CAPÍTULO TERCERO
EL ENIGMA DE LA ROSA
-Miranda era el fruto del roble – prosiguió
Baltimor, tomando un sorbo de jugo de opalina. - Es decir, Déndera creía que de
la semilla brotaría el tallo de un roble. Pero lo que en realidad había
encontrado en el bosque era una nínfula de hada. Miranda era una de las mil
hijas de Titania, reina de las hadas, y nieta de Britania, la emperatriz del
país de los Bosques Oscuros. Al brotar la nínfula, de las esporas se
desprendió una nube de polvo de hada que
cayó sobre Déndera. La anciana recuperó al punto la visión de sus ojos.
Entornándolos muy despacio, por miedo a que los hiriera tanta belleza, caminó
hacia el río para beber de las aguas. Ahora ya no le importaba ser vieja; le
habían crecido alas en el corazón y se sentía ligera como el gorjeo de un
pájaro. Había comprendido, al fin, el sentido de su vida y su necesidad
infinita de amor, y lo único que lamentaba era que ya era tarde para entregar a
quien pasase sus caricias. Pero, ¡maravilla! Mientras lloraba, la corriente susurraba
y las aguas le traían, envuelto en fino paño, el espejito de nácar. Y la imagen
que su adorada baratija devolvía no era otra que la de aquella que hacía morir
de pasión a los más valientes elfos de la comarca.
Crió Déndera la nínfula volcando en
ella todo su cariño. La elfa regaba cada día el tallo del que había brotado; no
había momento más delicioso en todo el día. La bellísima princesa de las hadas
se fortalecía en su nínfula y cada día parecía más preparada para abandonar su
vida de crisálida. Hasta que una mañana de otoño, la nínfula se abrió regando
de luz el parterre de las rosas bajo el alféizar. Miranda abrió sus extraños
ojos violeta y lo primero que vio fue a Déndera, a quien desde ese momento
sintió como su madre. “Después, empujando los restos de la nínfula con su
delicado piececito, extendió las extremidades y puso a secar sus alas al sol. Ambas,
elfa y hada niña, vivieron en paz y armonía durante miles de años, queriéndose
como se quieren los padres y los hijos. Déndera, por el contacto con Miranda,
volvióse inmortal; las alas de su corazón, de un pálido resplandor translucido,
comenzaron a crecerle también en la espalda. Así fue como la elfa Déndera se
convirtió en hada.
“La pequeña colmaba de dicha a la
solitaria Déndera, quien no sentía ya en su alma el peso de las noches en vela
de aquel ya lejano y largo invierno.
Pero, un aciago día, Miranda cayó
súbitamente enferma de unas extrañas fiebres. Durante la agonía de la niña, Déndera
no se separó de su lado, y vivió con tanta angustia junto al lecho de la hija
de Titania, que al fin logró sacarla de su estado letárgico durante algunas
horas. Déndera creyó morir de felicidad, pues pensaba que al fin su hijita se
había curado, mas duró poco su alegría, porque Miranda estuvo consciente sólo
el tiempo que le bastó para dirigirle a su madre estas palabras:
- Déndera, madre mía en el espíritu: ardo
en amores por un caballero al que sólo conozco en sueños. Durante mis noches me
hablaba de paisajes que nunca mis ojos vieron. Era rubio como el trigo, madre
mía, y yo me sentía reconfortada bebiendo en las fuentes de sus ojos. No sé qué
raros poderes le otorgaron a mi caballero, que desde que nacimos – madre mía, a
la misma hora, el mismo año, pero en mundos distintos- me visitaba en la hora
del ocaso, cuando la magia extiende su capa de estrellas sobre los campos;
madre mía, yo le amo, le amo más que a mí misma, con todo mi corazón de niña
eterna le amo, pero está triste. Vive en un castillo lúgubre, completamente
solo y apartado de los otros seres humanos. ¡Es un humano, madre mía, pero aún
así le amo! Su existencia es tan solitaria porque sus queridos padres murieron,
y desde entonces ha perdido la alegría con que solía complacerme. Antes de su desgracia,
¡nos reíamos tanto! De una forma inocente y pura me fui rodeando de su abrazo y
acostumbrándome a su casto beso sobre mi frente.
