martes, 15 de abril de 2014

Castillos en Marte (novela por entregas)

El puente de los Corazones Olvidados

Hemos de seguir camino. Por arduo que parezca, por mucho que nuestras gargantas estén ensangrentadas por el polvo disperso en el aire que se cuela en nuestros pulmones y deja una sensación angustiosa en nuestros estómagos, Yuok y yo debemos seguir adelante. Ahora sé que soy un guerrero de luz; ahora sé que mi portaestandarte está en llamas y que tengo una misión que cumplir antes de regresar a casa. El paisaje nos mira y se ensombrece al vernos pasar, las grandes alas de mi pájaro dragón también están encendidas por el sol del ocaso. Parecen dos abanicos extendidos que pudieran cubrir con su estela al mundo. De repente me vuelvo a maravillar de lo mucho que ha crecido desde que el Brujo Azul lo depositó en mis manos, como encriptado secreto, junto a la flor del almendro que le sirviera de primer suero lactante. Bajamos otra vez para volar al filo de los despeñaderos, cuando, sin avisar, el magnífico animal se detiene en medio de la nada. Una extensión de prado y monte bajo sirve de fondo a sus hondas palabras:
-Caminaremos.
¿Cómo iba un Yuok del tamaño de una torre a caminar junto a una niña endeblucha y algo torpe, de paso corto y resuello miope? En fin...
- Caminaremos, Yuok. Tú pareces conocer esta historia mejor que yo.
- Nada esta escrito, Julia Martina y, sin embargo, todo lo está, dice mi dragón misteriosamente. 
Enfilamos la larga arboleda de rocas parecidas a álamos electrocutados. Los pasos de Yuok son suaves, muy suaves, cual si de nuevo fuese aquel bebé pequeñito que alentaba en mis manos. Y yo, como en los sueños más dulces, no tengo dificultad para seguirle. Es como si las plantas de mis pies llevasen inscrita una memoria de lo futurible. Hay que cruzar un puente, y no tenemos más remedio que hacerlo así, sin alas, me dice. No es cualquier puente. Es el Puente de los Corazones Olvidados. Lo conozco por las historias que Papá contaba en la barbería del castillo. Papá decía que habia que agacharse hasta rozar las manos con el suelo para evitar el maleficio. Un malvado sapo aparecía y devoraba el corazón de los niños buenos en cuanto intentaban cruzar el puente. Por eso Yuok y yo nos encogemos y ponemos nuestros corazones al resguardo, una mano sobre el pecho y la otra anudada en la mano del compañero. ¡Cuán grande es la suya! Como la de Mamá cuando me perseguía por los pasadizos para trenzarme los cabellos. Manos que no dan miedo porque nos quieren y nos conducen, pero cuya enorme extensión no podemos abarcar ni comprendemos. Manos de amor,envueltas en destinos inciertos, manos que sujetan el blanco lienzo donde comienza de nuevo mi vida antes de ahora y el pasado que murió y la potente semilla que cayó en terreno baldío y el deseo de nacer de nuevo antes de volver y los desafíos del caminar hacia adelante, siempre hacia adelante, a pesar de las horas y del cansancio y de las esperas y de las mentiras hacia adelante, cuidado con no mirar al sapo directo a los ojos, cuando Papá y yo nos queríamos y la barbería de paredes amarillas por el humo de los cigarrillos y las paredes color ojos de sapo y la mirada aguardentosa de Papá y el reproche en la punta de los labios de Mamá cuando el alcohol lo mandó todo al traste...tras de nosotros, la noche triste. Hemos cruzado.

domingo, 6 de abril de 2014

Castillos en Marte (novela por entregas)

Estandarte ensangrentado

Mi dragón y yo nos acercamos cada vez más a nuestro objetivo, la montaña gris. De vez en cuando, él se gira y me mira para transmitirme esa fuerza antigua que es símbolo del poder y determinación de los Yuok. ¿Quién sabe cuántos peligros nos acechan todavía? ¿Cuántas nubes de tormenta en el horizonte? Pero ya no tengo miedo. La fidelidad de mi dragón - pájaro es a toda prueba; resistiremos todos los asaltos.
- Tengo sed, Julia Martina, dice Yuok de repente.
Bajamos a ritmo trepidante hasta lo más profundo de un manantial semioculto entre unas gigantescas piedras. Yuok bebe, y yo le acaricio el lomo como quien mima a un potrillo recién domado. Tiene los ojos tristes; una lágrima cae al fondo del pozo y el estrépito es ensordecedor. 
-¿Por qué lloras, querido Yuok?, le pregunto. 
-Me acuerdo de mis hermanos. 
-¿Qué fue de ellos?
-Murieron en la Quinta Batalla Contra Papá. 
Ardo en deseos de saber.
-La Quinta Batalla fue la más cruenta de todas las batallas habidas hasta hoy. Ya por entonces, Papá comandaba a los ogros, los antibrujos y las bestias de los desvanes. Luego se sumaron los monstruos de los armarios, los parlanchines y las poderosas hijas de la Vieja del Óbolo. A cada uno de mis hermanos lo crió un humano, como tú a mí, Julia Martina. Yo aún no había nacido, pero ya era un Poyecto Universal y, como tal, los amaba, y ellos, que sabían que más tarde o mas pronto vendría al mundo, también a mí. Éramos una comunidad infinita en la que sólo faltabas tú. 
-¿Yo?
-Sí. Los humanos que criaron a mis congéneres eran poderosos castellanos. Los más fieros del reino, los guerreros más valientes. Como tú que has dejado atrás todo aquello que amas y vas a enfrentarte con tus propios miedos. Es necesario tener mucha luz para intentar eso.
-Sin ti no podría. 
-Si podrías. Podrás cuando yo te falte.
-Ni siquiera se te ocurra pensarlo...
-El enemigo al que nos enfrentamos es terrible, Julia Martina. En la Quinta Batalla, Papá conjuró la Magia Obscura y destruyó el amor que conecta a todos los seres vivos.
-Tus hermanos...
-Sí. Todos los Yuok nos alimentamos del amor de nuestros dueños, y del que nos profesamos unos a otros y a la Madre Naturaleza. El hechizo tuvo tales dimensiones,  que Marte quedó desolado. Fue como tras una explosión atómica. Más alla del puente donde campa la vieja del óbolo quedaron las ruinas de algún castillo, la broza del antiguo bosque, la cabaña del brujo azul con su decrépito inquilino, la semilla de mi proyecto universal y nada más...
-¡Yuok! Lo siento tanto...
-En cambio, quienes viven del odio se hacen cada día más fuertes allá, del otro lado, en la montaña gris.
-¿Cómo murió Papá? 
-Mis hermanos tambien se unieron y conjuraron al Amor con la intención de presentar batalla. Los yuok vencieron a Papá, pero no a sus hordas. Un resultado incierto y cientos de miles de cadáveres desparramados sobre un campo de Marte. Y el amor de mis hermanos como un estandarte ensangrentado, clavado en el pecho de Papá...
Ahora soy yo la que está llorando.
-Cuánto sufrimiento en vano, Yuok.
-Nada comparable al tuyo, Julia Martina.

