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domingo, 30 de octubre de 2011

HE TENIDO UN SUEÑO

Por Paqui Castillo Martín

aruasjf.wordpress.com


He tenido un sueño. He soñado que paseaba por un pueblo limpio, tranquilo y seguro. Donde las calles lucían y en los parques los niños jugaban, sonrientes y felices.

He soñado con flores en los balcones, con macetas en los arriates, con fachadas blancas que herían la vista. Un río de aguas cristalinas bajaba sierra abajo, tan puro que hasta el cielo sentía envidia.

He soñado que todos los hombres y todas las mujeres se afanaban laboriosos en el campo, y que había cooperativas en las que se transformaban los productos agrícolas.

He soñado con sinagogas y mezquitas, con zocos y barrios judíos, y con gentes de distintos credos y lenguas habitando en armonía. Miles de turistas, curiosos, no perdían oportunidad de fotografiar a tan felices habitantes de tan feliz predio. Allá arriba, en el cielo, las velas de los parapentes surcaban los aires. Un albergue hospitalario abría sus puertas a los pernoctadores; un libro de visitas dejaba la impronta de la firma de un viajero solitario.

He soñado con las ruinas de Nescania, y que bajo ellas estaba enterrada la semilla de un orgullo capaz de hacer a sus descendientes libres.

He soñado que había paz y esperanza, ilusión y dicha. Nunca una palabra se alzaba más que otra, ni nunca un vecino faltaba el respeto a otro en las asambleas públicas. Se escuchaban con gran interés las ideas de los demás y, aunque no se compartieran, se celebraba que los ciudadanos ejercieran el derecho a la palabra.

He soñado que no existían corruptelas ni componendas, ni promesas electorales, ni mentiras, ni parches, ni favores, ni amiguismo, ni paños calientes, porque no había políticos. El pueblo había decidido que todos, grandes y chicos, participarían en los asuntos del vecindario, utilizando para ello su tiempo libre y sus recursos.

He soñado y en la conciencia de que soñaba, soñé que quienes habían sido enemigos se daban la mano, y se abrazaban. Reinaba el alborozo: era un día de fiesta señalado, la Feria quizás, quizás Semana Santa, cualquier día del año probablemente, porque siempre había motivo para celebrar el estar vivo y el convivir bajo el mismo sol. Me miré al espejo y con sorpresa comprobé que de nuevo era una niña, que corría por la plaza y llegaba sin aliento al sillón de barbero donde mi padre me esperaba con los brazos abiertos, y sonreía. “Convierte en realidad tu sueño”, me dijo, antes de deshacerse su cuerpo como el humo entre mis manos.

Desperté, por desgracia, amigos míos, en este aquí, y en este ahora.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

SÍSTOLE Y DIÁSTOLE (O EL REGRESO DEL FANTASMA DE MARIANO JOSÉ DE LARRA A UNA ESPAÑA CADAVÉRICA)

