domingo, 8 de junio de 2014

Castillos en Marte (novela por entregas)

Mientras éramos

Me veo como soy: fuerte, guerrera y valiente. Como cuando desafiaba a los monstruos del desván y los vencía en imaginarias batallas. Siento el aliento caliente y apretado de la tierra mordiendo en mis dientes, la vacilación del día muriendo en las orillas de la marisma fósil. Y de repente aprendo que la luz me llena y el silencio que me ha acompañado no es más que una espada con la que partiré las tinieblas. He venido a este mundo para respirar, no para llorar, aunque llorar sea a veces la opción más fácil, la menos arriesgada,  y haya optado tantas veces por ella desde que Papá se hiciera agreste y se echara al monte con su hueste de soldados locos. Asciendo un poco,  todavía indecisa, mientras la niebla se deshace y mi boca mastica el polvo: barato precio para un reino así de caro a mis costumbres. Yo, que no nací cortesana, sino castellana,  que me he criado al calor de las chanzas de los labriegos en los soportales de los castillos de Marte, marciana e hija de mercaderes, joya por pulir que se pensó baratija durante tantos y tantos años y ahora, enfrente de mi destino, imploro al cielo la oración que me enseñaran entonces, cuando odiaba latines y rezos:
Oh dios óyeme
de los truenos protégeme
llévame con los míos
guárdame de los impíos
allá, en la montaña gris
do nace la flor de lis.
Recuerdo que la oración concluía así: A mi alma habrás de conquistar/ si cielo y tierra quieres ganar. Era la voz de dios que, desde las alturas, contestaba.
Comienzo, lentamente, el ascenso.  Unas briznas de hierba me sirven de alimento. Por todo lo demás,  nada, ni un solo hilo de agua, ni un asomo de humedad en las angosturas por las que me arrastro. Comienza a hacer frío,  tengo el corazón otra vez desolado, como si las certidumbres de hacía poco se hubieran evaporado en una sopa primitiva y reseca. Vuelvo mis ojos al sendero fortuito por el que he venido y deseo con todas mis fuerzas estar de vuelta en casa, protegida por Mamá y su fortaleza a medias derrumbada, pero ya no puedo, no hay marcha atrás y los secuaces de Papá me persiguen y puedo oír sus gritos de guerra y yo respondo y vamos a presentar batalla y sus resultados inciertos y los recuerdos y el futuro y un vórtice de tiempo y espacio en el fondo de los ojos de la Vieja del Óbolo y mi Camino Personal y mi soledad...
Hace mucho tiempo quise a un hombre que se llamaba Papá.  Era bueno, y era justo y era sabio. Mi mejor amigo, mi único aliado frente a las regañinas merecidas de Mamá.  Papá era un gran conocedor de los misterios de la vida, un filósofo fumador de pipa y mondadientes.  Papá me quería con delirios de grandeza. Pensaba que su pequeña niña estaba destinada a encumbrarse en todo aquello que el nunca supo. Hablaba conmigo como si yo pudiese entenderle, en un lenguaje secreto hecho de miradas color caramelo y volutas de humo. Pero yo no quise comprender. Libraba mi propia batalla en el mundo, donde todos parecían mis enemigos. Papá comenzó a perder los estribos, el rumbo de su existencia parecía desnortado y yo le culpé de todas sus desgracias. Le juzgué sin previo aviso. Rompimos nuestro idilio. En su exilio idiota, me escribió decenas de cartas, donde seguía tratándome como a su amada hija, pero yo hice caso omiso. Ya le tenía por un caso perdido y no escuché sus llamadas de auxilio. Pobre y tierno, aparecía mendigando cariño en la puerta de mi alcoba, con el alba, una vela derretida en la mano y la cera derramada por el piso. ¡Cariño! ¡Cariño a un loco, a un demente que a cada paso caía derribado por el suelo, como si aquello fuese tan fácil! ¡Qué febriles fueron nuestros encuentros! ¡Cuánto discutíamos sobre lo divino y lo humano sentados en el suelo, pero con la cabeza en las nubes! Era Papá una blanca visión quijotesca de la nada, una rosa de humo. Nadie le quería en el castillo. Mamá untaba sus lágrimas en el pan con mantequilla.
Ha llegado el momento decisivo.  Sopla un viento de muerte en la montaña gris. O venceré yo o vencerán ellos, pero nunca podrán aniquilar lo que una vez sentí por Papá,  mientras éramos. 

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