Granada

Yo he visto Granada en sueños. Era etérea, frágil, un caballo errante en la memoria. Llovía. Apenas unas gotas de rocío impregnaban las farolas, el capó de los coches, mis ansias de volar y los campos de madrugada. Granada era un desierto poblado de rosas, de marquesinas rojas a media luz de gas, una entelequia sin nombre. Granada era yo y no lo sabía, y no quería saberlo, sólo sentir la noche y la lluvia en mi rostro, la desesperación y la esperanza absolutas, el muecín en el alto mihrab y la Alhambra solitaria como una estampa encantada. Allí, bajo todos los nombres del rezo, latines, hebreos y árabes bautizando el alba de oraciones de mezquita. Allí Granada era un albo copo de nieve, transparente como lágrima sin beso, alquimista de amaneceres y promesas, artificio, sombra...
Granada me esperaba rodeada de un halo de misterio, como una mujer en su castillo encerrada, inz al-mara contoneante con su talle de avispa envuelto en nácares e inciensos. Allí amé una vez, y yo no lo sabía. Me enamoré del manantial profundo, del rescoldo en la penumbra y del murmurar en la fuente. Granada eran unos ojos negros, el ala de una leve gaviota y el abanico de plata en el zoco. Y mil soldados sarracenos...Granada eras tú, y yo no lo sabía. Tan sólo sentí al imán que me nombraba al recitar los versos coránicos que llevan tu nombre.
Yo he visto Granada en sueños.

viernes, 4 de abril de 2014

Mi terror

Y cuando te alzas,
negra noche,
amaneces en otros mundos
y entonces mi terror es atroz.
La sirena se ha cansado, 
son fuentes sus ojos;
no sabe que, varada,
morirá en la orilla,
olvidada.
Y entonces
mi terror es atroz
cuando desde la montaña
se alzan ecos divinos
y yo no los comprendo
porque soy pequeña, 
individua y finita
y entonces mi terror es atroz
cuando lo prosaico desborda
galaxias y días
y yo quiero saberlo todo,
y sentirlo todo,
y entonces mi terror es atroz
porque no tengo un mal
mendrugo de pan
que llevarme a la boca
y mi alma está rota
y el mundo gira en torno mío
y aúlla. 
El amor es mentira;
los hombres, pordioseros
reclamando halagos
y mercadeando dádivas. 
Mi frágil silueta
aqui aprisionada entre cielo y tierra
caminando 
a punto de obscurecerse
tiembla.
El tiempo llega y se marcha,
bombea con su parsimonia de corazón
antiguo
y no sabe de derrotas
porque sigue aquí
a pesar de sí mismo.
Y entonces mi terror es inmenso.
Creo que hay un dios a veces, sólo a veces,
como cuando la luz intermitente
de los semáforos
se refleja en las ventanas.
No tengo hambre ni sed.
Quizás estoy muerta.
Quizás nunca nací
y no hay ya quien me diga
indigna soledad del desahuciado:
vete, no existes, eres mal profecía, 
pesadilla goyesca.
Y entonces,
mi terror atroz no es mío,  
es tuyo, que me sueñas. 

viernes, 28 de marzo de 2014

No puedo

Porque yo no puedo
echar a volar,
secar mis alas en el viento.
Porque yo no puedo
llorar a escondidas,
hacer de lo imposible infinitud, vida.
Porque yo no puedo
construir hermosura,
dar al universo besos
de auroras boreales.
¡No puedo! 
Porque no puedo mirar tus ojos
sin encontrarme deleznable,
típica y triste.
Porque no puedo...
Y sin embargo es tan fácil
alejar el dolor de sus fuentes,
tenderte puentes como manos y dádivas
ardientes, te espero.
Aunque no puedo...

sábado, 22 de marzo de 2014

Castillos en Marte (novela por entregas)