Por Paqui Castillo

Aquella fría mañana de febrero tomé una decisión trascendente. La noche anterior no había dormido. Pasé la tarde en un café, con la cabeza entre las manos, mientras la calle y sus gentes giraban en torno mío con la densidad de un demencial aquelarre. Sombras deformadas, labios murmuradores y esquinas vacías, gatos viejos, gritos desabridos y espejos turbios hacían trizas mis sentidos, pulverizando mi angustia y convirtiendo mis miedos en cenizas. Ya no me importaba mi ser, de tanto que dolía. Ya nada me importaba mi patria, de lo mucho que me ardía en la sangre la fiebre de la enfermedad de sus entrañas. Tras el insomnio, la madrugada, con su cantinela de centinela ebrio y, con ella, esa decisión calibrada y cerebral que habría de convertir mi vida en pequeños fragmentos de memoria rota.
Estaba cansado de predicar en el desierto. Parecía como si mi voz no encontrara eco, perdida entre los ruinosos pilares de una nación descreída y laxa, que se tumbaba a tomar el sol a las orillas del pestilente charco de fango en que reposaban los restos del naufragio de su marchita gloria. Yo le había entregado la inquebrantable fe de mi espíritu, el infatigable ejercicio de una conciencia lúcida. Había malgastado mi juventud primera buscando la quimera de su grandeza fabulosa y ella, la ingrata, la altanera, me había tratado con el desdén oprobioso de la mujer fatal cuyo beso complaciera y matara al mismo tiempo. Ah España, ramera hipócrita, me traicionaste al traicionarte. Al faltar a tu esencia, me fallaste, y como un niño desengañado dejé de quererte al contemplar tu verdadero rostro en sombras. Llorando, clamé por ti, y eras ida…
La mañana  despertó desapacible. Madrid era una cuna de roca mecida salvajemente por el viento ultramontano. Nunca había pasado una velada insomne en soledad, y sentía extrañado un vacío en el pecho que era la premonición funesta de mi último día sobre la tierra. Encima de la mesa del gabinete dejé junto al papel secante, como una esquela, mi último artículo. Forcé  las pesadas ventanas, cuyas gargantas metálicas al abrirse dejaron escapar un gemido sordo de goznes y tuercas, e imaginé a mi alma  libre volando gozosa sobre los tejados de un Madrid que resplandecía y se difuminaba en el espesor de una lágrima. Ese fue mi último pensamiento.
Pero hoy estoy de vuelta. La tumba es un lugar demasiado estrecho para quien concibió tan vastos sueños de futuro para los vástagos de la ínclita España. Mi fantasma ha recorrido calles y plazas, se ha enseñoreado por campos y playas, ha planeado sobre extensiones de lagos, praderas y pinares, ha caminado oculto entre los transeúntes y los vehículos a motor y a veces, por curiosidad, se ha escondido en el corazón de los hombres el breve tiempo que transcurre entre sístole y diástole para comprobar si queda algo en ellos de lo que hacía latir el mío…
Este recorrido sentimental me ha servido para comprobar cuánto ha cambiado mi patria en sus formas externas, pero cuán poco ha dejado en el fondo de ser ella misma. Tras estos dos siglos de exilio corpóreo y destierro anímico,  he visto cómo el país se ha urbanizado masivamente y ha crecido en exceso a costa de sus antiguas masas boscosas y sus ahora contaminados piélagos de aguas mansas. Hoy las ciudades son colmenas inmensas donde nadie parece conocerse a sí mismo, y aún mucho menos a sus congéneres. Las esforzadas obreras que habitan el panal urbanita trabajan a destajo sin saber muy bien con qué fines, y gozan del descanso estipulado por las leyes dentro de enormes recintos