domingo, 4 de septiembre de 2011

EL LÁPIZ DEL CARPINTERO




Portada del libro. Fuente fotografia http://forocriticocultural.blogspot.com

Por Paqui Castillo

FICHA

Manuel Rivas.
El lápiz del carpintero
Título original O lapis do carpinteiro.
Traducción del gallego de Dolores Vilavedra.
Madrid, Santillana, 2006. Colección Punto de Lectura (Bolsillo).
170 págs.
7,95 €.

RESEÑA 
El lápiz del carpintero es una obra inspirada, de matriz poética, ritmo lento y rica prosa. Transcurre en un Santiago de Compostela imaginario que tiene reminiscencias del de Cuba. Enlaza dos tiempos y dos historias paralelas, con la guerra civil y la nostalgia del deseo hacia una mujer prohibida como trasfondo. 
Este librito es un cuento extenso mucho más que una novela abreviada. Con él, Manuel Rivas hace una radiografía íntima a lo que Paul Preston llamó “las tres Españas del 36”, rompiendo las fronteras ideológicas que interesadamente crearon las torpes etiquetas de “buenos y malos”, y creando un mapa anímico de geografía abrupta, romántica, la de un país habitado simplemente por humanos. Y se sirve de un instrumento humilde: un lápiz de carpintero, burdo y rojo, que como un buril traza sobre la roca gallega un cuadro de costumbres de la vida en la capital cuando aún era lugar de encuentro de las gentes de los pueblos. Son sus supersticiones, nacidas al calor de los hogares, las que alimentan leyendas como las de las hermanas Vida y Muerte, o la de la Santa Compañía, y fluyen como miasmas, a través de psíquicas alcantarillas, entre el infierno de la cárcel y el cielo de la catedral a través del Pórtico de la Gloria del Obradoiro.
Vemos con los ojos de un muerto que no muere, pero que ha atisbado las constelaciones extintas de la Vía Láctea y conversa con los ectoplasmas del cementerio. Y que ama con un amor constante, mientras el lápiz de carpintero del pintor fantasma va describiendo paisajes sentimentales de nieves verdes y campos blancos. La mirada se convierte en el tamiz de una realidad no siempre terrible, sino amable y bella, como un recuerdo, como un susurro. Porque en las cárceles los hombres también sueñan y acompasan los latidos de su corazón al grito silencioso de la libertad. Y la persistencia irreductible de la dignidad, que no calla, que nos da sus generosas lecciones de solidaridad, aún cuando la libertad soñada se evapore al despertar color de ceniza.
Tejiendo telarañas que atrapan y unen, que unen y atrapan, Rivas nos retrotrae a una Galicia profunda, fragante y fresca, dibujada y evocada con trazos de aguafuerte:

Todo duerme... del aire, el soplo blando
callado va, con temeroso vuelo
el aroma esparciendo de las rosas;
brilla la luna, y sueñan con el cielo
los niños que reposan, contemplando
flores, luz y pintadas mariposas.
     
Cantaba Rosalía de Castro a los mismos valles de colinas como ubres. Paisaje del alma. Gota de lluvia. Sudores. Amores escondidos en la máscara del resentimiento, marcados por las diferencias de clase, por infancias traumáticas que arrastran hasta la locura y el odio que estalla en la guerra. Y la guerra, a los hombres, los vuelve o ángeles o bestias. Iluminados, apasionados, como el san Daniel esculpido por Mateo, o condenados, sosteniendo desde el lodo el peso del Paraíso en las arquivoltas de la fachada en la catedral. Sí, es un mundo de locos, dentro y fuera de los sanatorios, un mundo frágil, de mentes vulnerables, que guiña con constancia a prisiones de celuloide como las de Alguien voló sobre el nido del cuco: en su encanto decadente aún es posible la esperanza.


            

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