Alas de dragón 

Salimos de la choza del brujo en el más absoluto silencio. Ya anochece. Miro a mi dragón y me doy cuenta de que llevo demasiado tiempo sola, de que tengo una gran, enorme necesidad de amor, y de que mi creciente Yuok comienza a colmarlo. Le regalo una caricia, y él retrocede un poco, como buscando impulso. 
-Estamos listos para el gran viaje, Julia Martina. Estoy saciado y ya puedes montar en mí.
-¿Montar en ti? ¿Cómo?
-Sube, y lo verás.
Obedezco. Unas alas descomunales se despliegan y me abrazan, rodeándome y dándome calor. Pequeñas ramificaciones venosas dibujan en ellas un fino trazado irregular, como un mapa de corazones latiendo al unísono. El universo entero está ahora a buen recaudo en mi pecho. Papá está tan lejos...
Por fin tengo un compañero de viaje. Un compañero callado, noble, indispensable. Alguien que me entiende sin palabras, aunque puede comunicarse conmigo en el lenguaje de los hombres. Alguien tan distinto a mi, y a la vez tan similar. Yuok. Mi primer, único amigo tras la guerra que ha asolado Marte.
¿Por qué Papá destrozó nuestro mundo? Nunca sabré la respuesta, porque ha muerto. Solo sé que poco después de su accidente -papá caído por el suelo, sin guantelete ni armadura- se volvió extraño y hosco, como los ogros que habitan en el subsuelo marciano. Dejó de amar a mamá entre las flores y ya no hubo más reparto de caramelos al atardecer. Un día, cogió su maleta enguatada, metió todas sus camisas de franela y descolgó el escudo del portaestandarte. Dejó que el castillo quedara reducido a humo y cenizas, mientras mamá, Úrsula y yo nos quedamos en la calle y Carolo nos ofreció generoso su otra mitad del castillo y sus parterres cuajados de rosas. Nunca más volvió, pero pronto llegaron noticias suyas desde más allá de la montaña gris. Se habia rebelado contra el sistema de castillos y sus castellanos. Alguien dijo que le habían visto montado en su caballo, corriendo de un extremo de la llanura a otro, con el largo pelo suelto, como un loco, persiguiendo sueños rotos.
-Julia Martina, deja de pensar en lo inevitable.
-No tengo más remedio. Nada valgo si no es por mis recuerdos.
-Vales mucho más de lo que piensas.
-Poco es si me ata al pasado de esta manera.
-Julia Martina, eres una criatura preciosa.
-No lo creo. Soy fea y poco grácil. Y tengo los brazos muy largos. Y aún no sé quién soy.
-Lo descubrirás antes de lo que piensas.
Me abrazo al cuello del dragón con todas mis fuerzas.

domingo, 16 de marzo de 2014

Castillos en Marte (novela por entregas)

Flor de almendro

Unos ojos enormes, violetas, me miran llenos de curiosidad. Es Yuok, que despierta a la vida y tan desnudo que tengo que darle calor con mis manos. Sus pequeñas alas están plegadas y parecen mojadas, pero poco a poco, a la luz del sol la transparencia de su cuerpo se va volviendo más oscura y consistente. 
-Tengo hambre, me dice.
Y su voz me parece la más hermosa del universo, porque Yuok es mío, sólo mío, míos sus ojos violetas y mío su cuerpo resplandeciente a la luz del ocaso. Instintivamente, le doy la flor prendida en la rama de almendro, para que le sirva de alimento. Me lame los dedos mientras lo hago.
- Los yuok son criaturas muy sensibles y ésa es la manera en que te agradece tus desvelos. Has de saber una cosa, Julia Martina: si el yuok muere, morirás con él; si vive, será merced a tus cuidados. Recuerda que si procedes correctamente te encumbrará a la gloria. Y su afecto por ti no tendrá límites. 
De la flor de almendro brota ahora una sustancia blanca, como leche materna, que mi yuok bebe con no poco placer mientras parece crecer como por ensalmo. Ya no cabría en mi mano, ya no cabría ni en mis dos manos juntas. Miro al Brujo Azul con cierto recelo.
-Es cierto. Los yuok crecen alimentados por el amor de sus amos. Se ve que ya le quieres un poco.
-¡Un poco! Le quiero ya con toda mi alma, con la misma pasión sacrílega con la que una vez me atreví a querer a...Papá.
Los ojos se me llenan de lágrimas. No hace falta decir nada más. 

viernes, 7 de marzo de 2014

Castillos en Marte (novela por entregas)

Yuok

He llegado a mi primer destino. El Brujo Azul me mira intensa y cálidamente desde sus ojuelos garzos. Apartado en la sombra, parece un camafeo que alguien hubiese tallado a conciencia y rematado en tafilete ornado en plata.
Con la mano libre me indica paso franco, y penetro en la estancia húmeda de siglos.
"Julia Martina", comienza,"has de saber que más allá de la montaña gris te espera un ejército de valientes soldados a los que habrás de liderar en tu guerra definitiva contra los secuaces de Papá".
No sé por qué, la palabra "Papá" adquiere en su boca un eco melancólico que me induce a pensar que el Brujo Azul y mi progenitor habían sido amigos en otro tiempo, muchos, muchos siglos atrás, en el helado lecho de la prehistoria marciana.
"Abre tu mano derecha, y hallarás la primera pueba de Amor", dice el mago, entornando enigmáticamente sus ojillos de ave de rapiña.
Junto a mí aparecen una rama de almendro y un huevo muy pequeño que, sobre una base estable -una de las florecillas rugosas-se mueve incesantemente. Lo que sea que haya dentro está a punto de salir al exterior. Estoy temblando, y no es de frío. Nunca así me han querido tanto como para confiarme un tan digno tesoro. Digno...e ignoto, porque no sé qué contiene. Y pregunto al brujo.
"Es un huevo de yuok", anuncia, como si ya me hubiese acostumbrado al lenguaje de los cuentos fantásticos. "Los yuok habitan en los helados picos de la montaña gris. Son mitad pájaros, mitad dragones, y entienden el idioma de los hombres. Cuenta la leyenda que si un humano cria a un yuok desde el estado ovario, el yuok se convertirá en el Primer Guardián Protector de su casa.
"No tengo casa", digo, conteniendo un sollozo, "sólo un castilo viejo del que mis miedos y mis sueños me han expulsado".
"Miedos y sueños son afanes contradictorios. Los miedos conducen al abismo, y los sueños a la cumbre de la montaña mágica".
"A veces sueño que caigo por el abismo".
"¿Y nunca has soñado que vuelas?"
"¿Es como caer?"
"Es muchísimo mejor". Al viejo le brillan los ojos mientras me golpea delicadamente con el bastón. "Sientelo".
Los pies se me llenan de aire y la rama ovárica se agita poniendo en peligro el embrión de yuok. Todo gira a mi alrededor, hasta que me doy cuenta de que soy yo quien gira. Una y otra y otra y otra vez hasta que la rama de almendro y el huevo dan a parar al suelo.
"¡Nooo! " grito con toda la fuerza de mis pulmones. "¡Yuoook!".
"Tranquila, Julia Martina. Era necesario. Mira".

