mundo.
Anocheció. Y con la oscuridad y el calor de la tarde que moría, nuestros cuerpos enfundados en trajes de sal y bruma penetraron en las aguas. Glaciares y ríos manantiales, de un verde profundo y primitivo, sostenían nuestro peso liviano. Gozo antediluviano y en mis ojos un llanto cósmico de felicidad recobrada.
Te seguí en silencio, sin hacer preguntas. Encerré en mi maleta tu sonrisa, y la promesa de tu caricia que me servía de alimento y de vestido.  Al doblar la esquina,  perdí la noción de mi patria, de mi barrio y de mi casa. Tu hogar fue mi vientre, y tu simiente de hombre mi esperanza. Y, cuando te fuiste -¡hermoso era tu rostro en la muerte!- mi esperanza creció, grávida, con redondez de planeta. Estalló la creación como una sinfonía: roca o barro, sangre o célula. Y vi en otros ojos tus ojos mirándome de nuevo, triste, sabiamente, como aquella tarde en la playa, y en las pupilas niñas, recién nacidas, de nuestro hijo, impertinente, urgente, necesaria, la vida.
tsld.wordpress.com

lunes, 5 de septiembre de 2011

YAGO


Un microrrelato de Paqui Castillo
Una vez volé. Fue en sus ojos color dulce de leche, Argentina titilando en su pupila joven y trémula. Trémula de amor y de besos que, en la oscuridad, nos dimos como niños intercambiando presentes en su fiesta de cumpleaños. Como el dulce de leche de las chocolaterías del Mar del Plata era dulce, dulce su voz y dulce la mordida de sus dientes en mi cuello aún virgen. Y era, en la explanada, un recuerdo aún antes de desaparecer para siempre, su dulce voz dormida y la marca de la mordida de sus dientes, mórbida, aún visible en mi piel transparente, como una huella de su amor de beso especiado, con sabor a dulce de leche.
A veces, de noche, cuando todos duermen, regresa para pasearme por el cielo inmenso, estrellado, de sus pupilas.

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