donde se come mal y rápido. A mi fantasma le duele que los niños, estos reputados reyezuelos del hogar moderno, estén rodeados de tanto invento eléctrico creador de universos virtuales, mientras el planeta, que debía ser la herencia patrimonial que recibieran de sus mayores, exuda el veneno viscoso de sus fábricas y de sus plantas de tratamiento a costa de sus cada vez más estrechas franjas de verdor. Mi Madrid ya no es el que recordaba: sus altos edificios no dejan ver las estrellas. La costa, antes prístino refugio de mi inspiración poética, es hoy un hervidero de construcciones de dudosa ilegalidad que no dejan ver los acantilados donde mi pensamiento jugaba a esparcirse entre redondeles de espuma. El norte, antes preciosa joya de fulgor esmeralda, luce sus ocres apagados por el hollín de las antiestéticas chimeneas de sus altos hornos. Por cuanto mi espíritu ha visto, esta lamentable dejadez se debe a una lacra con la que mi época también tuvo que convivir y que, al parecer, hoy se ha convertido en una verdadera pandemia. Hace doscientos años grité contra los responsables de este marasmo con todas las fuerzas de mis pulmones. Denuncié sus prácticas fraudulentas con todo el ímpetu de los moldes de la letra de imprenta. Les señalé con el dedo y dije, fulminante: “¡Ellos son!”. Pero la sociedad hizo caso omiso de mis diatribas, y aquí continúan, o mejor dicho, aquí continúan los hijos de los hijos de sus hijos. La genética les ha hecho portadores de la avaricia y la debilidad moral de sus ancestros. Ejercen sus cargos cual derecho de pernada en sillones que formalmente les otorgó una elección democrática, y desprecian la lección del pueblo soberano que les votó en las urnas. Sólo se representan a sí mismos. Son corruptos, malvados y revanchistas. Se guían por el instinto del odio. He contemplado a cientos de ellos recibir suculentas comisiones para recalificar terrenos vírgenes, cobrar porcentajes escandalosos por tramitar permisos, hacerse millonarios a cambio de convertir en negocio hostelero parques naturales que son por tradición histórica bienes inalienables cuyo único propietario es la humanidad.
Y mientras, las abejas obreras enfrentan la crisis derivada de la pésima e inmoderada gestión de los zánganos que les dirigen a fuerza de esperanza y de sonrisas, sin saber si mañana podrán seguir trayendo la miel a sus celdas, haciendo cuentas para comprobar si de sus exiguas nóminas estipuladas podrá quedar un resto para costearse sus hipotecas estipuladas, sus vacaciones estipuladas y ese segundo hijo promediado que también estipulan las estadísticas de fertilidad españolas.
El país necesita estímulos que yo no puedo darle, porque estoy muerto. Soy sólo un espectro que vaga sin sentido por una España sin norte. Pero quizás todavía sea posible un resquicio de esperanza. Esta mañana caminaba errante, sin ser visto de nadie. Una joven de aspecto serio ha cruzado rauda por el pasillo donde, sólo por un instante, nuestros destinos han coincidido. Parecía sensible y preocupada quizás por algo más que por sí misma. Sin pensarlo dos veces, me he acercado a ella y le he susurrado unas palabras. Un relámpago de luz súbita ha iluminado sus ojos oscuros. Siento, por fin, que ha comprendido lo que quiero que haga. Si lo consigue, volverá a oírse mi voz tétrica y fantasmal a través de la suya animada de suave vida. Porque entre la sístole y la diástole sólo hay una fracción de segundo, ese latido de su corazón me ha susurrado que si mi muerte fue en vano, mi vida tuvo algún sentido, a pesar de todo.