sábado, 1 de marzo de 2014

Estudio en gris (cuento inverso)

Es estúpido...estoy cansado de revelar siempre el mismo estúpido fragmento de realidad venidera. Estúpido. Inútil. Estúpido, estúpido...Mi cámara enfoca un fragmento descontextualizado de materia aparentemente inerte, sin más consecuencia, sin atrapar siquiera el instante en que lo insignificante se vuelve significativo, para luego inyectarlo de luz ante mis ojos. Nada de lo frágil es eterno, nada de lo fragmentario forma parte del todo o se relativiza en la mirada de un personaje angustioso/angustiado atrapado en uno de los cuentos de Cortázar. "Las babas del diablo", de hecho, no me causó conmoción alguna, ni como relato ni como condición de portal de acceso a realidades otras. Y, sin embargo, aquí me tienen coleccionando estudios en gris de un enorme puzzle que nunca acabase de encajar. Huelga confesar que mi profesión de fotógrafo profesional me coloca en la posición del que mira atenta, intensamente, o sea del voyeur, aunque yo prefiero un término más acorde con lo que me gusta hacer: regarder. Regarder es guardar dos veces, una en la pupila y otra en la retina, la imagen que finalmente atrapará la mente. La señora que cruza el semáforo, sin apercibirse de que es mirada. El niño que llora. El antiguo liceo pintado de amarillo y reconvertido en centro cívico para usos múltiples. Los amantes. Y el regardeur que abre el diafragma de su cámara y aplica el objetivo a aquello que cree de su interés, para luego llevarlo a casa, a ese pequeño apartamento de la rue Du Chat, colocar el rollo en el tanque de revelado y esperar con impaciencia la nueva entrega de su pesadilla.
Porque en lugar de la señora que cruza el semáforo, sin apercibirse de que es mirada, el niño que llora, el antiguo liceo pintado de amarillo y reconvertido en centro cívico para usos múltiples o los amantes, aparece un nuevo centímetro cuadrado de mi piel escasa y desnuda sobre el acerado, y sé que es mi piel por esa mancha de nacimiento en forma de herradura y que asoma entre la hojarasca capilar, muslo izquierdo, en avenida con el cuádriceps y su infinita articulación de ramales venosos desembocando ya en la ingle, y sé que es mi piel porque el objetivo se burla de mi y quiere volverme loco, loco de veras. Hoy toca una instantánea en el parque, frente al lago. Entonces, el objetivo destruirá la perspectiva o la pervertirá a la inversa, para inmortalizar otro retazo de mi cuerpo. Y una a una voy sumando y encajando las piezas de un rompecabezas al que sólo le faltan mis manos, mis ojos, el terrible objetivo que dispara a sabiendas de mi ceguera, a sabiendas de que ha robado toda la luz a mis pupilas, y de que sólo resta la última instantánea (manos y ojos, dobles instrumentos de percusión o melancolía). Eso, la última instantánea, una última instantánea del regardeur atravesado por un hachazo de luz diafragmática. Atravesado por la luz, y derribado por el suelo y muerto en el acto de desfotografiarse a si mismo.

domingo, 23 de febrero de 2014

Castillos en Marte (novela por entregas)

Los ojos de dios

-Ya es la hora -anuncia, lacónicamente, mi duendecillo enlamparado.
-¿Tan pronto?- me quejo, los ojos caídos por el suelo, a causa del sueño.
-Tan tarde -responde la voz de mi mala conciencia.
Me incorporo, lleno de aire los pulmones, exhalo un profundo suspiro y comienzo el camino. Apenas está amaneciendo, y la luz de la lámpara languidece.
-Ser angélico, surgido de la tiniebla -le digo a mi guardián. Tú que has partido en dos la oscuridad que me rodea, ayúdame a caminar.
-No puedo, Julia Martina. Ya te he dicho que sólo te tienes a ti misma. Mi luz se va a apagar en cuanto el sol salga por el rincón más umbrío de la montaña gris.
En efecto, los primeros rayos de Helios asoman por entre los altos picos salpicados de escarcha. ¡Horror! ¿Qué voy a hacer yo ahora? ¡No te apagues, malicioso trasgo, luciérnaga de la floresta, que juegas con mi esperanza! ¿Habré de llegar a la montaña gris yo sola?
-Ni por asomo, niña. El amor te espera, y es tan grande su poder que te desborda. Pregúntale al Brujo Azul... -dice el diablillo ceniza, mientras se desvanece.
De repente, los pájaros se callan. Un trueno restalla en el cielo y me estremezco. La tierra tiembla en torno mío. Ha amanecido completamente y en la mano porto, inútil adorno, un farol extinguido con su larga mecha haciéndome burla, lengua purpúrea tras su festín de aceite para quincalla.
Me doy cuenta de que he dejado de importar para el mundo, pero sigo contando con mis propias fuerzas impolutas. El deseo de restañar las heridas del ayer me acerca a mi objetivo. La montaña gris parece, desde esta nueva perspectiva, un observatorio astronómico desde donde contemplaré la creación entera, e incluso podré mirar cara a cara a Dios mismo.
Si no me duermo.
Si no me...
Si no...
Pero me he dormido y mientras lo hacía he soñado en otro tiempo, Mamá y Papá amándose entre las flores y yo celosa de su felicidad cortando los tilos, para que no naciesen más niños, y Úrsula con su carita congestionada llorando inatendida, los amantes alimentándose sólo de besos y las dos hijas desnudas, congeladas, arropadas tan sólo de sobras de besos y en los parterres mosquitos y una luz que flamea burlesca las sombras entre el ayer y el mañana.
No sé si Dios existe.
No sé si Dios ha muerto.
Pero si alguna vez me rinde cuentas, no he de dárselas ni por este sueño, ni por este cuento. ¿Soy? Filosofo. ¿Estoy? Me pregunto, palpandome apenas.
Y de repente atisbo la cabaña anunciada por el Alumbrador de los Caminos.
El Brujo Azul me espera, como me ha esperado siempre, su cayado de roble entre los puños nudosos como la carcomida madera en que se apoyan; algunos insectos ápteros se pasean veloces por la indistinta anatomía que prolonga el bastón mágico hasta los dedos de sus manos. Por fin. 