Madre mía en el espíritu, siento que he
de marcharme a su lado, o me moriré de pena. Agonizo porque ha dejado de venir
a mi encuentro, y no sé vivir sin su presencia.
“Dichas estas palabras, Miranda dio un
profundo suspiro, y cayó desmayada en su camita de mimbre. Déndera, creyéndola
muerta, profirió un alarido brutal y se derrumbó junto a su hija. Pero,
¡albricias! el pulso de Miranda todavía resistía los asaltos de sus penas de
amor. Déndera salió precipitadamente de la cabaña, y voló sin descanso durante
siete lunas, hasta que al fin arribó a las murallas del castillo de Titania.
Hermosas fiestas daban la bienvenida a la primavera en el reino de las hadas:
antorchas de fuegos fatuos, hombres de alambre, cantores de gesta, bufones disfrazados
de trols y los selectos invitados a la fiesta celebraban al unísono el
equinoccio junto a una enorme fuente de chocolate fundido.
- ¡Salve, Titania!- gritó Déndera a
modo de santo y seña. Inmediatamente, el puente levadizo se abrió para ella. Una
cohorte de ujieres la escoltó hasta la sala principal, donde Titania se había
retirado, aquejada de un leve dolor de cabeza.
- ¿Quién sois vos y cómo os atrevéis a
perturbar mi sosiego? –inquirió la reina.
- Majestad, soy Déndera - respondió la
interpelada.- Madre en espíritu de vuestra hija Miranda.
Los ojos violetas de la reina brillaron
de emoción, y luego de ira.
- ¡Mentís!
- Mi señora, he viajado durante siete
lunas y atravesado mi reino en busca del vuestro. Comprended que no me habría
tomado tamaña molestia sólo para importunaros con una mentira. Tened piedad de
mí.
- ¡Prendedla!- gritó la reina. ¡Quiero
su cabeza para mi colección privada! Es hermosa...
- ¡Un segundo, os lo ruego, antes de
llevarme al cadalso por un crimen que no he cometido! – imploró Déndera. – Una
prueba...
“Y ante los atónitos guardas, para
sorpresa de la reina, la elfa Déndera desplegó sus alas de hada. – Me las dio Miranda-
proclamó.
Titania bajó del escabel haciendo
tintinear las campanillas de sus pies descalzos. Sus pupilas violetas despedían
chispas. Era tan difícil leer en ellos como en las páginas de un libro sagrado.
- Mi hija. Mi hija querida. Al fin
noticias suyas – murmuró.
- ¿Buscásteisla? -preguntó Déndera.
- Por cielo, mar y tierra -respondió el
hada, con una triste sonrisa. Miranda era mi hija predilecta, la semilla de mil
generaciones de reinas, la heredera del trono. ¡Oh, fruto de un sueño, pronto
os desvelasteis! -exclamó la reina, llorando copiosamente. Sus ojos miraban al
vacío, como si se sumergieran en un recuerdo doloroso. Parecía la reina hablar
con el espectro invisible del pasado. - ¡Caísteis de mis manos en el bosque de
los elfos, y nunca más pude hallaros! Vuestra nínfula era sin duda la más
hermosa. Quise enseñaros a Oberón, vuestro padre, para que recibieseis de él
sus bendiciones. Oberón fue partido a la guerra junto con sus mesnadas al otro
lado del reino. Vos, tan diminuta, escondida entre los brocados de mi seno, erais
tan sólo un proyecto de vida, ¡pero tan perfecto! ¡Entonces llegó la tormenta,
y me hirió con su rayo, y os precipitasteis desde el calor de mi cuerpo hasta
la frialdad del bosque! ¡Pobre hija mía! – la reina había caído al suelo,
abierta la flor de su vestido en mil pétalos de seda. Sus luengos cabellos
verdes enmarcaban un rostro tan pálido como la muerte.

En ese momento, el rey Oberón entró en
el salón del trono.
- ¡Elfa! - clamó con su potente voz.
¿Quiénes sois que así habéis hechizado a mi esposa, la reina?
“Titania había recobrado el sentido,
pero continuaba en el suelo. Los cabellos verdes se habían esparcido por toda
la habitación.