NADA NUEVO BAJO EL SOL (IRONÍAS DE UNA ENTROMETIDA EN LA POLÍTICA VALLESTERA)

Francisca Castillo Martín

Muchas cosas han pasado desde el 22 de mayo. Tanto ha cambiado el panorama, que parece ser el mismo de siempre,  y que no hay nada nuevo bajo el sol. Lo primero que hice al asumir mi derrota en las elecciones municipales fue pedir una cita con el señor alcalde para ponerme a su disposición y ayudar a la recién elegida corporación en todo lo que fuese necesario. No pedí nada a cambio, ni sueldo, ni horario, ni despacho. Nada. Por el puro amor al arte de hacer política, que a mi entender significa contribuir a mejorar la situación de los ciudadanos, entre ellos yo misma. La respuesta fue un “gracias, pero nos bastamos muy bien solos”. Perfecto, pensé yo. No hay nada nuevo bajo el sol. Y, mientras iba colándose, despacioso y ladino, el verano por nuestros balcones, se me ocurrió hacer, en nombre de mi grupo, una petición: tener un horario, bien que parco, entendiendo que no nos toca gobernar, para atender a la ciudadanía. La respuesta fue un “no sabe, no contesta”.  Meridiano, y de Greenwich, pensé yo. No. No hay nada nuevo bajo el sol. Luego, en medio del tórrido julio, la Plataforma Pro carretera me invitó, en calidad de portavoz de mi grupo, a una reunión en la Casa de la Cultura, a las 8 de la tarde, en pleno domingo, cuando hasta las ranas del arroyo están haciendo la siesta. Los congregados, que eran los mismos de siempre, querían saber en qué estado se encontraba el proyecto de ejecución de las obras. Estuvimos esperando más de una hora al señor alcalde, que resulta que no sabía que era el invitado de honor. Un problema de comunicación. Y luego vino el señor teniente alcalde, conciliador. Los ánimos se caldeaban bajo un sol de justicia bajo el que no sucedía, obvio es decirlo, nada nuevo.
 Bajo el sol no ocurre nada nuevo. El calor veraniego de todos los años, la feria, las esperadas actuaciones de los artistas de turno, baile y fiesta, pan y circo. No hay futuro aquí para mí. En mi tierra, con mi gente, entre los míos. En el lugar donde descansan mis muertos. Donde persiste, indeleble, la memoria de mi padre en el corazón de quienes le quisieron. Me he comprometido cuatro años a estar aquí, pero mañana quién sabe dónde estaré, adónde me llevarán mis sueños personales, mis íntimas ambiciones. Pero nunca dejaré de pensar en mi pueblo, de preocuparme por mi pueblo, de amar a mi pueblo.  Y, mientras me quede una gota de savia vallestera en las venas, aquí están mi voz y mi palabra, que son mi arma y mi escudo protector. No me quiero ir. Todavía no. Porque me queda muy poco tiempo de estar en el Valle, y porque me he acostumbrado a vivir entre los míos, a dar los buenos días a las personas mayores por las mañanas, a remontar la cuesta de la finca Santamaría con mi bici de montaña, a beber del agua del manantial artificial por la que tanto luchamos hace unos años. Sí, me queda poco. Ya mis huesos van notando, con los años, el dolor de la separación. Tengo la maleta en la puerta. Como siempre, desde que el mundo es mundo, los soñadores hemos de buscar un lugar bajo el sol en el que encajemos, donde sí se nos quiera porque somos comprendidos, donde no somos peces fuera de su pecera. Sí, soy soñadora, una alquimista del verbo, pero también una vallestera. Y me he puesto como meta, en cuatro años, cometer la locura de intentar cambiar la realidad, porque todavía soy una de las pocas afortunadas a las que la realidad no ha conseguido cambiar. Y lucharé. Con uñas y dientes. Contra los elementos, contra la lluvia, contra el vendaval. Y contra el sol. Cuatro años. Y, después, a volar, sintiendo que lo que dejo atrás es una tierra de la que puedo sentirme orgullosa. Que mi mensaje ha calado. Sólo así podré ser feliz del todo, dondequiera sea, quizás muy lejos. Bajo un sol de hielo, de fuego o de cenizas. Sintiendo, desde la distancia, que sus rayos han hecho brotar algo nuevo…