domingo, 16 de febrero de 2014

Castillos en Marte (novela por entregas)

La montaña gris

Mi primer objetivo es la montaña gris. Se que, así en la distancia, parece inalcanzable. Los cirros la rodean y tiene la apariencia de una fortaleza inexpugnable. Pero poco a poco, paso a paso, la iré cercando. Faltan kilómetros y kilómetros y kilómetros; seguiré llenando mis pies de barro, pero me da lo mismo. Los aldabonazos persisten, allá a lo lejos; parece que Mamá y Carolo prosiguen en su empeño de hacerme tomar un almuerzo ya frio. Las rosas deben estar desangrándose en los parterres, pero a mí ya no me importa; yo sigo caminando. Ahora, los trinos de los pájaros son más intensos; el sol está cayendo y el horizonte parece una gran masa de ropas y de lienzos que al pintarse exudaran una substancia entre nívea y rojiza: se va infiltrando en mi alma; como cuando una espina te pincha y brota sangre y se mezcla con lágrimas. Es doloroso, un nacimiento doloroso; salgo de un útero y todo a mí alrededor es un poco sucio, un poco desconcertante, pero yo sigo adelante, sigo naciendo, sigo saliendo hacia el exterior. Mi llanto corona de perlas azules la cabeza, la cara, el cuello, también el pecho. No me siento ni fea ni hermosa; simplemente sé que tengo que seguir caminando. La montaña está muy lejos, los aldabonazos también. En medio de la nada, tengo un miedo inmenso; parece que los secuaces de Papá están muy cerca; sin embargo, sólo me rodea el silencio. Silencio por todas partes, silencio en mi interior,silencio en el bosque que está cada vez más cercano. " Creo que voy a pasar la noche allí", me digo, para armarme de valor.
De repente, se acerca a mí un pequeño personaje. Como salido de un cuento de duendes y hadas, tiene los ojos verdes, el pelo color ceniza y una expresión maléfica en el diminuto rostro. Valiente me acerco a él y, sin un asomo de resentimiento, le pregunto:
Pequeño ser, surgido de las profundidades del bosque, en verdad ser pequeño y extraño, ¿Qué hacés ahí mirándome?
-Julia Martina, soy aquel que sólo existe porque le sueñas. Me sueñas cada noche, pero al despertar ya no me recuerdas. Me llamo El Alumbrador de los Caminos. Mi misión es iluminar tu sendero el trecho necesario para que salgas del pozo oscuro en que te encuentras.
-Depresiva me hallo, ¡conque ésas tenemos! No hay psicólogo, psiquiatra, psicoterapeuta o psicoanalista en veinte mil kilómetros a la redonda -sollozo. ¿Qué será de mí?
-Sólo te tienes a ti misma, Julia Martina. Y esta lámpara que yo pongo en tus manos. Mientras no se extinga, estaré contigo. Cuando su luz se haya marchado, yo también me habré ido. -Dichas estas palabras, el Alumbrador de los Caminos se desvanece lentamente hasta desaparecer. Sin embargo, me doy cuenta de que se ha hecho todavía más pequeño, y que está dentro de la lámpara, insuflandole una especie de hálito divino, un éter que concentra el calor del foco con que se ilumina la lámpara. 
Gracias a esto, ¿se iluminará mi Camino? ¿Esta pequeña luz? ¿Y con todos los pájaros del mundo metidos en mi cabeza? ¿Y ni una sola puerta a la que llamar? El castillo tan lejos, yo tan hambrienta -dentro de mi, la Esfera, ya por fin digerida-. ¿Qué comeré? ¿Barro? ¿Piedras? ¿A dónde me dirigiré? Simplemente cuento con una luz para caminar y con un molesto duende que puede apagar su lumbre en cualquier momento. 
Pero tengo todo el tiempo del mundo para pensar.

