lunes, 25 de febrero de 2013

KURT


Un cuento autobiográfico de Paqui Castillo Martín

Mientras observaba al niño jugar con su nueva amiga y el atardecer se infiltraba en todas las cosas pequeñas, mientras hería el último soplo del verano, oí, sincera y profunda, una voz que me gritaba, como algo necesario: “El tiempo es cruel, pues borra la memoria. Pero existe un lugar privilegiado donde reposan, incólumes, tus recuerdos”. Había oído tantas veces esa voz, hablándome de impertinencias, desvelándome, importunándome, que no quise atender a las palabras, ni al tono en el que estaban dichas. Quizás la razón estribase en el hecho de que para mí era difícil, doloroso incluso, reconocerme, sentirme dentro de la realidad que transcurría firme ante mis ojos. ¿Dónde se hallarían, entonces, los recuerdos, si tan siquiera podía paladear plenamente la realidad, el presente?
     Pero las palabras tenían razón. Comenzaban a titilar las primeras estrellas. Los dos niños, grisáceos de polvo, blancos de inocencia, se miraron mudos, como si fueran testigos de un sortilegio, de un acontecimiento mágico. Pero en realidad era sólo yo quien podía percibirlo. Quizá porque mis sentidos estaban alterados. ¿Quién se encuentra en un estado normal cuando decide que es el momento de comenzar el libro de su vida?
     No tenía testigos. Tampoco los tengo ahora. Sólo un corazón silencioso y una terca sequedad en la boca. La soledad del día no acaba cuando llega la noche...
     Cuando, en el parque, el sol aplastaba mi cabeza contra el suelo, percibí levemente el aroma del césped húmedo, recién bañado por la lluvia artificial de las blandas alcachofas de plástico. Hace años que la lluvia no nos premia, la lluvia verdadera, la que se cala dentro del pellejo y huele a lágrimas. Ese perfume de edén falso me trajo imágenes, recuerdos imprevistos, alas quebradizas que luchaban por levantar el vuelo. Fue una reacción involuntaria, no me gusta recordar, pero lo hice. El olor me transportó a aquellos días no muy lejanos en los que creía poder burlarme del tiempo: era casi una niña. En la foto que guardo en el libro de Filosofía de tercero aparezco en el centro, algo apartada hacia la derecha. Me rodeaban mis compañeros. Todos, menos el que se hacía llamar Kurt, para distinguirse de la comparsa, pues Kurt Cobain era el líder de un grupo de “grunge” que a mí me chiflaba. Quizá porque también le chiflase a él.
     Casi desde el principio, Kurt, el líder de la clase, me interesó. Más exactamente, algunos de sus rasgos. Sus ojos eran su mejor arma para defenderse de las acusaciones de perversión y frivolidad. Eran azules, de un celeste tímido y sobrecogedor, y tan grandes que podría haber cabido en ellos el universo entero. Pero sus llamaradas eran de luz fría, glacial. Los más días me premiaba con una sonrisa medio torcida, que no sólo era una mueca irónica de desdén, sino una prueba de desprecio infinito. Así, cada vez que me encontraba a su lado me sentía un trozo diminuto de roca lunar dentro del más vasto de los universos azul turquesa.
     El primer año, Kurt aparecía en clase como la más viva reencarnación del niño pijo adorador del supremo dios judaico Levi-Strauss. Impecablemente vestido, con su oscuro cabello repeinado hacia atrás, lanzando destellos azulados como cuchillazos de sol, con su motito de niño bien y su sempiterna media sonrisa torcida y maléfica. Durante aquel año, me hizo la vida imposible, humillándome, condenándome a un destierro aún más atroz que sus miradas de hielo. Le odié profundamente, porque trataba denodadamente de ocultarme su personalidad inteligente y su sensibilidad hacia los colores, los sonidos, la música, la poesía...
     Llovió sobre el asfalto. Cayeron las hojas sobre la tierra resbaladiza. Nos hicimos amigos, o al menos nuestras relaciones se volvieron más cordiales. En mis sueños, nos hicimos amantes. Pero, de vez en cuando, una de sus miradas gélidas o una mueca despreciativa me devolvían a la realidad y mandaban al carajo mis fantasías.