sábado, 27 de agosto de 2011

IMAGO MUNDI

Apuntes mitográficos de un soñador trasnochado

Por Paqui Castillo Martín


Guillaume Apolinaire. Caligrama


Me han pedido un encargo: hablar sobre nosotros. Sobre los instantes que tejimos al calor del  invierno. Sobre las muchas horas que frente a un papel y un lápiz compartimos juntos. Sobre aquello que escribimos con arrobo y con deleite una tarde de junio. Sobre la importancia de saber llamar a las cosas por su nombre. Sobre sentir lo que se dice y decir lo que se siente. Apenas unas notas, con un deje de tristeza en la mirada, que se posa sobre los días que ya marchitos y amarilleados caen como hojas de árbol en otoño. Me han pedido un encargo: hablar sobre nosotros. Y enseguida se me viene a la mente la imagen aquella del poeta doliente que identificaba a la vida con un peregrinaje. Dejo volar mi estilográfica, mis pasos se precipitan hacia la puerta, vislumbro la senda donde me esperáis, prestos para partir, cayado en mano.
El viaje es una experiencia iniciática que se vuelve conmovedora e inconmovible, como pátina impresa de recuerdos imperecederos. Se atraviesan lagos oscuros, color de tarde, mares procelosos agitados por la tormenta que borró el rastro de los seres queridos, benignos espectros rememorados por el alma que se asoma de puntillas, invocados con el impulso del deseo del reencuentro y la nostalgia, barruntados en las brumas del tiempo surgidas de la noche de los que nunca olvidan caricias de manos de azúcar que saben a besos. La fotografía capta el reflejo del instante único, pero la memoria es múltiple, giróvaga y girándula que se niega a detener el ímpetu del rayo que no cesa de alumbrar su inspiración divina. Memoria del amor a los desaparecidos, engullidos como la galerna por las olas en el fuego rojo del crepúsculo, recuperados en la esencia de los abrazos perfumados del clavo y la almendra y el caramelo tostado envueltos en sonrisas azules, amantes y gráciles, de frescura de rosa. Y la añoranza del ayer detenido en el reloj de cuerda, invocado con oraciones aprendidas en el alba de la existencia, puede convertir la ausencia en sinfonía sostenida por la fuerza de cariños correspondidos en mundos inventados y hechos a la medida…
El viaje es un paisaje de sueños como ruedas de norias y niños que juegan en la calle al pairo del verano glorioso en universos de cristal: frágiles, infinitos y pequeños, fragua de ingenuidad pura imprimida en el ser aún tierno como lección de genética mal aprendida. El cielo es quimera que palpita, irredenta, los tonos irisados del ocaso de la infancia, burbujas de aire festivo que apenas se elevan para quebrarse en horizontes de naranja y púrpura, llanto ensordecedor de la aurora como canto de cisne. Y, al cabo, con la vaporosa felicidad de la juventud, las rosas cercenadas del dolor del amor primero, cárcel y paradoja que vuelve al latido doloroso y provoca arritmias de sentida lectura en el gran libro del destino. Si anónimo, su perfil de afán dedicatorio delinea siluetas encantadas en el desliz de un pasillo, aula abierta, corazón vacío; si trágico, su hermosura convierte la vida en pequeños fragmentos de ilusiones rotas, suma estéril de la velocidad sin rumbo; si trascendente, edén incierto, levanta singular muralla que en sus ojivas une pasado y presente a través del nudo cordial de la melancolía; si colectivo, lleva a la multitud a bajar la mirada y contemplarse a ella misma a través del espejo poliédrico de la apasionada fisonomía de la  intrahistoria.
El viaje delinea en incierto orden paraísos urbanos y se rodea de palabras que, como estiletes afilados y puntiagudos, traspasan parapetos donde se refugian la ruin vileza y el confabulado amiguismo de los poderosos en un país postrado que no quiere salir de su letargo, Leteo donde bebieron para olvidar los Fígaros de alas cortadas que se atrevieron a denunciar, con gritos en letra de molde, la censura gubernamental e hipócrita de la oscura noche intelectual española. Su ansiedad tantálica, el dedo en el gatillo, y su desengañado idilio, el percutor en la mecha. Pero si breve fue su vuelo de colibríes rampantes, luenga la estela de su nombre brilla en el éter luminoso de las letras hispanas, abono de nuestras voces nuevas, prestas para la lucha por despertar a un pueblo criado para vivir dormido.