Castillos en Marte (novela por entregas)

Aldabonazos segunda parte

En cuanto crucé el puente, sentí de nuevo los aldabonazos en la lejanía. Era mi madre, que me llamaba, dando con el cayado los golpes reclamándome para el almuerzo. Aunque mi estómago protestaba, me rebelé y continué caminando. Los pies descalzos, en contacto con el barro, me hicieron sentir la lluvia reciente, el frío en todo el reino y la bruma que ahora rompía en finos hilachos. Volvía a amanecer, aunque el sol estaba tan alto como mi frente. Una lágrima se deslizó por mi mejilla.
"¿Esto es todo lo que queda?", me pregunté a mí misma, temiendo un vahido. "¿El sol? ¿Los trinos de los pájaros? ¿La montaña en la lejanía?". Y cayendo al suelo húmedo, me eché a llorar amargamente.
Ya no sabía a dónde dirigir mis pasos. Por un lado, el castillo y su centinela en el puente de plata, con sus ojos azules y sus iris hipnóticos y su óbolo en el puño. Y mamá y Carolo y la memoria de Papá y el castillo casi en llamas con sus rosas y sus mariposas y sus recuerdos del ayer. "¿Qué hacer?", me dije. "¿Sigo?" Y, sin volver la vista atrás, robé una naranja del árbol sagrado (en Marte, la naranja simboliza la esfera o el Todo), la deslicé subrepticiamente entre mis ropas (no fueran los secuaces de Papá a dar cuenta de mi fechoría a instancias más altas) y comencé, por fin, en fin, al fin, a caminar.

Castillos en Marte (novela por entregas)

Iridiscencias


-Vieja del óbolo -repliqué yo. Bien le conocí, que fue mi padre. Dame paso, toma tu moneda, y déjame marchar.

La vieja insistía, destilando las iridiscencias de sus ojos, el metálico brillo girando y girando sus aspas en los iris alucinantes. No había remedio. Me tenía por completo hipnotizada.

Cómo rompí el embrujo es todavía un misterio para mi, que soñaba, mientras lograba zafarme de su garra, con Papá dirigiendo sus hordas hacia mi indefensa persona. "He de conseguir refuerzos", me dije, al tiempo que terminaba de coronar la parte opuesta del puente hacia mi reino, la vieja del óbolo vociferando alguna maldición pastosa, la boca despoblada de dientes, puño en alto y arremangados los faldones, formando en el cuadril su mano libre rosas de tejido color barro.

sábado, 8 de febrero de 2014

Castillos en Marte (Novela por entregas)

Aldabonazos 

Esta mañana, muy de mañana, nada más amanecer, acababa de medio despertar cuando sonaron de nuevo los aldabonazos en el portón. Salí a toda prisa, con el desayuno en la cuenta del debe, y un poco de miedo al ir comprobando como el aire se había, por fin, parado en mi rostro, alrededor de los labios, sobre los cercos violáceos de mis ojos. Mi mano tocó el maderamen de la puerta, y sintió los latidos del árbol antiguo que había sido su origen, en un principio algo balbuciente, como de bebé ingrato y con hambre vieja, atrasada por siglos. Vencí con esfuerzo a ambos, puerta y miedo, y salí al exterior.
"No es nadie", pensé para mi misma. "Quizás un personaje en fuga procedente de otro cuento, la Madeline Usher de mi pobre Edgardo".
De repente, la tierra vibró bajo mis pies. Del pozo surgió un arroyo de aguas muy claras, y el cielo se oscureció. No tuve ninguna duda. Era El Contador de Historias. Con su cayado alto y nudoso, barba encrespada en textura inigualable de cumulonimbo marciano, mirada ignífuga, El Contador de Historias parecía, tan alto y enjuto, la radiografía del viento.
-Julia- comenzó, sombrío. -La guerra con Papá no ha traído más que destrucción y miseria. Hay que levantar Marte desde sus mismos cimientos. Ya sabes lo que toca hacer. Y, sin mediar otro gesto, me entregó su cayado. Antes de desvanecerse para siempre, siempre jamás, dijo algo que no habré de olvidar en los días por venir:
- El nuevo mundo necesita nuevas historias. Y a ti para contarlas.
Tras su marcha, la atmósfera quedó brumosa, y de la niebla, tiesa y cortante como una cimitarra turca, comenzaron a surgir  extrañas palabras como férulas, apneas y otros monstruos de la razón. Tomé el cayado, los atravesé con su sublime punta (cedro o boj, para el caso es lo mismo) y comencé a caminar por mi reino desolado. Crucé el puente hacia la aldea -ahora, la niebla era rojiza, a causa del metano. Al otro lado me esperaba la Vieja, dispuesta a pedir su óbolo de plata, su mirada hechizante azul eléctrico.
-Vieja del óbolo, le dije, de la manera más suave y dulce que pude. No he de pagar nunca más tu peaje. He dicho adiós al pasado, y sólo tengo este cayado y el llamado de los cuentos venideros. El futuro de Marte. Mi futuro.
-Eres ingenua, Julia Martina. ¿No sabes ya de sobra que todo está escrito? No hay un asomo de originalidad en los cuentos que te propones escribir. El destino es una gran patraña, una burla temeraria de aquel que nos sueña. Es un loco, Martina. Y una locura el hacerle frente. Ten cuidado, niña.  Papá está muerto, pero no derrotado. Sus hordas de seguidores se cuentan por miles.

jueves, 30 de enero de 2014

Castillos en Marte (novela por entregas)

          Carolo

Carolo es el medio hermano de mi madre. Cuida el jardín del castillo desde que vino a Marte, o casi. Tiene los ojos grandes, como la sonrisa, y me habla con dulzura, tal que si procurara entender lo que digo. El pobre es sordo, sordísimo de nacimiento, y solo oye cuando se aplica el cornetín a la oreja. Me lo encuentro en los parterres, dios enano, procurando salvaguardar su creación de las tormentas de gas metano que de cuando en vez licúan en Marte. Es feliz, a su manera.

Aparte de él, de Mamá y mío, parece que no hay nadie más en el castillo. Pero, al caer la noche, se sienten unos extraños ruidos, como si el viento golpeara el portón con la aldaba. Querrá entrar, quizá, para robarme el poco sueño del que dispongo, y que atesoro como platino en paño. O para llevarme con él, n'importe ou, allá lejos, a la planicie galáctica, sobre el caballo que me enseñó a leer y comenzó a alejarme de los míos, movimiento de vórtice, en su eje, su ojo, diente de ajo o de leche, vaca del universo, vía impertérrita de exploración modo cow boy, no despiertes, aún es medianoche.