     Una mañana de invierno -todo el mundo comentaba el triste suceso- Kurt entró en clase cabizbajo, con una expresión sombría en el rostro. Según me dijo él mismo, su padre se había arruinado completamente tras arriesgar sus ahorros en una complicada operación financiera. Kurt pareció entrar en un estado entre místico y depresivo. Se abrazó a la estética “grunge” con más ardor y más desesperación que nunca. Lo mismo aparecía con un enorme jersey de lana con las costuras del revés que se dejaba el pelo sin lavar dos semanas. Descuidó su aspecto, pero apareció  mucho menos hermético ante los ojos incrédulos de los demás chicos de la clase, que sintieron una compasión instintiva hacia Kurt. Sólo yo, desde una prudente distancia, supe apreciar que el cambio había sido positivo. Kurt estaba descubriéndose a sí mismo a través de un sentimiento de pérdida acompasado con las sucesivas desgracias familiares. Su mirada se hizo más oblicua. Sus ojos, hambrientos, famélicos, se abrían agónicos en busca de respuestas. Mostraba una rara pasión por la Historia, como si las encrucijadas del tiempo contuvieran los misterios que él trataba ansiosamente de desvelar. Su inglés era impecable. Dibujaba con precisión; era un captor de actitudes y expresiones, un ladrón de imágenes. Amaba la música, y afirmaba que para hacer era el amor sólo era necesaria la mente y se mostraba cada día más austero y más irónico. Pero cada minuto más humano. Y le amé por ello. Sin embargo, sus desprecios continuaron. Yo seguía siendo una chica corriente de pelo corto. Un ser simple, a sus ojos. Pero en realidad, aunque aún no lo supiera, yo era alguien que poseía abismos insondables, profundidades que nadie, ni yo misma, se había atrevido a escrutar. Océanos que no merecían ser conquistados. No me atrevería a decir quién de los dos me despreciaba más, si él o yo. A través de su pálida sonrisa, a través de su mirada supurante, podía verme a mí misma, como una especie de monstruo flotando a la deriva de un río de pesadilla. El río de mi vida.
 Mis primeros éxitos escolares, tras años de continuada laxitud e indiferencia hacia el conocimiento humano y hacia el lugar al que éste se encaminaba, la conciencia incandescente, o al menos el pálpito premonitorio, íntimo, de que mi vida iba a tener su centro en la escritura, mis irrupciones lentas, suaves y tranquilas en improvisados escenarios teatrales, la confianza que algunas, muy pocas personas, depositaron en mi valía, me devolvieron a la existencia. Ya no era un trozo de roca lunar, yo era una promesa de vida, algo que se hacía a sí mismo, por mucho que el destino me moldease con sus manos de tiempo y mansedumbre.
    Una vez me atrevía a mirar a Kurt directamente, sin rodeos. Me sorprendió comprobar que ya no se encontraba colgado de una galaxia lejana, a miles de millones de kilómetros, violándome la conciencia con su luz dura. No, ahora dormitaba en el mismo lecho que todos los mortales. Ahora nos encontrábamos a la misma altura. Ahora podíamos darnos las manos. Pero ahora era yo la que no quería tenderle la mía. Sentía cómo se iba empequeñeciendo ante mis ojos, cómo iba cayendo en un sumidero profundo, agotado y pútrido. Sin embargo, era orgulloso. No me pidió ayuda. No se la di. Le perdí de vista. Las pocas veces que volví a verle, le hallé preso de una congoja absurda. Pero ya ni siquiera me pregunté el por qué de su tristeza.
    Nuevamente, el tiempo extendió sus alas. Yo la le llevaba dos cursos de adelanto al chico de ojos famélicos. Con esfuerzo, ingresé en la Universidad. Por primera vez en mi vida, sentí que había conquistado la tierra de mis sueños. Ante mí se abría un largo camino, de pasillos infinitos, impetuosos. Pero estaba dispuesta a recorrerlo. No sé en qué punto de ese camino me hallo ahora, pero reconozco que estoy tan asustada que, al caer la noche, pido protección a los dioses que de día creo inexistentes. ¡Inabarcable, incomprensible naturaleza del ser humano!
     Hace tiempo, nuestros caminos, el mío y el del chico de ojos esmeralda, coincidieron. Un día, se alejaron. Ahora son divergentes. Sé que por mucho que trate de engañar al destino, nunca volverán a cruzarse. Sin embargo, son dos caminos que siguen pareciéndose mucho.
Ambos son solitarios.
Yo sigo soñando.
     En la primavera de 1994, Kurt Cobain, el líder de Nirvana, se mató de un tiro. Ahora no es más que un sueño. Al igual que Kurt, mi Kurt.

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