El viaje busca los trazos de los pasos de otros viajeros enamorados de la tinta y de la pluma. Allá en las alturas se columbran, en lontananza, maraña de pasillos, dedálicos laberintos que lo mismo encierran a Antígona la griega en su falaz palacio que al mito erótico de don Juan redivivo transfigurado en diablesa dominica ante carnes tollendas. Y Fortuna, en su expandible gruta doméstica intentando huir de sus captores, atiende a la zambra de címbalos y crótalos y al crepitar del incienso y el romero en la pira funeraria. Augurios de la pitia contemplan a la noctámbula Sevilla en vórtices de fiesta inclinada ante el poliedro sumergido de granito desde el que dos mil años de civilización nos contemplan pasar sin apenas darnos cuenta…
El viaje recorre la geografía con su pausado ritmo geodésico, arte antes que ciencia la de dominar el mapa sin perder el sentido de la escala. Sobre fondos de montañas, fantasmas de mineros percuten centellas de rocas de alumbre besando el perfil del mar de la milenaria Almería, y en el bosque gótico, dragones de ígneas lenguas, cortejo de trasgos, hadas y brujas con sus antorchas de boj dan lumbre a los lazos invisibles que la Santa Compaña traza entre vivos y muertos, al caminar del peregrino sobre la pulida y púdica piedra: soidades compostelanas en el gozo reverberado de la tierra al asomar la catedral sus ijares de plata sobre el Obradoiro jacobeo. Y el murmurar del agua argentada en los arcos centenarios, camino de Segovia…
El viaje puede ser réplica inexacta de infierno condensado, la angustia de un loco que carga con su media verdad a cuestas, Míster Hyde y Segismundo en su ergástula, la princesa prometida sin ser cumplida nunca, el mito vampírico del fumador de opio y el bebedor de absenta, el terror de unos ojos agónicos que se alimentan de fuegos fatuos comprados a vendedores de cuentos, lazarillos que por una moneda dan entrada a umbrosas cuevas donde no obstante, el viento huracanado acaba llegando. Si se presta atención, es posible escuchar en días de lluvia los desaforados alaridos de las ánimas en pena, el canto del búho sobre el farol de herrumbre, los acordes quebrados de violines acusadores, el llanto de los espectros en los cortijos encantados, el arrullo de la materia líquida y primigenia de la que volveremos a nacer algún día.
El viaje invita a pasear por las galerías hexagonales del cosmos arcádico al que los antiguos llamaron Biblioteca. Su fina urdimbre, arteria, diástole y pulso enhebrado por generaciones de escribidores y de leyentes, adorna con mácula de olor añejo a los habitantes de sus anaqueles, testigos mudos del acontecer humano, sumos sacerdotes del santuario de la imaginación, fragmentos como cuásares de luz que flotando etéreos en el espacio especial dibujan trazos de renglones torcidos en el limo telúrico donde se originó la vida.
Me han pedido un encargo: hablar sobre nosotros. Y al concluir el viaje me detengo, exhausto, junto a la vereda de la vieja senda que recorrimos codo a codo. Llevo en la maleta vuestros nombres, nuestros sueños, aquel adiós en la estación del tren que sonó como un hasta muy pronto. Conmigo vais, en mí os llevo, va recitando mi pensar cansado y torpe como un requiebro. Y me vuelve como canción de cuna, libro de suaves y gastadas guardas, la imagen del peregrino que sueña caminos en la tarde, y que parece decir al ritmo del remar de su  bastón de haya sobre el polvo: el viaje es la palabra prestada, la voz dormida, la experiencia vivida lo que dura un calendario, el apretón de manos, el guirlache que como pan y sal parten compañeros, la lágrima rebelde de la despedida. Un aula vacía y un corazón ahíto, al final del sendero, y un espíritu sereno para de nuevo comenzar a caminar.