Mañana investigaré el origen de esos sonidos. Del poco dormir me ha entrado hambre. Y llevo casi treinta años sin usar los colmillos.


domingo, 26 de enero de 2014

Castillos en Marte (novela por entregas)

Paréntesis

Paréntesis.
Nada...
tiempo, frío, sueño, 
hambre, lluvia.
Piedra, escarpe, talento
de plata,
ovación cerrada,
nada...
Y vuelta al ser,
castillo blanco, junto al río,
el recuerdo doloroso de Papá,
de Papá doloroso recuerdo, 
ya nunca más borroso,
porque le amé y mi mano no
procuró su muerte presentida,
ni mi mente empujó la cuchillada.
Y, sin embargo, tres mil seiscientos días
de encierro en la lóbrega mazmorra.
Un paréntesis, nada...

Desde cero. He llorado mi ayer ya con creces, como si fuese una planta inerte y no sólo por su frágil belleza. Rota la raíz, se evaporan fácilmente los pesos de hierro en el alma, se abren las puertas del paraíso prometido. Benvenutti.

Un cuerpo en una mente, una mente en un cuerpo, tanto da, el orden de los factores no altera el producto, y dos ventanales desquiciados sobre un campo de rosas. Es lo primero que han visto mis ojos al retornar al castillo. Como siempre, Mamá me ha acompañado, seria como un monje budista, y sin pronunciar una sola palabra, me ha colocado en el regazo una muda limpia de lienzo para la cama. Últimamente no quiere habar sobre Papá, y yo se lo agradezco, porque no me apetece demasiado quedarme tras la verja, esperando a que alguna de mis fantasías me saque de la torre encriptada y guarecida por gárgolas de piedra y dragones de fuego. 

Tengo que aceptar que no soy una princesa, que mi reinado acabó con Úrsula, o que Úrsula acabó con mi reinado, tanto da; el orden de los factores no altera el producto, pero sí a mí desde que me diagnosticaron una suerte de enfermedad del alma que algunos llaman trastorno bipolar. Se me dan tan mal las matemáticas como el dibujo técnico, pierdo la memoria y a ratos vuelve tan precisa como impertinente, me enamoro cien veces en un día o soy incapaz de mantener intactos mis afectos. Pero desde que sé que no mataré lo que amo siento un ansia loca de tomar la sábana de Mamá para extenderla cual larga es ancha, y de tomar la pintura con pinceles y dedos, o con dedos y pinceles, tanto da, el orden de los factores no altera el producto , y proyectar ese amor al mundo. Con su cinematógrafo de linternas y mariposas.

miércoles, 22 de enero de 2014

Zenit rojo

¿Para qué sirve un libro?
Para cantar, quizás, mientras lo escribo.
Como mariposa atrapo el pensamiento
en su duelo de aires y de mimbres,
reposo en la sombra de un blanco día.

¿Para qué sirve, si mientras leo renacen, 
espíritu, tus alas en la noche
Orillado de lunas?

¿Quizás para soñar,
Zenit rojo, 
Con auroras y
acróbatas improbables?

Huye, mi corazón, tristeza,
aparte mientras leo, mientras latas.

domingo, 19 de enero de 2014

Castillos en Marte (novela por entregas)

                        Sin armadura ni guantelete

A veces me dan miedo mis propios sueños. Son tan hermosos, tan siderales, que siento cómo el alma se separa de mi cuerpo y la muerte se detiene. Construyo hermosa identidad; una casa se yergue en la colina, al abrigo de los vientos. Y al final del camino espera la dicha; la inmensidad de la incertidumbre se hace más pequeña y ya no me inspira terror. Hay todo un mundo por vivir, un universo por descubrir, una identidad por explorar. Los caminos de la mente son acaso inescrutables, y las verdades profundas se nos revelan a través de los ojos.

Voy a retomar el hilo que me sacará del laberinto. Quiero dejarme de zarandajas y explicar por qué se detuvo mi vida a los ocho años. Era una mañana clara, radiante, como siempre en aquellos tiempos de ingenuidad, sinónimo de infancia. Papá, mi Papá, se desplomó en nuestro salón con chimenea y sin escudo de armas. Se hizo tanto daño porque no llevaba puestos ni el guantelete ni la armadura.

Cuántos rodeos para contaros el origen profundo de mis posteriores amarguras. Mi padre, hermoso como un arcángel, tirado por el suelo, una espuma horrenda quemando su garganta y entrecomillando su boca. El hombre del gabán gris se había convertido, a mis ojos, en un desconcertante icono del dolor. Un miedo breve, feroz, petrificó a la Emperatriz Infantil en su trono cósmico. Papá consiguió incorporarse, la faz enrojecida con la sangre de su propio sacrificio.

Adiós a las bolboretas danzando los sones de Gaia; aquel Edén estaba a punto de cerrar sus puertas. El puente levadizo, las verjas de hierro, mi huida. Quisiera que, cuando regrese a las fuentes del ser, la aldaba oxidada y manchada de musgo se deje vencer por el peso de mi mano, y me devuelva su saludo quejumbroso de bienvenida al paraíso. Ésa es mi esperanza, y por ella vivo.





domingo, 3 de noviembre de 2013

Castillos en Marte (novela por entregas)

Capitulo noveno

Gusanos de parra

Aquellos juegos entre hermanas merecen un capítulo aparte. Nadie sabe, porque probablemente ni Úrsula ya lo recuerda, que con los momentos que compartimos juntas, antes del Cataclismo, se dio por concluida nuestra infancia común, la mía artificialmente prolongada en la de ella, como el canal de riego construido junto a un río de aguas claras. Sí, aguas claras como nubes de verano, en el patio de armas y su parterre, bajo la sombra de los tamarindos de grandes hojas, y los gusanos de parra bajando, panzudos y cariacontecidos, en sus lianas de seda, hasta el suelo caliente de aquel agosto sin escuela como un regalo de los dioses que ya nadie venera en Marte. El castillo era más blanco y grande que nunca. Y, cuando mirabas al cielo, te quedabas un rato contemplando el sol, en silencio, con los ojos mojados, y luego colocabas las pupilas en todos los objetos, y eran amarillos como la barriga del sol, como las uvas, como los tatuajes en el vientre de los gusanos de parra.