- No soy una bruja, majestad – terció Déndera,
inclinando el peso de su cuerpo en una profunda reverencia. Traigo nuevas de
vuestra hija Miranda.
Y diciendo esto, sacó de su faldriquera
el espejito de nácar. La reina, sentada ya en su trono, lanzó una mirada
comprensiva a su esposo, y éste permaneció inmóvil en su asiento.
En el fondo opaco del espejito, una
hadita muy hermosa jugaba entre los juncos, junto al lecho del río. Llamaba por
su nombre a las mariposas, y competía con el sol en el rubio de sus trenzas. ¡Miranda!
- Lo que acabáis de ver es un
espejismo. La niña hada se muere.
- ¡Cielos! - gritó Titania. Y con la
mano en su blanca frente, volvió a desvanecerse.
Oberón, más sereno, inquirió a Déndera:
- ¿Es el amor la causa?
- El amor es la causa de todo lo que
existe en el universo – respondió Déndera, enigmática. - Un fuego se ha
instalado en el pecho de vuestra hija, y no hay pozo en nuestros reinos capaz
de apaciguarlo.
El rey se mesó las pobladas barbas y
lanzó a Déndera una mirada de angustia. Sus ojos negros relampagueaban.
Al anochecer, la resolución estaba
tomada. Oberón partiría con Déndera hacia el reino de los elfos.
***
- Pasad, Oberón. Mi casa no es digna de
vuestra alteza, pero en esa habitación ruinosa guardo un tesoro de mayor valor
que los siete reinos de la Fantasía juntos.
La puerta del dormitorio crujió
ligeramente al abrirse. Oberón penetró en la estancia y quedó como petrificado
al contemplar a Miranda. ¡Estaba tan pálida!
“Lloró el rey muchas y amargas
lágrimas, luego de lo cual pronunció el hombre de su hija en una lengua tan
antigua que ni aún yo mismo logro recordar. Juntó sus manos, como si orase, y
después las colocó sobre el seno de su hija. De sus labios entreabiertos se
desprendió una letanía extraña, parecida al zumbido de un insecto. Miranda se
volvió translúcida, y unos instantes después, ya no estaba.
- ¡Sois cruel y malvado! ¡Las guerras
han agostado vuestro impío corazón! – gritó Déndera, al borde del paroxismo. -
¡Habéis hecho desaparecer a vuestra hija!
- No temáis, dulce Déndera – respondió
Oberón.- Que yo he de morir antes de cortar uno solo de los cabellos de mi
hija. Mirad.
“Abrió el rey su mano izquierda, y
Déndera se asomó, desconfiada, para examinar su contenido. En la palma
extendida veíase una minúscula semilla.
- Llamad a la alondra mañana en el alba
- ordenó el rey. Decidle que porte el cuerpo de mi hija hasta el castillo de su
amado, y que lo deposite en el huerto de los pastores, en un lugar especial muy
cerca de donde se halla enterrado el corazón de la reina de aquél lejano país,
que llaman de los humanos. Allí, al abrigo de los vientos, nacerá como rosa; le
prestarán su vigor viejos estambres y ancianas hojas; tendrá a una rosa roja
como madre y a una rosa negra como padre; ellas le enseñarán las lecciones de
la vida, y le dirán que el dolor es maestro de aflicciones; también le
enseñarán que la mentira, en nuestros mundos, se castiga, y que el amor es el
filtro más poderoso que cualquier bebedizo preparado por la magia.
“A ojos de los humanos, Miranda será
una rosa, una rosa azul con pétalos y tallos flexibles como los juncos con los
que, siendo hada, jugaba en el río. Privada de labios, permanecerá cerca de su
amado, y vivirá enmudecida. Sólo podrá escucharle y balancear su cuerpo movido
por el aire. Así habrá de permanecer hasta que logre sacar al príncipe de su
tristeza. Cuando Erin se enamore de su rosa, la rosa azul del huerto, Miranda
se convertirá de nuevo en la hija de Oberón y de Titania, y regresará al reino
de las hadas para gobernar sobre sus súbditos, desde su trono milenario.
- ¿Y Erin? – inquirió Déndera.
- Erin no es más que un sueño.- respondió
Oberón, misteriosamente.