NO SOMOS NADIE


Un artículo de Paqui Castillo Martín
Estamos ante un tiempo nuevo, un tiempo de cambios dramáticos que han producido una crisis de valores sin precedentes en la Historia europea occidental.
Ante esta realidad inédita e inquietante, de nada sirven las fechas, los hitos y los ritos inveterados de la cultura hispana. Si en el pasado nos equivocamos al aplicar a los problemas la típica máxima autóctona del sálvese quien pueda, en el presente, este presente reflejo de nuestras fobias, nuestras miserias y nuestras dudas, no tendremos quien nos salve.
Dice José Enrique Ruiz-Domènec que las dificultades por las que atravesamos reclaman imaginación y generosidad. ¿A quién se ha de exigir tamaño esfuerzo, a los políticos, que son los primeros en abandonar el barco cuando se produce el naufragio, o a los pobres ciudadanos, que quedan inermes navegando a la deriva de una mar océana sin costa a la vista?
Crispación
El hombre es un lobo estepario que en los momentos difíciles deja de pensar en la manada y sólo se preocupa de que siga en pie su madriguera.
Este canis lupus que es el español de a pie nunca se fió de sus políticos, ni siquiera en la era de las grandes ideologías. Cuando, durante la ardua transición hacia la democracia, se abrieron los cauces legales que permitieron a la izquierda alzarse con el poder, la ciudadanía contempló con recelo cómo sus ilusiones de cambio eran frustradas por los tejemanejes de la derecha renacida, coaligada con algunos medios de comunicación sectarios y serviles que transformaron un bello sueño en una pesadilla martilleante bautizada con el nombre de crispación. Y con crispación seguimos, pagando la cuenta de los platos rotos que se han tirado a la cabeza nuestros dirigentes políticos . Desde entonces, no hemos podido dormir tranquilos pensando en qué hemos hecho nosotros para merecer un  estamento director tan mal avenido.
Sin embargo, si de lo que se trata es de buscar culpables  históricamente responsables de nuestros pasados fracasos, no es correcto atribuirlos todos a una desacertada toma de decisiones por parte de nuestros gobernantes. Hemos tenido, bien es cierto, tiranos terribles, bien legítimos, bien impuestos por la fuerza de las armas, que sojuzgaron al pueblo hambriento coartando sus libertades fundamentales durante siglos. Pero no es menos cierto que los dirigentes reformistas de cualquier época o signo se han encontrado con la rémora de un país sumido en el caos del atraso industrial promovido por los intereses de una casta de integristas ultramontanos que, coaligada con los servidores del palio y el solio pontificio, ha frenado cualquier intento de modernización e integración de España en los circuitos del comercio, la industria y la prosperidad mundiales.
Complejos históricos
Cuando se habla de Historia, cuando tratamos de interpretar la realidad a la luz de circunstancias pasadas, no es de recibo comparar términos heterogéneos, igual que no se pueden mezclar ácidos y bases. La España imperial del siglo XV no es la misma que la decadente España del  XVII, ni responde a los mismos presupuestos de aquella otra que contempló en dos ocasiones distintas el amanecer republicano. Intentar dar un enfoque en profundidad de nuestra andadura histórica requiere un análisis exhaustivo de cada una de estas manifestaciones  particulares de nuestra manera de ser y estar en el mundo, de nuestra españolidad. Estamos ante una realidad nueva que nos pide soluciones nuevas. Agotadas las lecciones históricas, sólo nos queda el recurso de bucear en el pasado para intentar no tropezar por enésima vez con la misma piedra de la indecisión y la inoperancia de nuestro sistema. De la España que gobernaba todo el orbe desde El Escorial no quedan más que ruinas, pero a buen seguro la personalidad indómita del individualista lobo hispánico sabrá resurgir de las cenizas de aquellos oropeles, muestra de la pasada grandeza de una nación orgullosa y contradictoria a partes iguales.
Y quizás en esta búsqueda introspectiva de las verdaderas causas de la postración del espíritu hispano hallemos la llave que nos permita abrir el mayor tesoro que a una nación pueda ofrecérsele : el rescate de su dignidad perdida, para así afrontar los retos que depara el futuro con esperanza, dejando atrás de una vez por todas ese sentimiento de acomplejada inferioridad que nos ha obligado a creer que no somos nadie y nos ha hecho actuar toda la vida de Dios como así fuese.
La rendición de Breda. Velázquez. Óleo sobre lienzo.