Alguien, hace muchos años, sembró un huerto en el foso del castillo. Al principio, eran unos cuantos manzanos que daban unos frutos redondos y brillantes, y que sólo los gusanos de parra comían. Luego, otro alguien se dio cuenta de que el negocio era poco rentable, y decidió dedicarse a la crianza de los gusanos de parra que comían las manzanas. Más tarde, otro alguien descubrió que los gusanos de parra procedían de la viña subterránea del castillo vecino, y plantó huesos de uva con la intención de atraer a los gusanos de parra. Papá compró el castillo a ese alguien, con su huerto y sus pequeños invasores, y con sus grietas y su cocina que se derrumbaba por el lado Oeste y dejaba ver por el lado Este el campanario de la iglesia y los tejados del mundo. A papá no le gustaban los gusanos de parra, y había veces en que maldecía cada vez que se encontraba con uno arrastrando sus tatuajes amarillos por el suelo. Pero, como era tan bueno, nunca se atrevió a ponerles una mano, ni mucho menos un pie, encima. Nos los regaló a nosotras, sus hijas, para que jugásemos con ellos. Y también los árboles, con sus manzanas como proyectiles ideales para la guerra de bolas. En época invernal, pasábamos del patio de armas a la torre del homenaje. Allí había un cuartito para la plancha, un trastero y un cubículo desvencijado que hacía las veces de dormitorio de mis padres. Las manzanas supervivientes hacía meses que estaban hechas puré, en la alacena de Mamá, dentro de los tarritos de compota. Úrsula y yo seguíamos dibujando batallas en los mapas de enero, pero nos veíamos obligadas a sustituir las armas arrojadizas. De las manzanas no quedaba rastro, ni uno solo de sus corazones petrificados moraba ya bajo las ramas desnudas. Así que visitábamos el armario desvencijado del espejo, y tomábamos cualquier pieza que al impactar causara algún daño. Los zapatos de aguja que encantaban a mamá. La pesa de ejercicios de Papá. Los discos de Serena. Un libro de Matemáticas. Un jarrón de metal con tapa, que contenía una extraña mezcolanza de cenizas. El revólver del tío Ramón, brigada del ejército. Los aparejos de pesca que, misteriosamente, tras el Cataclismo, se volatilizaron. Los colgadores de plástico. El yoyó azul. El monstruo del armario que, escondido y tembloroso, sentía un miedo atroz de nosotras.

Era desolador mirar entonces al patio de armas, porque los gusanos de parra habían desaparecido en sus saquitos de tegumento, y tras unos pocos días, en su lugar, sólo quedaban mariposas.

domingo, 6 de octubre de 2013

Castillos en Marte (Novela por entregas)

Capítulo octavo

El hombre del gabán gris

Imposible resolver el misterio. El hombre del gabán gris me mira desde su fotografía en sepia, y trata de decirme algo cuyo significado no logro descifrar. Tiene los ojos garzos; no, no son exactamente verdes, sino pardos, como el forro interior de su chaqueta cruzada de inmensas solapas, según la moda de los años ochenta. Dicen que se parece a mí, pero es mentira. Él es un hombre guapo y tiene una mirada dulce, llena de sombras y nostalgias. Las cejas espesas, pero no pobladas, de un color oscuro muy marcado, elevadas en acento circunflejo sobre sus dos grandes pozos de luz pardusca; la nariz cuadrada sobre unos labios de trazo delicado y voluptuoso, curvados hacia arriba en las comisuras (signo de pasión indudablemente), la mandíbula cuadrada enmarcando un rostro coronado por un pelo oscurísimo bañado de ondas perfectamente simétricas, como cuando en los campos de Marte los espigadores trazan las líneas donde luego irán sembrando el trigo.
Papá fue mi primer amor. Creo que nos quisimos mucho, en aquellos días en que nuestro castillo era viejo y pequeño y vivíamos en medio de constantes reformas. Los cuatro, Mamá, el hombre engabardinado, Serena y yo, en aquella extensión sin límites entre la cosmópolis y la montaña. No había espacio para nadie más. La princesa en su torreón y los cortesanos a sus pies, esclavos del corazón de una niña de ocho años... Papá había comenzado aquella desconcertante costumbre muchísimo antes de que Úrsula llegara al mundo. Entonces, el bebé rollizo de carrillos sonrosados era yo; mi hermana benjamina sólo una idea casi perfecta. Y Papá en su gabán como galán de noche entrando en el castillo sigilosamente, caramelos como libélulas revoloteando en los bolsillos y un pie en la cocina y una mano enguantada que se deslizaba suavemente por las caderas de mamá y un “te quiero” susurrado y muchos besos bajo el parterre y las hijas absortas en el puchero con sopa de letras y Papá y Mamá amándose tanto entre las acacias y los caramelos de envoltorios de colores y luego la mesa redonda y Serena con su perfil de estatua y yo muy chiquita dando vueltas en torno y Papá y Mamá con las mejillas encarnadas, uno en otro, como alelados.

En esos momentos, y sin saber muy bien por qué, sentía celos de Mamá, aunque en el reparto de caramelos siempre era la que salía peor parada.

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