ESPAÑA DUERME LA SIESTA MIENTRAS CAEN CHUZOS DE PUNTA


Un artículo de Paqui Castillo Martín


Aquel cálido y largo verano de 2006, Marbella se convirtió en el punto de mira de un país perplejo que apenas volvía de echar la  siesta cuando el ex edil de la localidad entraba en prisión acusado de diversos delitos de cohecho y malversación de caudales públicos.
No obstante, Muñoz fue sólo uno de los más de noventa imputados que, durante el tiempo que duró la Operación Malaya, desfilaron ante el impasible juez Miguel Ángel Torres.
Cuando Muñoz fue detenido, Malaya ya iba por su tercera fase, pero en el preciso momento en que el ex regidor pisaba la cárcel de Alhaurín de la Torre, España entera despertó bruscamente a una realidad mediatizada por la telebasura que alcanzaba tintes de tragedia.
 Desde entonces no ha pasado día en que la corrupción inmobiliaria, el fraude al fisco y el cobro de dinero bajo cuerda no hayan puesto en entredicho la supuesta honradez del estamento político.
Félix de Azúa ha inventado un nombre para un fenómeno si no nuevo, si más conocido ya por el español medio como parte  inmanente de su bagaje democrático: cleptocracia. Me parece un término dolorosamente adecuado para una sociedad que, en los tiempos que corren, se queda dormida mientras los guardianes de lo público se llevan a Suiza la alcancía con los ahorros de los sufridos contribuyentes.
Casi cada provincia del solar hispano tiene más de un municipio con las caras del concejo en el álbum de fotos de la Policía Nacional. Un vergonzoso recuerdo para la posteridad que me hace pensar en nuestra historia reciente, cuando el amiguismo caciquil funcionaba a las mil maravillas bajo la sacrosanta cobija de aquel Régimen de funesta memoria. Intentando huir de aquellos barros, hemos caído en estos lodos…
Hemos tenido tiempo suficiente para ir madurando el ideal democrático del cuerpo político pero, al parecer, algo ha fallado. Ese cuerpo necesita un chequeo urgente, una exploración profunda, porque está enfermo, no de una nadería cualquiera, sino del colosal raquitismo que no le ha dejado en pie, tras décadas de sistemática succión de sus sistemas linfáticos, ni la médula de los huesos.
Pobre democracia joven, cuyas tímidas raíces han fructificado en un país ladino y viejo. Las antiguas costumbres se han injertado fácilmente en el delicado tallo, como un cáncer tuberoso. Creo que el mal ya no tiene remedio. Ojalá me equivoque.
Porque mientras pienso en si tengo o no tengo razón, nuestros dirigentes, ya sean del equipo azul, ya sean del equipo rojo, montan el numerito sacándose unos a otros los colores. En lugar de responsabilizarse de la situación y de enfrentarla con vergüenza torera, unos y otros han iniciado un juego de tenis al que los pobres ciudadanos asistimos sin comprender si el lance ha sido set o falta. Cada nuevo escándalo urbanístico es motivo de persecución de un partido hacia otro y viceversa. Si ya es un oprobio que esta caza tenga como objetivo echar delitos tan graves en la cara del adversario, más lo es que no se institucionalicen medidas para frenar a los artistas del escamoteo.
La crisis. Parecía tan lejana… era cosa de unos cuantos bancos que no tenían las cuentas muy claras. Decían que venía de América, y como una potente gripe trasatlántica al final nos acabamos contagiando de ella. Me entra la risa floja cuando los políticos de uno u otro signo hacen llamamientos a la calma. Lo que nuestros gobernantes quisieran es administrarnos una buena dosis de Prozac con la que amodorrarnos frente al televisor de nuestros pisos hipotecados, mientras tras los cristales caen chuzos de punta. Muy al contrario, es tiempo de salir a la calle a manifestar nuestro desconcierto, nuestro desconsuelo, nuestra desesperación, porque la fiebre, para nuestra desgracia, nos sigue subiendo. Echemos mano de hemeroteca, hagamos memoria histórica, ahora que está de moda, y recordemos aquel nefasto Crack del 29: un primer golpe de tos que nos advirtió que el capitalismo financiero había tocado techo. Aún así, con él seguimos, revistiendo sus injusticias mundiales con políticas de protección social típicas de un welfare state derrochón, despreocupado y  más insolidario cada día. No hay derecho.
Acabo mi diatriba donde la comencé, en el antiguo reino feudal de Muñoz y Compañía. Tiene nuestro Sur un parecido sospechoso con la costa siciliana, y no sólo por los bellos paisajes agrestes de campo mediterráneo, de olivar y viñedo que hace unos miles de años nos trajimos de Roma. Marbella es el destino favorito de las mafias internacionales para invertir en lujo el deplorable objeto de sus tráficos. ¿Copiaremos también de Italia su modelo de justicia, que como apunta Félix de Azúa es uno de los más inseguros de nuestro entorno? Bien parece que la actuación policial, con su rosario de detenciones y operaciones con nombres altisonantes es sólo la minúscula punta de un sombrío iceberg cuyos hielos se ramifican por todas las aguas del planeta en contacto con tierra firme. España es el paraíso del clandestino que trafica con armas y con almas mientras pasea impunemente por Puerto Banús –pequeña Panormo– a lomos de un Ferrari Testarrosa ultima edizione.
Mientras me gano un pasaporte al infierno con estas denuncias, España, indolente, duerme la siesta. Es evidente que no me he tomado aún la dosis de Prozac ministerial que para mi edad y peso me recomendó el gobierno, y por eso todavía me queda lucidez suficiente para apagar el televisor y ponerme a escribir lo que ustedes están leyendo. Espero que no les haya hecho pensar demasiado: provoca arrugas, náuseas y alguna que otra úlcera de duodeno, lo tengo comprobado. Si notan alguno de estos síntomas, vuelvan a su sofá con el arrullo del televisor de fondo de pantalla protector de estómagos. Y, por favor, sigan durmiendo.


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